Días después de su conversación con el doctor, Beatriz empezó a asistir a sus sesiones con el psicólogo. Sabía que, para poder lidiar con el trauma que le había dejado Marcos, necesitaba apoyo profesional. Con el paso de los meses, comenzó a notar cambios sutiles en sí misma. Aunque los recuerdos dolorosos aún la visitaban, su mente se sentía más ligera, como si lentamente estuviera aprendiendo a respirar de nuevo, a recuperar fragmentos de normalidad que creía perdidos.
Una decisión difícil se formaba en su interior, un pensamiento que le hacía temblar el corazón, pero que sabía que debía enfrentar.
Ese día entró a la consulta con una blusa azul claro de algodón que caía suavemente sobre sus hombros, unos jeans oscuros y zapatillas blancas. Su cabello recogido en un moño deshecho dejaba caer algunos mechones sobre su rostro, y el maquillaje mínimo permitía que se viera su vulnerabilidad, pero también la intención de sentirse cómoda en un momento tan serio.
—Antes de irme, hay algo que quiero decir —murmuró, con una determinación que temblaba levemente en su voz.
El psicólogo, un hombre de mediana edad con gafas finas y expresión tranquila, la observó con atención, como si supiera que este momento llegaría tarde o temprano.
—Sí, dime —respondió con suavidad, dejando espacio para que hablara sin interrupciones.
—No sé si está bien, pero después de todo lo que pasó... creo que quiero irme de Londres por un tiempo —confesó, dejando salir el aire que había retenido sin darse cuenta—. Créame... no los culpo de nada, pero necesito despejar mi mente.
Él asintió lentamente, con esa mirada que mezclaba comprensión y guía.
—Eso podría ser bueno. A veces, un cambio de ambiente nos ayuda a encontrar claridad. Pero recuerda hablarlo con tu familia. Ellos deben saber tu decisión.
Beatriz respiró hondo y salió de la consulta, sintiendo el peso de la conversación que le esperaba en casa. Al llegar, encontró a sus padres conversando en voz baja en la sala. El ambiente estaba cargado de preocupación silenciosa.
—Mamá... papá... he pensado en irme de Londres por un tiempo —dijo, tratando de proyectar firmeza aunque su estómago permanecía apretado, como un recordatorio de lo difícil que era la decisión.
Alejandra se tensó de inmediato, su rostro reflejando miedo y tristeza al mismo tiempo, mientras Jean la observaba en silencio, buscando la manera de responder sin herirla.
—Créame... no los culpo de nada. Pero necesito despejar mi mente —continuó Beatriz, con sinceridad—. Para eso debo irme un tiempo. No es para siempre. Solo... necesito pensar. Así que, por favor, entiéndanme.
El silencio se extendió por la sala, pesado y expectante. Alejandra apretó los labios, luchando con la mezcla de dolor, miedo y comprensión que le recorría.
—¿Estás segura de que es lo que quieres? —preguntó, con la voz ligeramente quebrada, intentando contener la emoción que le subía por la garganta.
—Hija, queremos lo mejor para ti —dijo Jean, con un tono cálido, lleno de amor y paciencia—. Si esto es lo que necesitas, te apoyaremos.
Una oleada de alivio recorrió a Beatriz, aunque sabía que no era una decisión fácil para ninguno de los tres.
—Gracias... de verdad —susurró, con la voz cargada de emoción—. Solo necesito tiempo para encontrarme a mí misma... para sanar.
Las lágrimas comenzaron a llenarle los ojos, pero esta vez no eran de miedo ni de dolor, sino de liberación. Alejandra se levantó y la abrazó con fuerza, envolviéndola en un refugio de amor incondicional, su calor y su olor familiar llenando a Beatriz de seguridad.
—Siempre estaré aquí, mi amor. No importa dónde vayas... siempre estaré contigo —dijo Alejandra en un susurro tembloroso, apretándola contra su pecho.
Beatriz cerró los ojos, permitiéndose sentir la calidez del abrazo y el amor inquebrantable de su madre. Sabía que el camino que elegía no sería fácil, pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que avanzaba hacia su propia paz, respirando y caminando a su ritmo, reconstruyendo su mundo desde adentro hacia afuera.
Esa tarde, Pablo llegó a su casa. Su expresión estaba cargada de preocupación, y sus ojos oscuros brillaban con la intensidad de su afecto. Pablo era alto, de complexión atlética, con cabello oscuro cuidadosamente peinado y manos fuertes que delataban su determinación. No eran novios, pero desde hacía tiempo su corazón latía solo por ella, y no podía quedarse de brazos cruzados.
—Bea... escuché que quieres irte de Londres —dijo, con voz grave, tratando de mantener la calma—. ¿Es cierto?
Beatriz lo miró, con una mezcla de ternura y seriedad.
—Sí, Pablo. Necesito un tiempo lejos, pensar y sanar. No es que me esté alejando de ustedes... es solo... de todo lo que pasó.
Él se acercó lentamente, con cautela, como si temiera romper algo frágil.
—Lo entiendo... aunque no puedo mentirte... me duele que te vayas —dijo, apretando suavemente sus manos entre las suyas—. Sabes que... aunque todavía no somos novios, yo... yo estoy enamorado de ti, Bea. Y no quiero dejarte sola en esto.
Beatriz lo miró y sintió un calor extraño en el pecho.
—Lo sé, Pablo... y lo aprecio más de lo que puedes imaginar —susurró—. Pero esto es algo que necesito hacer por mí misma. No significa que no confíe en ti, ni que... no sienta lo mismo. Solo... necesito encontrarme de nuevo.
Él asintió lentamente, respirando hondo, tratando de contener la emoción que le revolvía el pecho.
—Entonces... iré contigo. No puedo quedarme atrás mientras tú estás sola —dijo, con firmeza, tomando la decisión que ya no podía retrasar—. Si me dejas, te acompañaré.
Beatriz sintió una mezcla de alivio y gratitud.
—Está bien, Pablo... gracias —dijo, dejando que su mano descansara unos segundos sobre la suya—. No es fácil para ninguno de los dos, pero... me hace sentir más segura.
El día de la partida llegó. Beatriz y Pablo empacaron solo lo esencial: ropa cómoda, libros, documentos importantes y algunos recuerdos que le daban fuerza. Sus padres los acompañaron al aeropuerto, abrazándolos con ternura y transmitiéndoles todo el apoyo que podían.
Editado: 16.01.2026