Todo empezó contigo

Cap 1: Londres, dímelo y lo hacemos

Adrián y Helena Edwards no nacieron criminales. Eligieron serlo.

La vida que llevaban nunca les pareció suficiente. No querían estabilidad: querían poder, lujo, control. Londres apareció ante ellos como la promesa de todo aquello que sentían merecer.

Adrián Edwards siempre había tenido una presencia imponente. Alto, de complexión fuerte y cuidada, se movía con la seguridad de quien estaba convencido de que el mundo le debía algo. Su cabello castaño oscuro, casi negro, lo llevaba siempre perfectamente peinado hacia atrás, aunque algunas hebras plateadas comenzaban a aparecer en las sienes. Tenía el rostro anguloso, la mandíbula marcada y unos ojos marrones profundos, fríos, siempre calculadores. Vestía con trajes impecables, relojes caros y una elegancia que inspiraba respeto... o temor. Adrián parecía un hombre exitoso. Y eso era exactamente lo que quería que todos creyeran.

—Aquí hay dinero de verdad —dijo una noche, observando los rascacielos iluminados—. No como en casa.

Helena estaba a su lado. Esbelta, elegante, con una belleza fría y controlada, parecía una mujer hecha de mármol pulido. Su cabello rubio ceniza caía lacio sobre sus hombros, siempre perfectamente arreglado, y su piel clara contrastaba con unos ojos grises penetrantes, capaces de volverse maternales o implacables en un segundo. Vestía con sobriedad y lujo: tonos neutros, joyas discretas pero costosas. Nunca levantaba la voz. No lo necesitaba. Su poder residía en el control absoluto.

—Y no vamos a vivir mirándolo desde afuera —respondió—. Vamos a tomar lo que nos corresponde.

Fue en Londres donde entraron en contacto con la familia García. No ofrecían caridad ni segundas oportunidades: ofrecían acceso, protección y riqueza a cambio de lealtad absoluta. Adrián y Helena aceptaron sin dudar. Primero fue lavado de dinero, luego traslado de fondos, después información que no debía salir de ciertas habitaciones. Cada paso los hundía más, y cada ganancia los volvía más ambiciosos.

Pero nada de eso les parecía suficiente.

Fue en Londres donde Adrián vio a la niña por primera vez.

Beatriz tenía apenas tres años. Cabello rubio claro, ojos azules enormes, un abrigo caro y una niñera distraída. Adrián la observó con atención, evaluando posibilidades, riesgos... ganancias. Helena también la miró, y comprendió al instante lo que su esposo estaba pensando.

—Esa niña... —susurró— vale más que cualquier trato que hayamos hecho.

Investigaron en silencio. Descubrieron una familia poderosa, inmensamente rica, con dos herederos: Beatriz y Alex. Pero Beatriz era quien importaba. La desaparición de esa niña no solo significaría una tragedia, sino una fortuna suspendida en el aire.

—Podemos desaparecer con ella —dijo Adrián—. Convertirnos en su único mundo.

Helena no dudó.

El secuestro fue rápido, limpio, perfectamente planeado. Beatriz no lloró. Solo miró a Helena con confusión cuando la tomó en brazos.

—Mamá... —susurró la niña, sin comprender el peso de esa palabra.

Helena sintió un estremecimiento, pero no se detuvo.

Durante años vivieron del dinero robado y del dinero sucio. Cambiaron identidades, borraron rastros y convirtieron a Beatriz en el centro de su nueva vida. Sin embargo, Adrián quiso más. Para asegurar su futuro, traicionó a los García: vendió información, expuso rutas y nombres, provocando una caída silenciosa y sangrienta.

Los García no olvidaron.

Desde entonces, el miedo se instaló en la casa.

Beatriz creció encerrada sin saber por qué. No podía ir a fiestas, no podía tener amigas, no podía caminar sola por la calle. Cámaras, reglas estrictas y silencios incómodos marcaron su infancia.

—El mundo es peligroso —le decía Helena, con una voz suave que escondía control—. Aquí estás a salvo.

No era protección. Era control.

No era cuidado. Era posesión.

—Si alguien la reconoce, todo termina —le dijo Adrián una noche—. No puede confiar en nadie.

Victoria, la hermana de Adrián, fue la primera en sospechar. Beatriz no se parecía a nadie de la familia, y las explicaciones nunca eran las mismas. Junto a su esposo, Héctor, comenzó a hacer preguntas.

La respuesta llegó pronto.

Una noche, un hombre los esperaba frente a su casa.

—Dejen de buscar —les dijo—. O la niña desaparecerá para siempre.

Al día siguiente, Adrián fue claro.

—Beatriz es mi hija —afirmó—. Y si quieren seguir viéndola con vida, olviden cualquier duda.

Victoria entendió el mensaje. Callar era la única forma de protegerla.

Los años pasaron. Beatriz llegó a los veinte con una belleza luminosa y una vida oscura. Cabello rubio casi platino, ojos azules intensos. Se graduó de la preparatoria en línea y jamás pisó un aula universitaria. Nunca tuvo un trabajo fuera de casa... o eso creían sus padres.

En secreto, Beatriz había encontrado una grieta en su control. Trabajaba como editora freelance de portadas de libros, todo en línea, todo oculto. Cada pago iba a una cuenta bancaria que sus padres desconocían. Era su único escape. Su prueba silenciosa de independencia.

Apenas una hora antes de la tragedia, ocurrió la enésima discusión.

—¡No lo entienden! —gritó Beatriz—. ¡Tengo veinte años! ¡No necesito un toque de queda a las diez!

—Mientras vivas bajo este techo, acatarás nuestras reglas —respondió Adrián—. Lo hacemos por tu bien.

El silencio de su habitación fue su único refugio.

Al salir de la ducha, el teléfono sonó.

—¿Señorita Beatriz Edwards? Sus padres han sufrido un grave accidente. Debe venir de inmediato.

El hospital olía a metal y desinfectante. Los monitores marcaban un ritmo débil.

—Mamá... papá... —susurró Beatriz—. Lo siento. Vamos a arreglarlo todo.

Adrián la miró con dificultad, pero con una ternura que parecía real.

—Te amamos, Beatriz —dijo—. Siempre lo hicimos.

Helena apretó su mano con lo poco que le quedaba de fuerza.




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