Nos reunimos un rato después de acabar la función. Yo me he puesto mi camisa verde oliva, la que suelo usar para la vida social, y mi viejo guardapolvo también verde, ya descolorido por el sol. Van charlando unos con otros mientras avanzamos por la calle polvorienta. Me fijo en que Anne también viene. Lleva un modesto vestido violeta que conoció tiempos mejores, flanqueada por sus dos guardaespaldas, que me resultan muy graciosos con bombín y pajarita. Andrew anda por algún lado tocando una melodía alegre con la armónica, y algunos vecinos se asoman a los porches para ver la peculiar comitiva. Crowley y yo caminamos detrás, uno junto al otro, pero no llegamos a decirnos nada.
Llegamos a la puerta del salón y mis compañeros me ceden el paso.
Me calo el sombrero, empujo la puerta abatible y echo un vistazo rápido durante esos segundos de silencio en los que los parroquianos clavan los ojos en mí para ver quién ha entrado.
Un puñado de mesas dispersas, un piano en un rincón, una barra larga en el lateral con un montón de botellas y un gran espejo detrás, atendida por una mujer gruesa con exceso de maquillaje.
Y apoyado en ella, alguien con un guardapolvo marrón que no se ha girado. Sin embargo, puedo distinguir su reflejo. Es el tipo del circo. El que ha asustado a Anne, creo.
—Buenas tardes —digo, intentando sonar rudo, aunque no puedo evitar que me tiemble la voz—. ¿Pueden unos modestos artistas refrescarse aquí?
Nadie contesta. Una mano fuerte —la de Crowley— me aparta sin delicadeza. Avanza hasta la barra y se apoya en ella, justo al lado del hombre del guardapolvo marrón; este se gira hacia él. Sin que mi silencioso compañero diga nada, la camarera le sirve un bourbon en un vaso descascarillado. Crowley hace un leve gesto con la cabeza y ella llena otro para el de marrón. Ambos permanecen en silencio, observándose.
Me acerco también a la barra. Sé que me están observando, así que mi caminar debe parecer seguro. Me apoyo en ella con ambos brazos, de espaldas a la madera, controlando la entrada.
—Otro para mí —pido.
Escucho el murmullo del líquido al caer, pero no me giro a cogerlo. Me desmayaría antes de acabármelo.
La puerta vuelve a abrirse y entra mi gente. Intentan parecer naturales, pero los conozco: están tensos. Buscan mesas libres y se reparten con estudiada calma. Cuando cruzan el umbral las chicas, empiezan los silbidos. Candace provoca aplausos directamente. Inclina la cabeza en un saludo elegante, sonriendo. Anne va a entrar, pero se detiene en el marco de la puerta. Está mirando al hombre que está junto a Crowley. El del guardapolvo marrón empieza a girarse. El de negro golpea la barra con su vaso. La camarera se apresura a llenar ambos. Vuelven a clavarse los ojos.
Ella da un paso atrás, buscando ayuda con la mirada. Hago ademán de incorporarme, pero Candace niega con la cabeza. Aparece Buddy, que toma a la trapecista del brazo y la conduce a una mesa apartada, donde ambos se sientan.
Le sigue Terry, con el mismo gesto teatral que usa al entrar en la pista.
Se detiene en el centro de la habitación y habla mientras se mueve a derecha e izquierda. Para él, todo es un gran circo.
—Queridos anfitriones —declama—, queremos agradecerles su visita a nuestro modesto espectáculo devolviéndoles el gesto.
Su mirada vuela hacia el piano del rincón, y la mayoría de los presentes la sigue.
—Música —susurra. Luego alza la voz—. ¡Música!
Señala hacia la puerta. Andrew entra tocando una melodía alegre con la armónica. Algunos parroquianos sonríen. Uno empieza a marcar el ritmo golpeando la mesa con los nudillos. Otro se levanta y empieza a aporrear el piano, que resulta estar bastante desafinado. Aún así, suena bastante bien. Nuestro músico se acerca a él y toca unos acordes que el otro imita después, en una especie de competición de habilidad. Acaban tocando algo a la vez que suena más o menos decente.
Uno de los del pueblo, joven, castaño, con una camisa vieja y sucia, se levanta y se acerca a una de nuestras chicas, la contorsionista. Ella mira a las demás, que sonríen y le hacen gestos de ánimo. Ella toma la mano que el chico le ofrece y se ponen a bailar en el centro.
Por debajo del ruido de los tacones, las risas y los aplausos, escucho a Crowley.
—Hoy no será el día, Lee.
—Ya veremos, cuervo… ya veremos —responde el del guardapolvo marrón.
Dejo mi sitio y me dirijo hacia ellos, dispuesto a exigir explicaciones, pero una voz se alza por encima de la música y las risas.
En un rincón, una mesa no ha dejado de jugar a las cartas. Uno de los hombres se ha puesto en pie y señala a Bobby.
—Eh, tú. ¿Te enseñaron a jugar a cartas en los campos?
Se acabó la diversión. Todas las miradas se vuelven hacia nuestro cocinero, que hace un instante charlaba con la camarera sobre cómo condimentar el asado. El miedo le cruza el rostro, pero si no acepta, será —seremos— el hazmerreír del condado. Camina con dignidad y toma asiento.
—Veamos.
Me acerco a la mesa para observar la partida. Cuando haya problemas —estoy seguro de que se las arreglarán para que los haya— mi compañero no estará solo.
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Editado: 30.06.2026