—¿Quién rayos eres tú? —preguntó Sofía,con los ojos fríos y llenos de arrogancia.
Paul, con mirada firme y rostro curtido por años de peligros, apuntó con su pistola y respondió con voz gélida:
—Soy Paul. Vine a sacar a Beatriz. ¿Acaso no me recuerdan que me traicionaron ustedes y los García? Hoy vamos a saldar cuentas... y todos los que se interpongan, mueren.
Marcos, de complexión atlética pero cruel, con ojos fríos y sonrisa sádica, escupió con desprecio:
—Maldito payaso. Ella se merece todo lo que le está pasando y más.
Un disparo resonó en la sala, haciendo que todos se sobresaltaran. Paul permaneció sereno, la calma asesina en cada gesto.
—Tú sí mereces la muerte por atreverte a violarla. Y lo peor es que no puedo entender cómo puedes llamarte hombre, la palabra hombre te queda grande —dijo, luego se giró hacia Pablo—. Primo, ¿quieres darte el gusto?
Pablo con los ojos llenos de determinación y amor contenido, avanzó con paso firme.
—Será un placer —dijo, acercándose con un brillo intenso en la mirada.
Cristopher, temblando y furioso, intentó moverse hacia ellos:
—No, no. Yo no haría eso si fuera tú —advirtió Paul, apuntándole con precisión.
Pablo no dudó. Su rabia y su amor por Beatriz lo impulsaron mientras comenzaba a golpear a Marcos con furia contenida:
—¿Pensaste que no lo sabía? —gruñó entre golpes—. Te lo advierto... esta fue la última vez que la lastimaste. Da gracias a Dios que no seré yo quien te maté a golpes eres un poco hombre y un imbécil de mierda. No te preocupes, no te mataré yo... —otro golpe más duro—. La vida de la devolverá y no te podrás levantar jamás. Y más nunca te atreverás a tocar a una mujer.
Cuando terminó, Pablo volvió a la habitación donde se encontraba Beatriz. Con movimientos rápidos y cuidadosos, la tomó en brazos, protegiéndola de todo peligro. Su corazón latía con fuerza, mezclando alivio y miedo.
Minutos después, las familias aliadas de los García —los Rodríguez— irrumpieron, desatando una matanza inevitable. Paul, con estrategia y determinación, terminó imponiéndose. Marcos y los padres de Jade quedaron con vida, pero fueron arrestados de inmediato cuando la policía irrumpió. La sentencia que les esperaba era cadena perpetua.
Beatriz, aunque físicamente a salvo, estaba marcada por el horror. Su piel pálida, ojos llorosos y cuerpo tembloroso mostraban el peso de lo vivido.
—Doctor, ¿cómo está nuestra hija? —preguntó Helena, elegante y frágil a la vez, con la voz quebrada por la preocupación.
El doctor, un hombre serio de mirada profesional y gesto compasivo, suspiró antes de responder:
—Ella está fuera de peligro físico, pero debo ser honesto... fue violada varias veces. Está profundamente traumatizada. Lo mejor es que vea a un psicólogo. Pueden ir a verla, pero quizá no quiera hablar mucho.
El silencio cayó sobre Helena y Jean como un golpe en el pecho.
—Lo entendemos, doctor. Gracias por su sinceridad —dijo Jean, tratando de mantener la compostura, su rostro endurecido por la mezcla de dolor y alivio.
Alejandra y Jean entraron a la habitación donde Beatriz descansaba. La luz suave iluminaba su rostro aún pálido, los ojos cerrados, el cabello revuelto sobre la almohada, y las máquinas que monitoreaban su estado.
—Hola, mamá —susurró Beatriz al verla, la voz temblorosa y débil.
Alejandra se arrodilló junto a la cama, tomando su mano con ternura.
—Oh, Beatriz, mi amor... estoy aquí —dijo con un hilo de voz, los ojos llenos de lágrimas.
Jean se acercó también, colocando una mano firme en el hombro de su hija.
—Estamos contigo, hija. Siempre estaremos contigo.
Beatriz los miró, buscando un ancla de seguridad entre la confusión y el miedo que la embargaba.
—¿Qué pasó? —preguntó, con miedo y la voz quebrada.
Alejandra intercambió una mirada con Jean, pidiendo fuerza para responder.
—Te explicaremos todo, cariño. Solo queremos que sepas que te amamos y que no estás sola —dijo Alejandra con dulzura, acariciando la mano de Beatriz.
La joven respiró hondo, tratando de procesar el caos que había vivido.
—No sé si quiero hablar... —admitió, encogiéndose ligeramente, los hombros temblando.
—Está bien, mi amor. Nadie te va a obligar —susurró Alejandra—. Vamos a ir paso a paso.
—Lo importante es que estás a salvo ahora —añadió Jean, firme, aunque sus ojos mostraban preocupación.
Beatriz sintió un pequeño alivio. Dolía todo su cuerpo y su alma, pero tenía un ancla en sus padres. Sabía que el camino sería largo, que la recuperación sería difícil... pero ya no estaría sola.
Editado: 16.01.2026