Llegó el día de la pijamada. La sala estaba iluminada por luces cálidas y tenues, y el aroma del sushi recién preparado llenaba el ambiente. Estábamos sentadas en el suelo, rodeadas de almohadas y mantas, riendo y charlando mientras colocábamos cuidadosamente los rolls en los platos. La emoción y la complicidad entre Lucía y yo hacían que todo pareciera más relajado, como si ese fin de semana fuera nuestro pequeño escape de la rutina universitaria.
Justo en ese momento, la puerta se abrió y Pablo apareció, caminando con paso seguro hacia la sala.
—Ah, hola, hermano. Creí que tenías práctica de fútbol —dijo Lucía, sonriendo al verlo.
—Sí tenía, pero olvidé mi maleta con la ropa, así que vine a buscarla —respondió Pablo. Al ver a Beatriz, le dirigió una sonrisa amable.
—Hola —dijo ella, sintiendo cómo el corazón le daba un pequeño salto.
—¿Todo bien? —preguntó, con una mirada atenta hacia ella.
Lucía los miró con una ceja levantada, notando la tensión entre nosotros.
—Sí, todo bien —respondió Beatriz rápidamente, desviando la mirada.
—Bueno, debo irme o se me hará tarde. Bye —se despidió Pablo antes de marcharse, dejando un silencio cargado en la sala.
Lucía no tardó ni tres segundos en girarse hacia su amiga.
—¿Se puede saber qué pasó ahí?
—No sé de qué hablas, amiga —dijo Beatriz, evitando su mirada.
—Te gusta mi hermano.
—¡Claro que no! No sé de qué hablas —respondió Beatriz, sintiendo cómo su rostro se encendía.
—Sí, ajá... allá tú si te quieres engañar. Pero, si te sirve de consuelo, si llegara a gustarte, yo estaría feliz de que estuvieras con él. Eres una buena persona y tienes lindos sentimientos.
Beatriz sonrió tímidamente, sin poder evitar que su corazón latiera más rápido.
Mientras tanto, del otro lado de Londres , Alex se encontraba frente a su escritorio, frustrado y pensativo. Sus ojos azules reflejaban preocupación, y su cabello rubio se movía ligeramente mientras se pasaba la mano por el rostro. Tenía el mismo aire elegante y los rasgos finos que caracterizaban a la familia biológica de Beatriz: nariz recta, labios definidos, piel clara... una genética que todavía nadie le había explicado.
—No sé cómo hacer que me escuchen —murmuró para sí mismo, frustrado—. Todo parece tan complicado...
Sus padres, Alejandra y Jean, también rubios y de ojos azules, lo observaban a distancia. Ambos compartían rasgos que recordaban sorprendentemente a Beatriz, aunque nadie en la familia sabía aún de su existencia ni de la conexión entre ellos.
—Alex, confío en que encontrarás la manera —dijo Alejandra, con una mezcla de esperanza y preocupación en la voz.
Jean asintió, aunque su expresión mostraba tensión. Ninguno de los dos sospechaba que, en algún lugar, Beatriz existía y compartía con ellos rasgos que algún día podrían sorprenderlos a todos.
—Tengo un plan —dijo Alex, respirando hondo, como si necesitara armarse de valor—. Solo que no sé si pueda salir mal... depende.
—¿Qué estás pensando, hijo? —preguntó Jean, cruzándose de brazos.
—Por favor que no sea otra de tus locuras —pidió Alejandra.
—Voy a transferirme de universidad.
Jean y Alejandra hablaron al mismo tiempo:
—¿¡Quéeee!?
Editado: 16.01.2026