A veces, Candace se queda unos instantes callada antes de pronunciar mi nombre, como si no lo recordase. Cuando eso sucede, me pasa lo mismo: no sé cómo llamarla. Dura poco, pero es una sensación extraña. Ahora acaba de suceder.
Es plena noche y descanso en mi litera. Dormimos varios en el vagón, que, a partir de cierta hora, es un concierto bastante insoportable de malos olores y ronquidos, pero no hay compartimentos individuales para todos, así que nos rotamos para que nos toque al menos una vez por semana.
Su perfume a flores recién cortadas me avisa de su llegada. No suelo dormir mucho, pero esta noche me ha resultado imposible de todos modos, después de la conversación fallida de hace un rato.
Viste su traje de cabalgar: una camisa, un chaleco y un pantalón bastante más ajustado de lo que cabría esperar, pero todavía no he escuchado a nadie quejarse de eso. Lleva una pistola en el cinturón. Eso significa problemas.
—¿Qué sucede? —pregunto en voz baja, para no despertar a nadie, como si eso fuese posible.
—Fuera te lo explico. Es importante.
Busco mi propia ropa en mi baúl y salgo de puntillas. Fuera hace frío, todavía queda para el amanecer y me apresuro para ir vistiendome mientras ella me habla en voz baja.
—Eh… —empieza a decir—. Dieter, la caja ha desaparecido. No está en su sitio.
—Pero… ¿No estaba guardada… chica? Candace.
—Sí, en teoría sí, en mi habitación —al ser menos, las mujeres sí tienen compartimento propio; ellas y las familias que tienen hijos—, pero alguien ha roto la ventana, se ha colado y se la ha llevado.
—¿Y tú dónde estabas?
—Hablando con Anne. Creo que te imaginas de qué.
No dice nada más y me tiende el arco. No el sencillo de pino que quiere parecer una terrible arma india, sino el bueno, el que ella me guarda en lugar seguro porque me costó medio sueldo, hecho de madera de naranjo, bastante más letal.
—¿Algún sospechoso? —pregunto.
—Se coló por la ventana. Es alguien que sabía que estaba abierta y que la caja estaba ahí.
—¿El tal Crowley? —Tal vez así consiga que me cuente algo sobre él.
—Imposible. Es uno de mis antiguos enemigos —responde con naturalidad.
Me detengo un instante. Me resulta complicado concebir que ella tenga enemigos, pero recuerdo cómo peleó ayer y me planteo cómo tienen que ser. Cómo tiene que ser Crowley.
Llegamos al vagón. Está justo al lado del de Anne. Aguzo el oído y la oigo respirar con pesadez. Duerme. Me aseguro de que su ventana está bien cerrada.
—¿Qué ven tus ojos de elfo? —suelta ella.
—¿Mis ojos de qué? —no estoy muy seguro de lo que me ha dicho.
—Nada, es un chiste privado —se justifica, pero le noto un ligero quiebre en la voz.
Observo alrededor. La ventana no ha sido forzada, pero tampoco está muy levantada: hay que ser una persona o muy delgada o muy ágil para entrar por ahí. Algo así como la contorsionista. Pero sé que ella no está pasando la noche en el circo… Fue la que mejor parte se llevó de la expedición de ayer. Me acuclillo para analizar el suelo. Huellas de zapato agujereado. Pequeñas, pero no infantiles. ¿Una mujer con calzado de hombre? Veo con claridad cómo se acercan y cómo se alejan. El punto desde donde subió hacia el interior. Demasiado descuido para ser real. Examino el alféizar. Hay una cuerda rota sobre él. Rota no, roída.
—¿Qué es esta cuerda? —pregunto a mi compañera, que acaba de volver con un candil de aceite.
—Mi modesto sistema de seguridad… Si cortas la cuerda, cae una campana. Así de sencillo. Pero si la roes y la dejas ceder poco a poco… la campana no cae desde tan alto. Nunca imaginé que alguien pensaría en eso… Porque para saberlo, debes haber estado dentro de mi habitación… Y ya ni recuerdo la última vez que no dormí sola.
Vuelvo la cara hacia su rostro perfecto, su cuerpo perfecto, su sonrisa que casi nunca llega a irse del todo. Caigo en la cuenta de que no le he conocido pretendientes, de que cuando vamos a los salones la miran, pero no se le acerca nadie, en realidad. En estos momentos, me parece pequeñita, con su metro setenta.
—Por que quieres —digo por decir. Igual he metido la pata.
—Porque quise, Dieter, porque quise. Pero no estamos hablando de eso ahora. Sigue, por favor.
Examino la cuerda con cuidado. Busco una parte más o menos limpia y me la llevo a la boca. Está bastante prensada. Se la tiendo a ella.
—Esto… —mi voz ya empieza a disculparse antes de acabar—. ¿Podrías roer la cuerda?
Me mira boquiabierta. Veo que sus ojos se han humedecido, pero coge lo que le ofrezco y hace lo que le pido.
—Está durísimo. Se necesitaría un buen rato para cortar esto con los dientes. A no ser…
—A no ser que tus dientes estén preparados para eso —musito mirando al suelo—. Esto cada vez se está poniendo más raro. Al menos tenemos huellas. ¿Las seguimos?
Empezamos a caminar. El rastro es reciente y no es difícil deshacer el camino que hizo el ladrón. Lleva a la loma donde el otro día vi a Lee vigilándonos. ¿Cuánto hace de eso? ¿Estará relacionado?
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Editado: 30.06.2026