Todo está oscuro

Estrella errante

Hicimos una pequeña ceremonia en el centro de la pista, todos con nuestros uniformes, en silencio. Terry dijo unas palabras y ofreció que alguien añadiera algo. Todos me miraron, pero no pude. Tenía un nudo en la garganta demasiado grande.

Después, cargamos el modesto ataúd en un carro y nos dirigimos al cementerio de la ciudad. La calle estaba repleta de gente jalonando el recorrido, con el sombrero apoyado en el pecho y la cabeza inclinada cuando pasábamos. Yo encabezaba la marcha, cabizbajo, y la cerraba Andrew, lamentándose con su armónica.

Vi por última vez a Crowley mientras el ataúd descendía. Nos observaba desde lejos, apoyado en un árbol. Después se transformó en cuervo y alzó el vuelo. Candace le saludó con la mano.

Aparte de recuperar nuestra caja, Crowley había acumulado pruebas suficientes contra Lee para que no saliera nunca de la cárcel. De todos modos, yo le había atravesado las manos y nunca volvería a ser capaz de disparar; apenas si podrá coger algo.

Desmontaron el circo, casi ni me permitían hacer nada y pasaba el tiempo jugando con Sunset. Cuidándola, como había prometido a Anne.

Al final, solo quedaba recoger sus cosas y entrar en su habitación. Le había dicho a Terry que me avisara de cuándo fueran a hacerlo. Tenía miedo de entrar solo, por lo que me pudiera pasar. Él y Bobby vinieron conmigo.

Era un lugar modesto, como todo en este circo. Un camastro, un baúl, un pequeño armario. Una mesita de noche, y sobre ella, una carpeta ajada. Me temblaban mucho las manos, pero conseguí abrirla. Estaba llena de imágenes del circo, de pasquines de publicidad, de papeles plegados con cuidado. De entre ellos sobresalía una foto. Era ella, mucho más joven, sujetando a una niña en brazos. Una niña que se le parecía mucho. Me senté. Abrí los papeles. Eran dibujos, dibujos infantiles en los que, escritos con letra torpe, decía “Te quiero mamá”.

Se lo mostré a mis compañeros, que negaron con la cabeza. No tenían ni idea de nada de eso. Todos ocultábamos algo. Ella también. Les pedí quedarme la foto y no se negaron.

Lo último era un papel más viejo que los demás, tan amarillento que temí romperlo al tocarlo. Lo desplegué con cuidado.

Era mi rostro. Estaba ahí, dibujado. Y no era de ahora; debía tener demasiados años. Abajo había una fecha que recordaba bastante bien. El día que los Becker celebraban mi cumpleaños. El día que me encontraron. Volví a plegarlo con cuidado. También me lo quedaría.

Escuché un golpe. Terry acababa de dar un puñetazo a la pared. Bobby se acercó a él y le abrazó.

—Vámonos de aquí —le dijo mientras empezaba a sollozar—. Vámonos a San Francisco, a la ciudad, a la luz. Vámonos de aquí.

Y nos fuimos, pero no todos. O al menos, no todos en la misma dirección.

Íbamos a partir al día siguiente y, tras la cena, quise alejarme un poco. Necesitaba ver un último atardecer en la que fue mi tierra adoptiva durante tanto tiempo. Candace se sentó junto a mí, en silencio.

—No me gustaría que me olvidaras —dijo al fin.

—Eso sería un crimen en prácticamente todos los estados.

—No sé si un crimen, pero sí una condena. Mi condena, Dieter. Pero hay alguien que no puede olvidarme porque yo no puedo olvidarla a ella. Me voy, Dieter. Me voy a buscarla. No quisiera…

Se calló de repente, pero supe cómo terminaba la frase. No quisiera no volver a verla. No quisiera que se fuera sin saber lo que siento. No quisiera ser como tú. Nos miramos y asentí.

Ella se levantó; su caballo esperaba cerca. Montó con su agilidad de siempre y se giró hacia mí, sonriendo.

—¿Y el circo? —pregunté—. ¿Y toda esta gente?

—Tienen ya quien cuide de ellos, señor caballero.

Me guiñó un ojo, me lanzó un beso y espoleó al animal. Los seguí con la vista hasta que se fundieron con el horizonte.




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