Todo está oscuro

Jinetes fantasma en el cielo.

Corro a buscarla tras acabar, intentando no tropezar con los baúles, enredarme en las cortinas o chocar con alguien. Pese a que soy bastante ágil, en ese laberinto cambiante siempre me ha costado moverme entre bastidores. Siempre me ha admirado cómo lo consigue la gente que lleva allí toda su vida.

El otro problema es encontrarla. Cada artista tiene un espacio asignado para prepararse, separado por telas, y si uno no sabe dónde está la persona que busca puede llevarse una desagradable —o a veces agradable— sorpresa.

Por fortuna, casi todo el mundo sabe que ella sale a pista conmigo y suelen indicarme donde es sin que tenga que decirles nada. Me detengo frente a su improvisado camerino y aguzo el oído por encima del traqueteo de la gente. Escucho agua y respiración agitada. Se estará lavando la cara. Sin embargo, ella todavía no ha actuado, así que no debería estar quitandose el maquillaje…

—¿Anne? —la llamo en voz baja. No obtengo respuesta y alzo un poco el tono.

—Un momento —escucho desde el otro lado—, que no estoy presentable.

Por debajo de la mezcla de sudor y perfume que impregna todo el lugar, un hilo de aroma a flores frescas que reconozco de inmediato. Candace, la taquillera. No sé cómo lo hace, pero siempre huele bien. Sin una buena razón, no suele moverse por aquí.

—Perdona, me estaba refrescando un poco. Este calor del desierto es insufrible —me dice Anne cuando abre.

Su ropa está tal y como lo llevaba en la actuación, y echarse agua en la cara no es que sea impúdico. La cortina de atrás ondea con suavidad.

—¿Estás bien? —pregunto—. Has puesto una cara rara antes, allí arriba.

—El maldito traje me aprieta demasiado, no te preocupes. ¿Me ayudas a quitármelo?

Se da la vuelta y me ofrece la espalda. Así no me ve ruborizarme. Me tiemblan las manos; si ahora tuviese que disparar, me acertaría a mí mismo. Cojo el cordón y distingo algo en la piel blanca: un ligero rastro de cambio de color. La acaban de abrazar. La taquillera abraza a todos, a veces incluso a traición; lo que no suele es estrechar tanto si no es necesario.

—En serio, ¿estás bien? Me has preocupado.

Ella traga saliva antes de volver a contestar que no pasa nada.

Acabo de desatarle el traje y me doy la vuelta.

—Vale —digo antes de salir—, pero ya sabes dónde estoy si necesitas algo.

Asiente en silencio.

—No cambies —susurra mientras cierro la cortina. No sé a quién se lo habrá dicho, pero necesito respirar algo de aire del exterior, aunque sea caliente y lleno de polvo.

Un poco más allá suena una armónica. Tiene que ser Andrew, uno de los músicos. Durante la función toca el saxo, pero en cuanto tiene un poco de intimidad se aparta y toca ese instrumento. La canción es alegre, bailable, pero cuando me ve aproximarme cambia a una lenta, melancólica, que habla de un amor que se va a ir. Le sonrío.

Al pasar por su lado, se detiene y me dice:

—Los muchachos y yo vamos a ir al salón del pueblo después de la función; podrías venir.

«Los muchachos» es una forma de decir casi todo el circo, menos dos o tres que se quedan para cuidar a los niños y porque no les queda otra. A veces lo hacemos, sobre todo si la función no ha ido muy bien. Así la gente te conoce y al día siguiente va a verte. No me apetece en absoluto, pero es casi una parte del trabajo.

Me dirijo hacia el apartadero donde se alinean nuestros vagones. Están pintados con colores vistosos para llamar la atención al atravesar alguna localidad. Pienso en echarme un rato en mi litera para hacer tiempo —todavía tiene que acabar la función y los demás tienen que adecentarse un poco—, pero caigo en la cuenta de que a estas horas los barreños están libres; no hay cola ni pasa nadie, así que mejor me limpio ahora.

Voy junto al vagón cisterna. Hay un recipiente casi a rebosar y no demasiado sucio, así que no tengo que preocuparme por llenar uno nuevo. Me quito el saco y lo dejo sobre uno de los toneles con los que llevamos agua a los animales. Me aseguro de que no hay nadie y también me quito la ropa interior, aunque me apresuro a meterme en el agua y sentarme, por si acaso. El agua fría hace que me estremezca un poco, pero no llega a ser desagradable. Echo la cabeza hacia atrás y me sumerjo unos instantes. ¿Qué vio Anne? ¿Por qué me miente de esa manera? ¿Qué hacía Candace allí?

Una sombra cruza sobre mis ojos y me incorporo enseguida, con el pulso acelerado. Lo primero que hago es mirar mi ropa. Más de una vez un gracioso me la ha escondido —yo también lo he hecho, en realidad—, pero está en su sitio. Echo un vistazo alrededor y todo parece tranquilo, hasta que veo un cuerpo posado frente a mí, en el borde del barreño. Me mira y gira la cabeza para observarme.

No pasaría nada si no supiese que en esa zona los cuervos no son nada comunes.

—¿Y tú quién eres? —le pregunto, como si fuese a contestar.

El animal alza el vuelo y lo sigo con los ojos, aunque tengo que girarme para ello. Se dirige hacia un vagón que, por su ubicación, es el de las mujeres, y se posa en un alféizar. Si no me falla la vista —y no suele hacerlo—, es el de Anne. Desde allí vuelve a mirarme y emprende el vuelo de nuevo, desapareciendo de mi campo de visión poco después.




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