Todo empezó contigo

Cap 14: me tengo que ir

El avión surcaba el cielo mientras Beatriz apoyaba la cabeza contra la ventanilla, observando cómo las nubes pasaban lentamente. Cada instante lejos de Londres era un respiro, una oportunidad para recomponerse. Pablo estaba a su lado, con la mirada fija en el paisaje, pero de vez en cuando le lanzaba sonrisas tranquilizadoras.

—¿Sabes? —dijo Beatriz, con un hilo de voz, rompiendo el silencio—. Todavía no puedo creer que esto esté pasando... estar lejos de todo.

—Lo sé —respondió él, tomando suavemente su mano y entrelazando los dedos—. Pero estoy feliz de estar contigo. Te lo mereces, Bea.

Ella sonrió levemente, apoyando su frente contra su hombro por un momento. La sensación de seguridad que le daba era algo que no había sentido en mucho tiempo.

Mientras el avión avanzaba, comenzaron a hablar de cosas más ligeras: sus gustos, libros favoritos, películas y música. Cada conversación era una puerta hacia un Beatriz más relajada, más sonriente. Pablo contaba anécdotas divertidas de su infancia, algunas exageradas, provocando que ella riera hasta que le doliera el estómago. Era una risa diferente, sin miedo, sin culpa, solo alegría.

—Nunca te había visto reír así —dijo él, con una mirada cargada de afecto—. Me gusta verte feliz.

—Gracias... es raro, pero me siento bien contigo —susurró ella, bajando la mirada y jugando con sus dedos entrelazados.

El viaje duró varias horas, y durante ese tiempo compartieron silencios cómodos, miradas cómplices y conversaciones profundas. Pablo era paciente, escuchando cada palabra de Beatriz, sin presionarla, solo dejándola abrirse a su ritmo.

Cuando finalmente aterrizaron, el aire fresco y diferente del nuevo destino les dio una sensación de libertad. Beatriz respiró hondo, oliendo algo de mar y tierra, sintiendo que realmente podía comenzar de nuevo.

Esa primera tarde, mientras instalaban sus cosas en un pequeño apartamento que habían alquilado, Beatriz miraba alrededor con curiosidad. Cada detalle, desde la luz que entraba por la ventana hasta el sonido lejano de la ciudad, parecía nuevo y prometedor.

—Me gusta este lugar —dijo, dejando su mochila a un lado—. Es tranquilo... siento que puedo pensar.

—Perfecto —respondió Pablo, sonriendo—. Entonces podemos hacer esto nuestro pequeño refugio, aunque sea temporal.

Se sentaron en el sofá, compartiendo una taza de té caliente que Pablo había preparado. El silencio volvió, pero era un silencio cómodo, lleno de entendimiento mutuo.

—¿Sabes algo? —dijo Beatriz, mirando sus manos—. Creo que no me había dado cuenta de lo importante que es sentirse segura... hasta ahora. Contigo... me siento así.

Él tomó su rostro entre sus manos con delicadeza, sin presionarla, solo apoyándola suavemente.

—Y quiero que siempre te sientas así, Bea. No quiero que tengas miedo nunca más —dijo, con sinceridad, dejando que su voz temblara apenas.

Ella se inclinó hacia él, rozando su frente con la de Pablo, y sonrió. Era un gesto pequeño, pero lleno de significado.

Los días pasaron y cada momento juntos fortalecía su vínculo. Caminatas por la playa, tardes en cafés tranquilos, largas conversaciones sobre sueños y miedos; Beatriz comenzó a confiar plenamente en Pablo, y él, a su vez, se daba cuenta de lo mucho que había esperado poder cuidarla así.

Una noche, mientras veían la ciudad iluminada desde el balcón, Pablo habló con un tono suave:

—Bea... sé que no somos novios... pero... me doy cuenta de que estoy enamorándome de ti.

Beatriz lo miró, sorprendida, pero no retrocedió. Su corazón latía fuerte, y una sonrisa tímida se formó en sus labios.

—Yo... creo que también —admitió, con un suspiro que mezclaba alivio y alegría—. Pero tenemos que ir despacio... todo ha sido tan intenso, Pablo.

—Lo sé —dijo él, rozando suavemente su mano—. No hay prisa. Solo quiero estar aquí, contigo, mientras descubres quién eres y cómo sanar.

Esa noche, mientras la ciudad dormía, Beatriz se permitió cerrar los ojos y apoyarse contra él, sintiendo que no estaba sola. Cada pequeño gesto, cada palabra y cada silencio compartido consolidaban algo nuevo: un amor que nacía lentamente, pero con fuerza suficiente para acompañarlos a donde fuera que el destino los llevara.

Por primera vez en mucho tiempo, Beatriz sintió que estaba empezando a reconstruir su vida... y que, junto a Pablo, podía aprender a confiar y a amar de nuevo.

Los meses habían pasado desde que Beatriz y Pablo habían dejado Londres. Su vida lejos de la ciudad que había sido escenario de tanto dolor se había vuelto un refugio seguro, lleno de pequeñas rutinas y momentos que fortalecían su vínculo. Cada día que pasaban juntos, la confianza y la cercanía entre ellos aumentaba.

Beatriz había cambiado. Sus hombros, antes tensos por el miedo y la angustia, ahora descansaban con más naturalidad. Su cabello castaño caía en suaves ondas sobre su espalda, y sus ojos, antes apagados por el trauma, brillaban con una nueva luz. Su estilo se había vuelto más relajado: blusas ligeras, jeans cómodos y zapatillas, reflejo de una chica que empezaba a reconocerse y cuidarse a sí misma.

Pablo, por su parte, había mostrado una paciencia infinita. Sus rizos oscuros siempre ligeramente desordenados, sus ojos café intenso que reflejaban preocupación y ternura, y esa sonrisa franca que aparecía incluso en los momentos difíciles, hacían que Beatriz se sintiera protegida sin esfuerzo. Su estilo casual —camisetas sencillas, pantalones cómodos y chaquetas ligeras— no podía ocultar la elegancia natural que tenía al moverse con seguridad a su lado.

Una mañana, mientras el sol de la ciudad bañaba su pequeño apartamento con luz dorada, Pablo y Beatriz desayunaban juntos en la terraza. Habían preparado café y tostadas, pero más que la comida, lo que llenaba la mesa era la conversación: recuerdos, sueños, planes y risas compartidas.

—Nunca imaginé que podría sentirme tan tranquila —dijo Beatriz, acariciando su taza con las manos—. Gracias por estar aquí... por no dejarme sola.




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