Todo empezó contigo

Cap 7: Las cosas van a cambiar

—¿Por qué lo dices, hijo? ¿Qué viste? —preguntó Alejandra, la preocupación reflejada en cada línea de su rostro.

—Pues... sí. Y esto empieza con nada más y nada menos que los García.

—¿Qué? —Jean frunció el ceño, sorprendido y tenso.

—¿Estás seguro?

—Sí. Y adivinen qué: su hijo Marcos está en la universidad. Es el más temido del campus. Dicen que quien se mete con él... al día siguiente desaparece.

—Dios mío... —susurró Alejandra, con un hilo de voz cargado de alarma—. Debes proteger a tu hermana a toda costa. Esa familia es mala y despiadada. Hay que tener mucho cuidado con ellos. Y lo peor es que si ella está aquí maybe los Edwards están muertos eran mafiosos de seguro tienen deudas pendientes con los García

—Especialmente con Marcos, su familia es despiadada —añadió Alex, con la voz firme—. Pero el es peor

El tiempo pasó. Las estaciones cambiaron, y con ellas, los latidos del corazón.

Beatriz caminaba por un parque lleno de luz, rodeada de risas infantiles y del aroma dulce de las flores. El viento acariciaba suavemente su rostro, despeinando un poco sus ondas doradas, y ella se permitió disfrutar del momento, sintiendo cómo la tranquilidad del lugar contrastaba con el torbellino de emociones en su interior.

—Beatriz... —una voz familiar la hizo detenerse.

Se giró lentamente, sus ojos azules encontrando los de él. Su corazón dio un pequeño salto, y una sensación extraña se instaló en su pecho. Era Pablo

—¿Sí? —respondió con cuidado, tratando de no dejarse llevar demasiado rápido por la emoción.

Él la observó unos segundos, como si quisiera memorizar cada rasgo de su rostro, y le dedicó una ligera sonrisa. No dijo nada más, pero el silencio entre ambos estaba cargado de significado.

Beatriz sintió que sus mejillas se calentaban, y por un instante bajó la mirada, intentando ocultar el rubor. El viento jugaba con su cabello, y el mundo alrededor parecía desvanecerse un poco, dejando solo esa sensación de cercanía, aunque sin que se tocaran.

—Hace tiempo que quería... hablar contigo —dijo él finalmente, con un tono suave, casi tembloroso—. Pero no sabía cómo hacerlo.

¿De que se trata? —respondió Beatriz, con voz baja—. Estoy aquí para escucharte

Sus miradas se encontraron nuevamente, y algo cambió en el aire: un entendimiento silencioso, una promesa tácita de que ese momento era solo el inicio de algo que crecería con cuidado.

—Hay algo que quiero preguntarte ....—dijo él, dejando que su mirada se suavizara—. No sólo quería verte... me preguntaba si te gustaría salir conmigo?

Beatriz asintió, sonriendo levemente. Sintió una mezcla de nervios y alegría, de anticipación y calma. No necesitaban apresurarse; lo que importaba era que estaban allí, el uno frente al otro, compartiendo algo que podía convertirse en algo más con el tiempo.

El viento siguió acariciando sus rostros, y mientras caminaban juntos por senderos separados dentro del parque, cada paso y cada mirada eran un pequeño acercamiento, lento, pero seguro. Una historia nueva estaba empezando, hecha de gestos, silencios y la promesa de algo que crecería a su propio ritmo.

Por otro lado. En una calle apartada de la universidad, el ambiente se volvió insoportablemente tenso.

—Hola, guapa —dijo él, con un tono provocador que hizo que Lucía sintiera un escalofrío recorrerle la espalda.

—Déjame en paz, idiota. Y si me disculpas, tengo que irme —respondió Lucía, firme y decidida, aunque su corazón latía con fuerza.

—¿Quién te crees para hablarme así? Y además... tu amiga Beatriz ya te olvidó. Va a salir con tu hermano.

Lucía frunció el ceño y, sin pensarlo demasiado, le dio un fuerte golpe en el brazo.

—¡Basta! —exclamó, con determinación. Sin pensarlo dos veces le dio una cachetada.

Marcos gruñó, sorprendido y enfurecido. Sus ojos brillaban con ira y sus puños se levantaron, listo para devolverle el golpe con fuerza.

—Maldita... —gruñó mientras se preparaba para atacarla.

Justo en ese instante, apareció una figura a su lado, rápida y segura. Una mano fuerte sujetó a Marcos por el brazo, deteniendo su movimiento antes de que pudiera golpearla.

—¿Quién te crees? ¡Suéltala! —dijo la voz firme y decidida, cargada de autoridad.

Lucía levantó la mirada y vio al joven que la había salvado. Era el mismo chico con el que estaba hablando días antes en la universidad. Alto, de complexión atlética y movimientos seguros, con el cabello oscuro ligeramente despeinado y ojos azules intensos que parecían penetrar la misma confusión y miedo de Marcos. Su postura transmitía fuerza y control absoluto; parecía que ningún peligro podría tocarla mientras él estuviera allí.

Marcos resopló frustrado y, tras un último intento, se marchó furioso, arrastrando el brazo detenido por el joven misterioso.

Lucía quedó temblando, con las manos aún temblorosas y el corazón latiéndole a mil por hora. Nunca había sentido una protección tan inmediata y contundente, además del de su hermano Pablo. Observó al chico un instante más, deseando entender quién era, pero su identidad permanecía en las sombras.

El joven la miró un momento, silencioso, como asegurándose de que estaba bien, antes de desaparecer entre las sombras de la calle. Lucía respiró hondo, aún impactada, con una mezcla de alivio, admiración y una curiosidad que no dejaba de crecer: ¿quién era él, y por qué aparecía justo cuando más lo necesitaba?




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