Sofía permaneció de pie frente a Beatriz, con los brazos cruzados y una sonrisa fría que no alcanzaba sus ojos verde esmeralda. Su cabello rojo fuego, perfectamente ondulado, enmarcaba un rostro hermoso pero cargado de crueldad.
Beatriz, aún aturdida y con las muñecas marcadas por las cintas de seda que la ataban, respiraba entrecortadamente. Sus ojos azules, grandes y llenos de miedo, no podían apartarse de aquella mujer desconocida.
—Primero que nada, ¿quién rayos eres? Y segundo... ¿de qué carajo estás hablando? —preguntó Beatriz, su voz quebrada por el terror y la confusión.
Sofía inclinó levemente la cabeza, como si disfrutara del desconcierto ajeno.
—Parece que tus padres no te dijeron nada —dijo en un tono suave que contrastaba con su mirada cruel—. Así que te lo diré yo. No eres una Edwards. Eres una Williams.
Beatriz sintió que el corazón le dio un vuelco. Sofía continuó:
—Ellos te alejaron de tus padres cuando eras una bebé. Pero eso no importa ahora. Estás aquí para pagar los errores —o más bien, el daño— que ellos me hicieron. Ahora dime dónde están.
—¿Qué? ¿Una Williams? No tiene sentido... —murmuró Beatriz, con el rostro pálido como el mármol—. Pero jamás los encontrarás, porque ellos están muertos.
La respuesta fue como encender una chispa.
Niki, que observaba desde un rincón con su imponente figura, mandíbula cuadrada y ojos castaños llenos de odio, avanzó en un segundo. Su mano golpeó la mejilla de Beatriz con una fuerza brutal. La cabeza de la joven se ladeó y un hilo de sangre apareció en la comisura de sus labios.
—Deja de mentir, maldita perra —escupió él, respirando con furia.
Beatriz tragó saliva, sintiendo el ardor en todo el rostro.
—No... no estoy mintiendo... es así —susurró apenas, temblando.
Sofía chasqueó la lengua, decepcionada.
—Eso ya lo veremos. Espera a que llegue Marcos para ver qué harás.
Ella y Niki abandonaron la habitación. El sonido de sus pasos se alejó, dejando a Beatriz en un silencio sofocante... hasta que la puerta volvió a abrirse.
Jade entró primero, con el rostro bañado en lágrimas y los ojos ámbar llenos de dolor. Félix iba detrás de ella, con expresión tensa y el ceño fruncido.
Beatriz se tensó inmediatamente, retrocediendo todo lo que las ataduras le permitían.
—Tranquila —dijo Jade alzando ambas manos—. No queremos hacerte daño. Te lo juro. Solo queremos sacarte de aquí... pero no sabemos cómo.
Beatriz los analizó, temblando, buscando señales de traición. Pero en Jade solo encontró miedo. En Félix, desesperación.
—Busquen a Pablo Smith, ... —susurró con dificultad— y a mi amigo Alex Williams. Es mi hermano pero eso no importa ahora están en Imperial College London está a dos cuadras de aquí.
Félix asintió con determinación, sus ojos color miel brillando con urgencia.
—Eso haremos. Resiste. Te vamos a sacar. Trata de hacer todo lo que te digan... maybe así te mantengan con vida.
Ambos salieron corriendo, dejando a Beatriz sola, temblorosa, con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera escapar de ahí antes que ella.
El ambiente estaba cargado de inquietud. Pablo caminaba de un lado a otro, pasando una mano por su cabello negro, despeinándolo aún más. Su rostro, de facciones marcadas y ojos café oscuro, reflejaba una angustia creciente.
—Estoy preocupado por Beatriz... no ha venido a la universidad y no contesta mis llamadas —murmuró, con la voz rota.
Lucía, su hermana,cruzó los brazos.
—Tienes razón. Es muy raro en ella. Algo está mal.
En ese momento, Jade y Félix aparecieron corriendo, visiblemente alterados. Jade tenía la respiración entrecortada, y Félix sostenía su mano para que no tropezara.
—Disculpa... ¿eres Pablo Smith? —jadeó Jade.
—Sí, lo soy. ¿Quiénes son ustedes?
Félix no perdió un segundo.
—No tenemos tiempo para explicar. La familia de Jade, mi novia aquí presente... es gente peligrosa. Los padres de Beatriz —los Edwards — les hicieron mucho daño. Y ahora... la tienen secuestrada.
Alex, que hasta entonces permanecía en silencio, abrió los ojos como platos.
—¿Qué? —exclamó, sintiendo que el mundo se le venía abajo.—- Maldita sea lo que me faltaba.
Jade lo miró fijamente.
—Supongo que ya sabes esto, Alex. La familia de Marcos está metida en esto.
El rostro de Pablo se transformó.
—Marcos... —dijo entre dientes, apretando los puños—. Debí saberlo. La última vez me dijo que esto no se quedaría así. Y ahora... tiene a Beatriz.
Las lágrimas cayeron sin aviso. Lucía lo abrazó fuerte.
—Tranquilo, hermano. La recuperaremos. Pero... ¿cómo es esto posible?
Alex respiró profundo, como si cargara con años de secretos.
—Yo lo puedo explicar. Es culpa de los Edwards.
Todos lo miraron.
—Mis padres tuvieron a Beatriz. Ella... es mi hermana. Pero fue arrebatada de nuestro lado . Los Edwards la secuestraron mientras dormía. Sin embargo no eran una familia normal eran mafiosos algo me dice que la tuvieron encerrada casi toda su vida.
Lucía se cubrió la boca, impactada.
—No... El día que nos conocimos me dijo que nunca había tenido amigos pero nunca pensé que fuera por eso.
—Por eso nunca la encontramos —continuó Alex—. Mis padres y yo la buscamos por años. Pero los Edwards.... La ocultaron muy bien. Pero debían mucho dinero a la familia de Marcos y ahora resulta que también a tu familia Jade. Creo que por eso la tienen. Quieren que mi hermana pague por algo que jamás hizo.
Jade bajó la mirada, con culpa.
—Tienes razón, mis padres son los otros enemigos. Intenté convencerlos de dejar a Beatriz en paz... pero no escucharon. Y ellos no perdonan si se enteraban de que Félix o yo hacíamos algo no tendrían piedad no importa la familia . Pablo se secó las lágrimas con la manga y se levantó, decidido. Sus ojos ardían.
—Eso no importa ahora. Lo que importa es rescatarla. Debemos hablar con tus padres, Alex... cada minuto cuenta.
Editado: 16.01.2026