Todo empezó contigo

Cap 15: sana tu corazón

Beatriz

Ya sé que se estarán preguntando a dónde fuimos Pablo y yo. La respuesta es sencilla: necesitaba volver a ver la tumba de mis padres. Sé que ya no pueden hablarme, pero aun así necesitaba verlos por última vez, despedirme como nunca pude hacerlo. También debía descubrir si mis tíos Héctor y Victoria sabían la verdad sobre todo lo que me ocurrió.

Llegamos a España de noche. Las luces de la ciudad parecían lejanas, irreales, mientras el taxi se detenía frente al hotel. El viaje me había dejado exhausta, pero también vulnerable, como si todo lo que había contenido durante horas estuviera a punto de desbordarse.

—No quiero ir todavía a la casa de mis tíos —confesé—. Necesito un respiro antes de enfrentar todo.

Pablo me sostuvo la mirada un instante.

—Entonces quedémonos aquí. El hotel tiene jacuzzi... creo que te haría bien.

Acepté.

Me di una ducha rápida y me puse un vestido de baño lavanda que se ajustaba a mi cuerpo con suavidad, seguido de una bata ligera. Cuando salí, Pablo me observó sin disimularlo; no dijo nada, pero su mirada hablaba por él.

El vapor del jacuzzi nos envolvió apenas entramos. El agua caliente recorrió mi piel y me hizo cerrar los ojos, soltando un suspiro lento. Me acomodé despacio, dejando que el calor deshiciera la tensión... aunque despertara otras sensaciones.

Pablo se sentó frente a mí.

—Estás hermosa —dijo, con esa voz baja que siempre me desarmaba.

Me acerqué y lo besé sin pensarlo. El beso fue lento al principio, pero pronto se volvió más profundo, más cargado. Sentía ese impulso urgente de aferrarme a él, de sentirlo cerca para no romperme. Sus manos se deslizaron por mi cintura bajo el agua, atrayéndome sin brusquedad, pero sin duda.

—¿Y eso por qué fue? —murmuró contra mis labios.

—Porque hoy... te necesité —respondí, con la voz apenas un susurro—. Porque no me dejaste sola.

Sus ojos se oscurecieron. Me tomó del rostro con cuidado, como si yo fuera algo precioso, y apoyó su frente en la mía.

—Y nunca lo haré.

Me acomodé entre sus piernas, sintiendo su calor mezclarse con el del agua. Sus labios bajaron lentamente por mi mejilla, mi cuello, deteniéndose lo suficiente para hacerme contener la respiración. Mis manos se aferraron a sus hombros, necesitándolo tan cerca como estaba.

El agua se movía con cada gesto, las burbujas rompiendo el silencio mientras nuestros cuerpos se buscaban sin prisa, reconociéndose con una intensidad que iba más allá del deseo. No era solo pasión: era consuelo, anhelo, pertenencia.

Cuando regresamos a la habitación, el cansancio finalmente nos alcanzó. Me cambié y me puse mi pijama lavanda de algodón, suave y cómodo. Pablo me atrajo contra su pecho, su brazo rodeándome con firmeza.

Nos quedamos dormidos así, respirando al mismo ritmo, unidos por ese silencio profundo que solo existe entre dos personas que se aman... y se desean de verdad.

A la mañana siguiente, nos preparamos para visitar la tumba de mis padres. Sabía que sería un momento duro, pero necesario. Me puse una blusa blanca de algodón y una falda larga de mezclilla que se movía con cada paso. Elegí sandalias de cuero marrón, maquillaje suave y recogí mi cabello en una coleta alta. Pablo llevaba una camisa de cuadros en tonos azules y verdes, jeans oscuros y botas de cuero, relajado pero atento a cada gesto mío.

Durante el camino, respiré profundo varias veces. Sentía la tristeza clavándose en mi pecho, pero la determinación también estaba ahí. Cuando llegamos al cementerio, todo se volvió silencioso, casi suspendido. Caminé hasta las tumbas y me arrodillé.

—Mamá... papá... hola —susurré, con la voz temblando—. Él es Pablo, mi novio. No lo saben, pero después de su partida hice lo que ustedes nunca me dejaron: me fui a Londres. Sin saber la pesadilla que me esperaba. Resulta que nunca fui su hija... encontré a mi verdadera familia. Pero en el camino me secuestraron... me hicieron daño...

Las lágrimas comenzaron a caer sin control. Pablo se acercó y me abrazó por la espalda, apretándome con fuerza.

—Pero no les tengo rencor —continué—. Porque ahora sé la verdad... sé que eran mafiosos, y que la razón por la que me mantuvieron encerrada era porque estaban cuidándome, aunque nunca sabré por qué me alejaron de mi familia real. No importa... ya los perdoné. Y encontré mi lugar. Ustedes siempre serán parte de mi historia. Gracias por todo.

Me levanté, limpié mis lágrimas y miré a Pablo.

—¿Estás bien? —preguntó él, con suavidad.

—Sí —respondí, tomando su mano—. Vámonos. Aún tenemos que hablar con mis tíos.

Cuando llegamos a la casa de Héctor y Victoria, mi tía salió casi corriendo para abrazarme.

—Sobrina... qué alegría verte. ¿Y quién es este jovencito?

—Él es Pablo, mi novio —dije, orgullosa y segura—. Ellos son mis tíos, Victoria y Héctor.

Héctor estrechó la mano de Pablo, evaluándolo con la mirada típica de alguien que ha pasado por demasiado.

—Cuánto tiempo se van a quedar —preguntó Victoria.

—No mucho. Necesito hablar con ustedes de algo importante —respondí, con el corazón latiendo fuerte.

Mis tíos intercambiaron una mirada cargada de tensión.

—¿Qué ocurre? —preguntó Héctor.

—Ustedes lo sabían, ¿verdad? Sabían que me arrancaron de mi familia a propósito.

El silencio se volvió pesado, casi doloroso. Pablo intervino, serio.

—Si lo sabían... ¿por qué no hicieron nada?

Victoria respiró hondo, derrotada.

—Porque tus padres... no nos trataban como familia. Nos trataban como parte de su organización.

Héctor continuó:

—Nos amenazaron. Dijeron que si intentábamos decirte algo... o acercarnos a tu familia real... nos matarían. Intentamos buscar información, pero uno de sus hombres me descubrió tratando de viajar a Londres. Me golpearon tanto que casi no vivo para contarlo. Después tuvimos miedo.

—Mi madre biológica dijo que me robaron porque mi madre falsa no podía quedar embarazada. ¿Es cierto? —pregunté.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.