Beatriz sonrió por primera vez en días. No era la sonrisa de sus viejos tiempos, sino una frágil y recién nacida.
Tal vez, pensó, este era el inicio de algo bueno. Por primera vez en mi vida, seré feliz.
Al entrar al aula, Beatriz sintió un leve cosquilleo en el estómago. El profesor, un hombre de mediana edad con gafas, se dirigió a la clase con una voz firme.
—Buenos días, alumnos. Hoy tenemos a una nueva estudiante. Señorita Beatriz, pase adelante y preséntese.
Beatriz se levantó lentamente, sintiendo todas las miradas sobre ella. Dio un paso hacia el frente, respirando hondo para calmar sus nervios.
—Buenos días a todos. Soy Beatriz Edwards y vengo de España. Espero llevarme bien con todos ustedes.
—Siéntese junto a Lucía.
Beatriz regresó a su asiento, sintiéndose aliviada de tener a Lucía a su lado.
A pesar de que era la primera vez fuera de su burbuja (su casa), Beatriz se sentía extraña, una mezcla de euforia y profunda incomodidad. Los murmullos de sus compañeros y las miradas curiosas la rodeaban. Pronto se dio cuenta de que varios chicos la miraban con descarado interés, coqueteando de forma abierta con gestos y susurros. Beatriz, aun siendo hermosa y consciente de su atractivo, no disfrutaba ser el centro de atención de esta manera.
—Lucía, ¿es esto normal?
—¿Qué cosa? —preguntó Lucía, garabateando algo en su cuaderno.
—Que todos los chicos me miren y me coqueteen.
Lucía rodó los ojos y se inclinó. —Solo ignóralos. Algunos son agradables, pero otros son, de verdad, una mierda de personas. Créeme.
Beatriz asintió, sintiéndose un poco más tranquila. Sin embargo, había algo más que la urgía a hablar.
—Oye, me preguntaba si podríamos ser amigas. Después de todo, fuiste la única que se acercó a mí cuando llegué. Lo siento si sueno patética, pero en verdad no sé cómo socializar. Nunca he tenido amigos.
Lucía, sonriendo con genuina calidez, se acercó y la abrazó.
—No me pareces para nada patética. Y, por supuesto que sí seremos amigas. ¡Estás en Londres! Te enseñaré todo lo que necesitas saber.
Beatriz sintió un alivio abrumador, como si una carga pesada se hubiera levantado de sus hombros. Por primera vez en mucho tiempo, una chispa de esperanza brilló en su corazón.
Me encontraba recogiendo algunas cosas del casillero, lista para irme a casa después de un largo día en la universidad. Las luces fluorescentes del pasillo iluminaban el lugar, y el murmullo de los estudiantes llenaba el aire.
Mientras cerraba el casillero, un chico apareció de la nada, acorralándome contra la pared.
—Hola, preciosa —dijo, con una sonrisa arrogante y los hombros relajados, como si el mundo girara a su alrededor. Era alto, de cabello oscuro y perfectamente peinado, con ojos grises que parecían evaluar todo a su alrededor. Su postura denotaba seguridad excesiva, casi arrogancia.
—No sé quién seas, pero debo irme —intenté mantener la calma, aunque la ansiedad comenzaba a apoderarse de mí.
De repente, me empujó más fuerte, y el dolor se mezcló con el miedo.
—¡¿Qué demonios te pasa?! —exclamé, tratando de apartarme, pero su agarre era firme.
En ese instante, una voz resonó en el pasillo.
—¡Hey, déjala en paz!
Miré hacia el chico que había intervenido y mi corazón dio un salto. Era alto, de complexión atlética, con cabello castaño despeinado que le caía ligeramente sobre la frente y ojos verdes penetrantes que parecían leerlo todo. Su porte era relajado, pero su mirada intensa y decidida.
—¿Y tú quién eres? —el chico arrogante replicó, con una sonrisa desafiante que no llegaba a sus ojos—. ¿Te crees el héroe de la película?
—No me creo nada —respondió el que me defendía con voz firme—. Solo sé que nadie toca a quien no puede defenderse.
El chico arrogante dio un paso adelante, moviéndose con la confianza de quien cree que su físico y presencia lo hacen invencible. El que me defendía no retrocedió; sus músculos se tensaron apenas perceptiblemente, listo para cualquier movimiento.
—Vamos, no te pongas dramático. Solo es una chica —dijo el arrogante, con tono burlón, aunque había un filo amenazante en sus palabras.
—No lo es —respondió el otro, con voz firme—. Y si vuelves a acercarte a ella así, te arrepentirás.
La tensión creció. El arrogante me miró de arriba abajo, evaluando si podía imponerse físicamente. El que me defendía se mantuvo firme, su cuerpo alto y erguido como una pared que nadie podía atravesar. Yo observaba desde el medio, con el corazón latiendo a mil, sintiendo miedo, pero también una extraña sensación de seguridad por primera vez en ese pasillo.
—Vale... —dijo finalmente el arrogante, soltando un bufido de frustración—. Pero esto no termina aquí.
Se retiró, y el chico que me había defendido se acercó con cautela, bajando un poco la voz.
—¿Estás bien? —preguntó, y por primera vez, la seguridad de alguien más me hizo sentir que no estaba sola.
Asentí, aún temblando. Su presencia me ofrecía un refugio, un respiro en medio del caos que acababa de vivir.
Editado: 16.01.2026