Al otro lado de la cortina, el público ríe a carcajadas con demasiado eco. Me asomo con cuidado de que no se me vea. Muchos asientos vacíos, aquí vive poca gente. Varias familias de granjeros, vestidos con su ropa de los domingos, limpia, pero gastada. Un grupo de jóvenes que miran más a las chicas que a la pista. Ellas hacen lo mismo, pero con más disimulo porque están sentadas entre sus padres. Algunos viajeros de paso, demasiado impolutos y estirados para ser de la zona. El personal que se hará pasar por voluntario para los distintos números, disperso para que no se note, aplaudiendo los primeros para animar a los demás, y por lo menos, un borracho durmiendo.
Hay un hombre apoyado en uno de los pilares que sostienen la entrada. Viste un guardapolvo marrón, tiene el rostro en sombra por el ala del sombrero y no le veo los ojos, pero sé que no aparta la mirada de la salida de artistas. Permanece serio, ajeno a los payasos que se estampan tartas y se caen en el centro de la pista.
Si está ahí, es porque ha pagado, pero de todos modos hago un gesto con la cabeza a Buddy, el gigantón que se encarga de la seguridad, para que no le quite ojo. Asiente. Él tiene su propia rendija para vigilar —tan alta que solo él y yo podemos usarla sin tener que ponernos de puntillas o subirnos a una escalera— y ya se había fijado en el tipo. Estallan los aplausos. He de prepararme; soy el siguiente.
Llevo el pelo recogido en una coleta y una cinta en la cabeza, adornada con plumas largas. La cara pintada con dos rayas paralelas, verdes y blancas. Visto un saco de arpillera ceñido con un cinturón de cuero.
En cierta ocasión, un músico me dijo que sería mejor que saliera con el torso desnudo y un taparrabos. No me pareció buena idea. Desde entonces, no me ha vuelto a dirigir la palabra.
Redoblan los tambores.
Detrás de la cortina, la voz ronca de Terry, el jefe de pista, se impone al murmullo:
—¡Señoras y señores, con todos ustedes… el Indio Blanco!
Aferro el arco con seguridad y, con paso firme y el rostro serio, me dirijo al centro de la pista sin mediar palabra. Recorro al público con la mirada como si estuviera buscando cabelleras que recolectar. Levanto la cabeza con gesto altivo y deambulo a derecha e izquierda para asegurarme de que me ven. De paso, intento observar al hombre de la entrada, pero no puedo desde donde estoy.
Los niños ponen cara de asombro. Las jovencitas se miran y dejan de mirar a los chicos. Una de ellas llama mi atención: es bastante poco agraciada y algo mayor que las demás. Saco una flor de uno de los bolsillos del saco y se la lanzo con un guiño y una sonrisa. Apenas logra cogerla, pero, al hacerlo, la huele. Hoy al menos dormirá contenta.
La música ahora imita una percusión india. Levanto la mano en señal de alerta, me arrodillo y apoyo la oreja en el serrín. Bajo él, resuenan unos pasos. Espero a que se detengan, a que los niños exhalen sorprendidos y ahoguen una risita.
Entonces me incorporo de un salto. Mientras lo hago, saco una flecha del carcaj, la encajo, me giro y disparo. La flecha queda clavada en la tarta que uno de los payasos pretendía lanzarme. Aplausos.
Mi compañero se da la vuelta para huir, pero yo le lanzo otra flecha que se le clava en el relleno que le cubre el trasero. Se lleva las manos ahí, simula aullar de dolor y echa a correr separando mucho los pies. Más risas y aplausos. Me encanta, pero ahora es cuando empieza el espectáculo de verdad.
Entretanto, han puesto dos dianas del tamaño de una persona. Miro al público, me giro de golpe y conforme lo hago, disparo y acierto justo en el centro de una de ellas. Me vuelvo hacia el otro lado con un movimiento limpio y también la punta hunde en el centro de la otra.
Echo a correr y vuelvo a lanzar dos flechas, una tan a continuación de la otra que llegan a su destino casi a la vez, justo al lado de donde estaban las primeras.
El hombre misterioso ha dejado el pilar y me observa desde el centro del pasillo.
Hago como que no me he dado cuenta y tiendo la mano a uno de los niños. En realidad es Sergei, el hijo del forzudo del circo, pero eso no lo sabe nadie.
Lo acompaño frente a la salida de artistas, donde todo el mundo pueda verlo bien y le doy una carta que llevaba en el bolsillo. Le hago que extienda el brazo y un gesto para indicarle que no se mueva. Asiente con cara de inocente —se lo propuse a él precisamente por su capacidad para ponerla— y obedece. Yo me alejo al otro extremo. Tenso la cuerda con cuidado, respiro. El naipe atravesado vuela de las manos del chico, que se apresura a recogerlo para mostrarlo, sorprendido, al resto de los presentes. Después corre de vuelta a su asiento.
La gente aplaude. Terry sale con gesto serio. La música se detiene y el murmullo se apaga hasta quedar en silencio.
—Ahora les he de pedir que guarden silencio, dada la extrema peligrosidad y dificultad de lo que van a presenciar.
Señala hacia arriba. Allí está Anne, la trapecista, con su maillot de lentejuelas ajustado a su línea perfecta; el pelo castaño recogido con cuidado, la sonrisa brillante, saludando con delicadeza con su mano enguantada de blanco.
—Aquí tienen a nuestra mariposa, a nuestro ángel —prosigue Terry con voz grave, lenta, dramática—. Como ven, no hay red de seguridad. Un fallo, una flecha donde no toca… y ella encontrará su fin. Recemos para que hoy tampoco suceda.
Ella muestra una diana un poco más ancha que una persona, asegurándose de que todo el mundo la vea. Luego, con un gesto que parece que hacerlo resulte sencillo, queda colgada boca abajo del trapecio. Un ayudante la suelta y ella empieza a oscilar de un lado a otro, sosteniendo la diana con los brazos extendidos bajo su cabeza.
Nos miramos. Ella me sonríe. Suspiro y me muerdo el labio. Preparo una flecha, apunto, adivinando donde va a estar unos instantes después, calculando el momento exacto. Entonces suelto la cuerda. En pleno centro. El público empieza a aplaudir, pero el jefe de pista hace un gesto y todo el mundo cesa.
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Editado: 25.06.2026