Todo está oscuro

Canción de cuna de whisky

Entre unas cosas y otras, llegamos a Pendleton un día después de lo previsto, pero tenemos más o menos buenas noticias: Crowley se ha enterado de dónde se aloja Lee. Esta misma semana es el rodeo y piensa utilizarlo para reclutar más agentes para su causa.

Mientras los mozos se encargan de ir montando todo, los artistas nos ponemos nuestros uniformes y nos preparamos para ofrecer un desfile por la ciudad. No entiendo muy bien qué pinto yo ahí —no puedo ir tirando flechas—, pero llevo mi traje de indio de mentira e intento caminar de forma amenazante, justo delante de los músicos que tocan las piezas más alegres que conocen. Mientras tanto, no quito ojo de quién se mueve detrás de la gente que hace fila para vernos, tal y como he hablado con Candace. Ella hace lo mismo desde la cabecera, montada en su caballo, saludando con el sombrero en la mano, tan radiante como siempre.

Quien no ha venido es Anne. Ni siquiera ha desayunado con los demás. De todos modos, no suele hacerlo; le gusta estar presente cuando se monta el trapecio para asegurarse de que todo está perfecto y probarlo ella misma, para disgusto de los demás. Buddy y Terry también se han quedado, así que está bien protegida… aunque la he visto pelear y tampoco es que necesite mucha protección externa.

Voy localizando los sitios donde puede estar nuestro enemigo: el hotel, un par de salones, dos o tres prostíbulos; el banco, por si quiere vender algo; la oficina del sheriff, al que conviene tener contento, sobre todo en estos días de tanto ajetreo. Bajo algunos edificios veo ratas deslizarse en silencio. Me pregunto qué serán en realidad.

Al fin llegamos frente al juzgado. Allí se cruzan dos calles anchas: la principal que hemos recorrido y otra que lleva al lugar donde se celebra el rodeo.

Los músicos forman un semicírculo y hacen sonar sus instrumentos tan fuerte como pueden.

Frente a ellos, Dolly, Johnny y Willie, los malabaristas, prenden unas antorchas y empiezan a pasárselas con habilidad. A su alrededor comienzan a agolparse curiosos, momento que aprovechamos para repartir algunos pasquines. Las apagan en un cubo que tratan de recoger —sin ningún éxito— los payasos que les siguen. Las risas atraen todavía a más gente, que acaba formando un pasillo cuando Candace, de pie sobre su caballo, con las manos en jarras, se abre paso entre ellos y anuncia, con voz cantarina, que tendremos funciones hoy y mañana, que corran a por sus localidades. Todo el mundo aplaude y empieza a dispersarse. Casi todo el mundo.

Un par de tipos, vestidos con guardapolvos marrones, nos sostienen la mirada antes de darse la vuelta y meterse en la armería. Dirijo la vista a la taquillera, pero ella niega con disimulo. No es buena idea llamar la atención tan pronto, pero tendremos que estar alerta, muy alerta.

En el desfile de regreso llevo una flecha preparada y camino en apariencia amenazante, pero en realidad listo para disparar.

Supongo que ellos han pensado lo mismo y el regreso es tranquilo. Veo que hay gente a la que no conozco, hombres grandes que se pasean con camisas blancas y bombines entre mozos y artistas. Le pregunto a Buddy quiénes son y me contesta que en esas fechas la gente está un poco más impulsiva de lo común, así que ha reforzado la seguridad.

Sunset, con un trajecito viejo pero limpio, y sus hermanos juegan a pillarse con el resto de niños. Los observo un rato, con una cierta felicidad. Aquí nadie es diferente porque todos somos especiales. Ojalá algún día nadie tenga que esconderse en un circo para ser feliz.

Veo a Bobby acercarse por el rabillo del ojo. Va cargado con una olla y no viene directo hacia mí, pero estoy en su trayectoria y, si me ve así, va a preguntarme si me estoy planteando tener hijos propios, así que cojo una caja al azar del suelo y me dirijo hacia la carpa.

Dentro ya están esparciendo el serrín y su olor, unido al de la lona apolillada, me golpea por un momento. Dejo mi carga en el suelo y echo un vistazo. Compruebo que, desde el lugar donde se ponen los músicos, tendría un buen ángulo de tiro y que, desde la entrada de artistas, no me sería difícil saltar al entramado del trapecio; desde allí dominaría todo el recinto.

Me muerdo los labios y aprieto los puños. Estoy pensando en convertir esto en un campo de batalla y me asaltan las imágenes del público corriendo, intentando salvarse de una guerra que no entienden. Pero Sunset ha perdido a sus padres y a su hermana por lo mismo.

El señor Becker me pidió que me marchara, mientras su mujer lloraba en el salón, porque yo no parecía envejecer mientras el resto del mundo sí lo hacía y la gente empezaba a murmurar demasiado.

Una mano en el hombro me saca de mi ensimismamiento y me provoca un respingo y un gritito. Me llevo la mano al pecho con alivio al comprobar que es Terry.

—¿Estás bien? —me pregunta.

—Sí, solo estaba pensando en mis cosas.

—Estabas sollozando y diciendo “adiós, papá” —me coge con fuerza del brazo y me lo agita—. Pero una cosa: solo los valientes se atreven a llorar.

Continúa su camino y se asegura de que las gradas están bien sujetas. Cuando no lleva su ropa de jefe de pista, siempre tiene un destornillador en el bolsillo trasero del pantalón, por si debe arreglar algo. Me pregunto quién fue antes de llegar aquí. Lo llamo con un grito; se gira y le doy las gracias. Hace un gesto de no saber por qué y desaparece entre las telas.




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