Todo empezó contigo

Cap 10: esto debe parar

Jean, se pasó una mano por su cabello, despeinado de tanto estrés. Sus hombros anchos estaban tensos.

—¿Qué pasó? ¿Ya lo sabe? —preguntó con la voz cargada de preocupación.

Alex, con sus ojos azules llenos de frustración, respondió mientras apretaba los dientes.

—Sí, pero no por mí... Los García la tienen.

El silencio fue instantáneo. Alejandra, con el rostro empalidecido, llevó ambas manos a su boca. Su cabello castaño claro caía en ondas suaves, pero su expresión estaba rota.

—¿Quéee? Maldita sea... —Jean golpeó la mesa con la palma abierta—. Todo esto es nuestra culpa.

Alejandra, temblando, murmuró con la voz quebrada:

—Pero aguarden... Los Edwards no están muertos?

Pablo, con los ojos enrojecidos y el cabello negro cayéndole sobre la frente, bajó la mirada.

—Lo están... y tal vez ella ya se los dijo —dijo con tristeza.

Lucía, de pie a su lado, cruzó los brazos. Su cabello rizado y oscuro estaba desordenado de tanto tocarlo por ansiedad.

—Pero tal vez piensan que miente... y no podemos llamar a la policía. Sabemos que siempre se demoran una eternidad —dijo, desesperada.

Jean levantó el rostro, con las facciones endurecidas.

—No nos queda otra. Tendremos que ir con tus tíos.

Alex abrió los ojos, sorprendido.

—¿Estás seguro?

—Es la única forma —intervino Alejandra, recuperando un poco de su fuerza maternal.

Pablo miró a todos, confundido.

—¿De qué están hablando?

Alex respiró hondo.

—Tenemos unos tíos... digamos que son detectives, pero también forman parte del FBI. Son los únicos que pueden ayudarnos porque tienen agentes encubiertos. Es la única forma de sacar a Beatriz sin que salga lastimada.

Sin dudarlo un segundo, Pablo dio un paso adelante.

—Iré con ustedes —dijo con firmeza—. Ella... Beatriz estoy enamorado de ella. Y no voy a descansar hasta saber que está bien. Haré lo que sea necesario para ayudar.

Alejandra lo miró sorprendida, con la mezcla de orgullo y preocupación evidente en su rostro.

—Está bien, hijo... pero debemos irnos ya —dijo Jean, tomando las llaves.

Lucía se adelantó.

—Yo me quedaré para ver si sé algo de Beatriz.

Alex la miró fijamente.

—Está bien, pero ten mucho cuidado. Ellos son muy peligrosos.

Félix, firme y serio, habló entonces. Su porte atlético y sus ojos miel transmitían seguridad.

—Nosotros la cuidaremos. Vayan con cuidado.

Mientras tanto en la mansión de los García. La habitación seguía iluminada por un candelabro lujoso, pero la belleza del lugar no lograba ocultar la crueldad que habitaba dentro.

Marcos entró de nuevo. Sus ojos grises reflejaban odio y obsesión.

—Ven aquí —ordenó con voz fría.

Beatriz retrocedió temblando. Su cabello rubio estaba enredado, sus labios partidos, y sus ojos azules llenos de miedo y dolor.

—No... por favor... te lo suplico... ya basta —lloró.

Marcos gruñó, la golpeó en el rostro y luego la violó con una brutalidad que la dejó sin aire.

Al terminar, salió sin mirar atrás, dejando la puerta abierta.

La entrada repentina de Jade alivió un poco el ambiente.

Jade, con su cabello rubio recogido en una coleta y los ojos ámbar llenos de lágrimas, se arrodilló junto a ella y la abrazó.

—Tranquila... —susurró contra su cabello—. Terminará. No sé cuándo... pero terminará.

Félix llegó detrás, respirando agitado.

—¿Dónde están los chicos? —preguntó Beatriz con la voz rota.

—Salieron del país —respondió Félix, sentándose a su lado—. Pero es por una buena causa. Tu familia conoce a alguien que puede ayudarte... un tío tuyo. Tienen agentes encubiertos. Harán una operación para sacarte de aquí. Por ahora debes resistir.

Jade le secó las lágrimas con delicadeza.

—Yo sé que duele, nena... resiste.

Beatriz, con el corazón destrozado, solo pudo asentir.

—Si logran comunicarse con ellos... díganles que se den prisa...

—Lo haremos —aseguró Félix, dándole un último abrazo antes de salir con Jade.

Por otro lado Alex, Alejandra, Jean y Pablo después de varias horas, el grupo aterrizó en Miami. Las luces de la ciudad iluminaban la noche húmeda. El aeropuerto estaba lleno de voces, pasos y anuncios mecánicos, pero para ellos todo sonaba lejos, como si estuvieran dentro de un túnel.

Se registraron en un hotel modesto. Pablo se bañó sin sentir el agua; solo pensaba en Beatriz.

Su reflejo en el espejo mostraba unas ojeras profundas y una mirada decidida.

Cuando bajó al vestíbulo, Alex lo esperaba, con su habitual fortaleza pese al cansancio.

Alejandra y Jean estaban de pie junto a él, serios, con el ceño fruncido.

Salieron juntos hacia la oficina del tío.

Alex llamó, respirando hondo.

La puerta se abrió y un hombre de casi dos metros, corpulento, con barba corta y ojos grises de halcón, apareció.

—Hermano... te necesitamos urgente —dijo Jean con voz grave—. Se trata de tu sobrina.

Los ojos del hombre se endurecieron inmediatamente.

La operación para rescatar a Beatriz... acababa de comenzar.




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