Todo está oscuro

No hay tumba

Los atacantes empiezan a desplegarse. Van en silencio, caminando despacio, preparados para disparar, mirando a uno y otro lado. Sería algo normal si no fuese porque quieren cazar a una mujer y a sus hijos. Aquí hay algo más.

Me fijo en las antorchas: como caiga una cerca, estamos perdidos. Este edificio es de madera vieja y seca, y hay paja y heno por todas partes. Ardería en unos minutos y moriríamos abrasados en unos minutos.

Unos cuantos van hacia la entrada: será para abatir a quien salga huyendo del fuego. Del resto, varios se quedan por el lateral donde estoy yo. Los demás rodean el granero por el otro lado, incluido uno de los portadores del fuego. Quieren usar a la familia como patitos de feria. Tenso el arco de pura rabia. No sé qué o quiénes son estas… personas, pero nadie merece morir así, como… como ratas.

Si no saben que estamos aquí, tenemos alguna ventaja todavía, pero tenemos que escapar antes de que todo arda y no tengo ni idea de cómo hacerlo. Espero que a Candace se le haya ocurrido algo, pero tampoco sé como me la va a explicar sin revelar nuestra posición. Busco entre los que puedo ver al tal Lee, pero no parece estar por aquí, aunque la ropa de los pistoleros sea casi idéntica a la que le he visto usar, como si fuese una especie de uniforme.

El cuervo grazna y varios vuelven la vista hacia él, apuntando con sus armas. El que lleva la antorcha también lo hace: busca una amenaza por instinto. El animal vuelve a alzar el vuelo y pasa por encima de ellos. Uno levanta la pistola hacia él, pero el que tiene al lado le chista y no llega a disparar. El ave da la vuelta y se dirige a los restos de la casa.

Es mi momento. Estiro de la cuerda, apunto con cuidado a la mano del hombre, contengo la respiración. A esta distancia es demasiado difícil acertar, incluso para mí. Debo esperar a que se acerque un poco más, o habré desperdiciado una flecha.

Los hombres van parapetándose detrás de algunos toneles y cajas que hay desperdigadas por el suelo, apoyándose para tener mejor tiro. Mi objetivo se ha detenido un momento, ha inspirado y ha empezado a caminar con cuidado, con los ojos fijos en los ventanucos de abajo. No parece estar muy seguro de lo que está haciendo. ¿Qué les da tanto miedo?

Se pone a tiro, al fin. Lo observo: lleva una pistola al cinto y una escopeta a la espalda. Si le inutilizo la mano, no podrá disparar; eso debería ser suficiente. Apunto a su pecho. Ahora la flecha sería letal: moriría sin saber qué ha pasado y evitaríamos una potencial amenaza más adelante. Esta gente suele ser bastante vengativa cuando se trata de ellos mismos. También le puedo hacer caer con un disparo a la rodilla. Lo importante es hacerlo pronto, antes de que alcance las primeras acumulaciones de paja.

Detrás de mí, uno de los niños rompe a llorar y todos los asaltantes, incluido el de la antorcha, alzan la vista hacia donde estoy asomado. Me tengo que esconder, apretándome contra la pared. El niño está llamando a su hermanita a gritos y su madre pelea por contenerlo para que no eche a correr. Los otros me miran, muy serios, muy quietos. Les sonrío.

He perdido unos segundos preciosos, así que he de ser rápido. Preparo de nuevo la flecha, me expongo unos instantes y disparo hacia la mano del que lleva el fuego; sostiene la pistola en la otra y apunta hacia mi posición. Dispara y he de volver a ocultarme.

Escucho una maldición y una descarga de balas que agujerean la pared cerca de mí. Al menos parece que he acertado, pero saben dónde estoy. Agazapado, me muevo a otra abertura y echo una ojeada. He acertado en la propia antorcha, que ha caído al suelo. Algo es algo. Otra andanada de disparos golpea el lugar donde estaba antes.

Abajo suena un tiro. Candace ha entrado en acción desde el otro lado. Le contesta el estruendo de varias armas a la vez. Mi cuerpo se pone rígido y se me corta la respiración. Ella vuelve a usar su pistola. Ha sobrevivido. Recupero la movilidad y vuelvo a asomarme.

El tipo ha recogido la antorcha y se está acercando. Un par de metros más y no tendré ángulo. Lanzo la flecha. Se le clava en un hombro. Se retuerce, pero sigue avanzando. Algunos de sus compañeros disparan hacia mi posición y yo me arrojo al suelo mientras saltan las astillas. Repto hacia donde estaba antes, pero allí también surgen nuevos agujeros.

Abajo, mi compañera todavía resiste. Bien. Me levanto, preparo un proyectil y me dispongo a volver a intentar acabar con el tipo. Tengo que ser rápido, muy rápido.

Bueno, digan lo que digan, yo soy el maldito Indio Blanco. Soy la estrella del circo.

Atravieso corriendo la abertura a la vez que disparo. Esta vez el hombre cae, no sé si muerto, pero está en el suelo. El fuego de respuesta es mucho más intenso y atraviesa toda la pared. Estarán cubriendo a alguien para que recoja la antorcha, asegurándose de que yo no pueda volver a atacar.

La mujer está acurrucada, intentando abrazar a todos los niños a la vez. Varios lloran, otros tienen las manos en los oídos. Ella me mira y niega con la cabeza. Empieza a subir un ligero olor a humo. Maldición.

Escucho a Candace subir las escaleras. Aparece, por fin, con una mancha negra en la cara, pero con su perfume y su ropa intactos.

—¿Balas no tendrás, no? —pregunta.

Estoy negando con la cabeza cuando una voz grazna detrás de mí.

—No saldré sin ellas nunca más —dice. Me giro.




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