Con el paso de las semanas, el caos dejó de sentirse… caótico.
Lo cual era profundamente preocupante.
Porque significaba que me estaba acostumbrando.
Acostumbrando a Dominic. A la banda entrando y saliendo del edificio. A Charlotte apareciendo más en el departamento de Dominic que en el mío, sospechosamente a Noah igual. A las cámaras afuera de vez en cuando. A los titulares absurdos hablando sobre “la pareja favorita de internet”.
Y peor aún… me estaba acostumbrando a Dominic Hale dentro de mi rutina.
Eso definitivamente era una enfermedad.
Una peligrosa.
—Poe, si alguna vez me enamoro de ese hombre, tienes permiso para atacarme. —Pensé en voz alta una estupidez.
Poe bostezó desde el sofá.
Traidor inútil.
Esa mañana estaba intentando escribir desde hacía exactamente dos horas.
Y no había logrado absolutamente nada.
Porque del otro lado de la pared… Dominic estaba ensayando.
Otra vez.
La guitarra sonaba fuerte. Repetitiva. Constante.
Y normalmente eso ya me molestaría suficiente.
Pero lo peor era que mi cerebro se había acostumbrado tanto a escucharlo que cuando se detenía… yo lo notaba.
Lo extrañaba.
Qué horror psicológico.
Golpeé la pared inmediatamente.
Silencio.
Dos segundos después, Dominic golpeó de regreso.
Una vez.
Como respuesta.
Entrecerré los ojos.
Golpeé otra vez.
Más fuerte.
Y el muy imbécil respondió tocando una melodía exageradamente dramática en la guitarra.
—OH, TE ODIO.
Poe levantó apenas la cabeza.
—No me mires así. Él empezó.
La música siguió.
Y encima… encima sonaba bien.
Eso era todavía peor.
Me levanté furiosa del escritorio.
Porque no. No iba a permitir que Dominic Hale se convirtiera en la banda sonora de mi vida.
Abrí la puerta del departamento decidida a confrontarlo.
Y exactamente en ese momento él salió del suyo.
Casi chocamos.
Dominic levantó apenas una ceja al verme descalza, despeinada y claramente molesta.
—Buenos días, estrella.
—Deja de tocar.
—Deja de golpear paredes.
—Estoy intentando trabajar.
—Yo también.
—Tu trabajo es hacer ruido profesionalmente.
Dominic fingió pensarlo.
—Bueno… sí.
Lo fulminé con la mirada.
Y el desgraciado sonrió.
Últimamente hacía eso demasiado.
Como si disfrutar verme molesta fuera su pasatiempo favorito.
—¿Sabes qué es lo peor? —murmuré cruzándome de brazos.
—¿Qué estoy increíblemente guapo hoy?
—Que ya ni siquiera te importa molestarme.
Dominic se apoyó contra el marco de su puerta tranquilamente.
—Claro que me importa.
—No parece.
—Porque ahora me entretiene.
Abrí muchísimo los ojos.
—Eres insoportable.
—Y aun así sigues buscándome en el pasillo todas las mañanas.
—Eso no pasa, mentiroso.
—Mhm.
Lo odiaba.
Muchísimo.
Y peor aún… tenía un poco de razón.
Porque últimamente nuestras peleas se habían vuelto parte de la rutina.
Si él hacía ruido, yo golpeaba la pared. Si yo me quedaba escribiendo hasta tarde, él aparecía mágicamente con café desde el balcón“solo para que dejaras de parecer un cadáver”. Si Poe escapaba, Dominic fingía indignación mientras lo llenaba de comida ilegal para gatos.
Era una guerra doméstica absurdamente estable.
Y eso me ponía nerviosa.
—Por cierto —dijo Dominic de repente—, anoche te dormiste sobre el teclado otra vez.
Parpadeé confundida.
—¿Qué?
Él señaló mis mejillas.
—Tienes marcas.
Instintivamente me toqué la cara horrorizada.
Dominic soltó una carcajada.
—Dios, caes siempre.
—Voy a asesinarte.
—Prometes eso muchísimo para alguien que claramente me necesita vivo.
—¿Necesitarte? Preferiría convivir con un demonio real.
Dominic sonrió lentamente.
—Ya convives con Poe.
Antes de que pudiera responder, la puerta del ascensor se abrió.
Y lamentablemente… aparecieron personas que definitivamente no necesitábamos.
Paparazzis.
Otra vez.
Uno de ellos levantó inmediatamente la cámara al vernos juntos en el pasillo.
—Dominic, Evangeline, ¿cómo están hoy?
OH POR EL AMOR DE DIOS.
—No —murmuré inmediatamente girándome.
Dominic suspiró cansadamente.
—Chicos, estamos en nuestra casa. No deberían estar aquí, por favor retírense.
—¿Es verdad que están buscando mudarse juntos?
CASI ME ATRAGANTO CON MI PROPIA EXISTENCIA.
—¿QUÉ? —respondí.
Dominic empezó a reírse inmediatamente.
EL MUY IDIOTA EMPEZÓ A REÍRSE.
—Eso es nuevo —dijo divertido.
—¡¿MUDARNOS JUNTOS?! —cuestione alarmada.
El fotógrafo siguió disparando fotos.
—¿Entonces lo niegan?
—Sí —respondí inmediatamente.
—Todavía —agregó Dominic.
Giré hacia él horrorizada.
—DOMINIC.
Él seguía riéndose.
—Relájate, estrella. Solo quiero ver tu cara de pánico.
—Voy a empujarte por el balcón.
—No puedes. Internet lloraría.
Los paparazzis parecían encantados.
Perfecto.
Absolutamente perfecto.
Me giré furiosa hacia mi puerta.
Y antes de entrar escuché la voz divertida de Dominic detrás de mí:
—Nos vemos luego, cariño.
Me congelé lentamente.
Después giré horrorizada.
—No me digas así, imbecil.
Dominic sonrió de lado.
—Tu reacción fue adorable.
Le mostré el dedo medio antes de cerrar la puerta de un golpe.
Y del otro lado escuché claramente su risa.
Idiota.
Maldito e insoportable idiota.
Los paparazzis no se fueron.
Ese era el problema.
Diez minutos después de encerrarme en mi departamento seguían afuera.
Golpeando la puerta del edificio. Intentando hablar con recepción. Esperando en el pasillo cada vez que alguien subía.
Editado: 22.08.2026