Todo está oscuro

Paz en el valle

Un mazazo helado en la cara me devuelve de repente a la realidad. Me incorporo de golpe, asustado. Tras la confusión inicial, me quito el agua de los ojos, me arreglo el pelo como puedo y busco a quien me ha arrojado el cubo.

Es Joseph, uno de los mozos más jóvenes del circo. Buena gente, pero no muy brillante. Le faltan muchos dientes y tiene la nariz partida. Supongo que no tuvo una infancia fácil. Escucho risas alrededor. Me han llevado junto al depósito y me han tirado un cubo a la cara. Es lo que solemos hacer, pero yo siempre he estado al otro lado. Los miro. Conozco a todos, pero… ¿Son especiales? ¿Son como yo?

Me pongo en pie, bastante despejado. Me uno a las risas generales y les agradezco el gesto. Me disculpo diciendo que necesito un baño entero. Alguien susurra que por supuesto, que solo me he bañado cuatro días seguidos, pero se retiran a sus quehaceres. De todos modos, no me siento muy seguro y no me quito la ropa interior hasta que no me meto en la tina. Me sumerjo y cierro los ojos. Las imágenes de lo acontecido no paran de darme vueltas en la mente y ni así desaparecen.

Cuando saco la cabeza, Candace está apoyada en un lateral, con mirada divertida. Yo no sé dónde meterme. Mi primer pensamiento es volver a sumergirme, pero no creo que sirva.

—Tenemos que hablar —me dice. No sonríe.

—No es que no me guste hablar contigo —respondo con un gesto forzado—, pero ahora estoy… en un momento íntimo, por si no te habías dado cuenta.

—No estaría aquí si no fuera importante. Muy importante. Estamos jodidos, muy jodidos.

—¿Has dicho un taco? Sí que tenemos que estar mal.

—La caja… La caja no solo contenía la recaudación, que, bueno… tampoco es que nos quedara mucho tras la compra de la mañana. Eso no es grave. Dentro también están todos los papeles del circo: todos los permisos, los contratos, todo lo que hace falta para que esto siga adelante. Sin eso, el circo desaparece. Y si desaparece…

Trago saliva y siento cómo la sangre abandona mi rostro. Inspiro. Suspiro. Vuelvo a sumergirme unos momentos.

—Si desaparece —contesto—, cada uno por su lado, y será más fácil cazarnos… ¿no?

Ella asiente, clavándome los ojos.

—De momento, la siguiente función está asegurada. Estaba ya todo contratado y no tiene por qué pasar nada, pero más allá no podremos seguir. Crowley ha ido al pueblo de al lado a ver si da con Lee, por si la tiene él, pero vete a saber qué ha pasado.

—Cuenta conmigo para lo que sea.

—Lo sé, por eso te lo he dicho solo a ti. —Me da un beso en la mejilla y se da la vuelta. Lástima que no me haya visto nadie, se morirían de envidia.

Cuando está a punto de salir de mi campo de visión, le grito:

—¡Chica! —ella da un respingo y se vuelve—. ¡Candace, quiero decir, una cosa! ¿Ella es… especial?

—Malditamente especial. Desearía serlo tanto como ella —me dedica su sonrisa más perfecta, con sus dientes blancos— y la mitad de afortunada.

Me guiña un ojo y se marcha, dejándome mirando al lugar donde estaba, con cara de pasmado y la boca abierta.

Salgo, me seco un poco y voy a mi baúl a ponerme ropa limpia. Después vago un poco sin saber qué hacer. Ya no queda mucho por recoger, y vamos con retraso. El siguiente lugar es Pendleton, la ciudad más importante de la zona, y la idea era montar pronto para dar una vuelta, colgar carteles y hacernos algo de publicidad.

No veo a nadie preparándose para partir pronto; supongo que Candace está esperando noticias de la caja y ha retrasado la salida, así que doy un pequeño paseo hacia una charca cercana que tiene un par de álamos y algunos juncos. No es el bosque donde pasaba mi tiempo libre cuando vivía con los Becker, pero algo más verde que todo este polvo sí que es.

Conforme me acerco, escucho risas infantiles que no reconozco. No hay muchos niños en el circo y, al final, te sabes todos los nombres. Camino con más cautela, mientras giro la cabeza para agudizar el oído.

En la charca se oyen chapoteos y juegos. El agua es más indicada para refrescarse que para lavarse adecuadamente, aunque mis compañeros de trabajo no lo vean así, sin embargo, es ideal para pasar un rato de verdad.

Por debajo de todo ese ruido, escucho una voz adulta, femenina, dulce como ella sola, con una pátina de tristeza mal escondida.

—A veces las mamás tienen que hacer sacrificios —está diciendo Anne—. Aunque eso haga que no vea más a sus princesas. Los hacen por amor.

Conforme llego, veo a unos cuantos niños y niñas bañándose, jugando. No me hace falta contarlos para reconocerlos como los que hemos salvado hace un rato.

Anne está en la orilla, vestida con el traje más o menos blanco que usa para sitios así, peinando a la más pequeña, que está sentada entre sus rodillas. La chiquilla se pone tensa y mira hacia donde estoy yo. Mi compañera la imita y sonríe.

—Tranquila —dice—, es Dieter.

Me siento junto a ellas. La niña tiene el pelo de un color castaño indescriptible, los dientes demasiado largos, como los demás, los ojos demasiado separados, rojos, y enrojecidos de haber llorado. Le acaricio la mejilla.

—¿Cómo te llamas, princesa?

—Sunset. No soy una princesa, soy una… — Empieza a contestar.




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