Todo empezó contigo

Cap 2: el pasado queda atrás

—A ver, sobrina, piensa muy bien en lo que estás diciendo —dijo Héctor, cruzándose de brazos mientras la observaba con seriedad. La tensión flotaba en el aire, fría y densa—. Una vez que lo hagas, no hay vuelta atrás. Estás dejando toda tu vida, tu país...

Beatriz respiró hondo. Sentía el peso de sus palabras, pero también el cansancio de años contenidos. Alzó el mentón con una calma firme, casi solemne.

—Lo sé, tíos. Esto no es algo impulsivo —respondió con una sinceridad agotada—. Siempre quise ir a estudiar allí, pero mis padres me detenían. Decían que no era el momento, que esperara un poco más.

Hizo una pausa breve. El silencio se llenó de ausencias.

—Tristemente... ya no están —continuó—. Así que, por primera vez, la decisión es solo mía.

Héctor suspiró profundamente, pasándose una mano por el rostro. La derrota comenzaba a marcar sus facciones.

—Pero ¿estás segura de verdad? —insistió—. Dejar España por tu cuenta es un paso enorme.

Beatriz lo miró fijamente. Sus ojos azules, usualmente suaves, se endurecieron hasta volverse de acero.

—Sí —dijo sin titubear—. Y todo lo que me pase a partir de ahora será consecuencia de mi decisión. Es mi vida... es mi momento.

El silencio que siguió fue absoluto.

Victoria fue la primera en romperlo. Se acercó despacio y tomó las manos de su sobrina, apretándolas con ternura, como si quisiera memorizar su tacto.

—Si es lo que quieres y crees que esto te hará feliz —dijo con la voz quebrada—, adelante. Solo prométenos que te cuidarás mucho allá. No estás acostumbrada a la calle.

—Lo prometo —respondió Beatriz en un susurro sincero.

Más tarde, encerrada en el baño, dejó que el vapor caliente de una ducha breve disipara un poco la tensión acumulada. El agua corría por su piel, pero el peso de la tristeza seguía allí, instalado en su pecho como una herida reciente.

Frente al espejo, se maquilló con rapidez. No quería verse frágil, al menos no por fuera.

Eligió un vestido negro sencillo, sobrio, apropiado para el funeral. Tacones bajos. Antes de salir, tomó la pulsera de plata que había pertenecido a su madre y se la colocó en la muñeca. El metal frío contra su piel le ofreció un consuelo mínimo, pero real.

El cementerio estaba envuelto en una tristeza silenciosa. El sacerdote pronunció las palabras solemnes, y escuchar los nombres de sus padres —Helena y Pablo Edwards— fue suficiente para que las lágrimas escaparan sin control.

Beatriz apretó la pulsera con fuerza.

El golpe seco y hueco de la tierra cayendo sobre los ataúdes marcó el final. Un final abrupto, injusto. Y al mismo tiempo, el inicio de una vida completamente distinta, lejos de su país natal.

Días después, el bullicio del aeropuerto la rodeaba mientras se despedía de sus tíos en la terminal. Maletas rodando, anuncios de vuelos, pasos apresurados... el mundo seguía girando sin detenerse.

—Bueno, tíos... llegó la hora —murmuró con un nudo en la garganta.

Victoria la abrazó con fuerza, dejando un beso tembloroso en su mejilla.

—Ten mucho cuidado allá —pidió—. Escríbenos, llámanos... no desaparezcas.

—Llámanos cuando llegues y no olvides la diferencia horaria —añadió Héctor—. Y no te fíes de cualquiera en una ciudad tan grande.

—Lo haré. Gracias por todo —respondió Beatriz, abrazándolos una última vez. Eran el último vínculo con la vida que dejaba atrás en España.

Finalmente se separó y avanzó hacia la puerta de embarque. Cada paso la alejaba de la jaula... pero la acercaba a la incertidumbre.

Antes de desaparecer, se giró para mirarlos una última vez.

Héctor rodeó a Victoria con un brazo.

—Ella estará bien —susurró, más para convencerse a sí mismo que a ella.

Beatriz les regaló una pequeña sonrisa. Una promesa silenciosa.

Londres la recibió con su habitual bullicio gris y acelerado. A pesar del cansancio, un destello de emoción —pequeño, pero genuino— se encendió en su pecho.

Este era el primer día del resto de su vida.

Llegó a su pequeño apartamento alquilado, dejó las maletas, se dio una ducha rápida y cayó rendida en la cama. El sueño la atrapó sin pedir permiso.

A la mañana siguiente, el despertador sonó con insistencia. Se duchó, se vistió con calma y preparó su mochila.

Salió al amanecer. El frío londinense la golpeó de inmediato, pero no la detuvo.

La universidad era enorme, viva, llena de estudiantes que iban y venían. Se detuvo varias veces para revisar su horario y el mapa en su teléfono.

—Disculpa, ¿estás perdida? —preguntó una voz amable a su lado.

Beatriz giró y se encontró con una chica de cabello rizado, chaqueta de mezclilla y una sonrisa abierta.

—Sí, un poco —admitió—. Es mi primer día aquí.

—No te preocupes, todas hemos pasado por eso —respondió—. Soy Lucía. ¿A dónde vas? Te acompaño.

Beatriz sonrió. No era una sonrisa plena, pero sí real. Frágil. Recién nacida.

Tal vez —pensó mientras caminaban juntas— este sí fuera el inicio de algo bueno.

Y esta vez, pasara lo que pasara... sería su decisión.




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