Todo empezó contigo

Prólogo

La noche cerrada de Londres estaba viva solo por el golpe persistente de la lluvia contra los cristales, un ritmo implacable que parecía marcar cada pensamiento, cada miedo. En la penumbra de la sala, dos figuras se enfrentaban, separadas apenas por un metro... y un abismo de secretos.

—No me mires así, Pablo. No puedes mirarme así —susurró Beatriz, su voz temblando—. Lo que tenemos... no es justo.

Él dio un paso, acortando la distancia sin perder la calma.

—¿Justo para quién, Bea? ¿Para el pasado que insistes en arrastrar? Desde que volviste, nada ha sido justo ni fácil. Y aun así... no he podido dejar de pensar en ti ni un solo segundo.

Beatriz abrazó sus propios hombros, como intentando protegerse del mundo y de sus emociones.

—Es que no entiendes... hay cosas oscuras que no te he contado. La muerte de mis padres... no fue un accidente. Fue... algo más. Y siento que me está alcanzando. Que me está respirando en la nuca.

Pablo deslizó suavemente sus manos sobre las de ella, fijos sus ojos en los de ella con intensidad que rozaba lo desgarrador.

—Mírame. ¿No confías en mí? Deja de huir, Bea. Dime qué es lo que te aterroriza. Si es real, lo enfrentamos juntos. Si es tu miedo... lo disipo yo. Pero no me pidas que te deje ir, porque sería como pedirme que deje de respirar.

Unas lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.

—¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar? Porque este amor... no es un refugio, Pablo. Es un campo de batalla. Y si te quedas, vas a salir herido.

Él dibujó una sonrisa triste, cargada de decisión.

—¿Y tú crees que ya no lo estoy? La verdadera pregunta es otra, Beatriz... ¿hasta dónde llegarías tú por amor, cuando tu pasado amenaza con destruir tu presente?

El viento aullaba, la lluvia golpeaba con fuerza y un sonido extraño desde la planta baja los hizo tensarse. Una sombra se deslizó sigilosamente por el pasillo, casi imperceptible.

—(voz grave, distorsionada, un susurro helado cerca de la puerta) Ya es hora, Beatriz. Tu destino te está esperando... y la próxima vez, nadie estará aquí para protegerte.

Silencio absoluto. Se miraron, la promesa y el peligro brillando en sus ojos. Pablo la acercó, firme y protector, como si su vida dependiera de mantenerla a salvo. La única luz de la habitación se apagó de golpe, sumiendo todo en la oscuridad y dejando solo el sonido de la lluvia y sus respiraciones entrelazadas.




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