Dejo escapar un leve suspiro, y me doy cuenta de algo de lo que no me había percatado antes.
Estoy cansada.
Supongo que por estar de pie y caminando de un lado al otro de la tienda, porque en toda la mañana, no me he sentado más que para admirar el piano de cola en un banquillo que había en frente del instrumento.
Del resto, nada, y tampoco he comido, tan solo mordisqueé una tostada con un huevo frito, y me bebí una taza gigante de café instantáneo, bien cargado, aunque sin azúcar, todo antes de venir a este lugar.z.
Con razón mi estómago gruñe…
Creo que por ahora, por mi bien, y por la cordura de la pobre señora Glenis, el piano tendrá que esperar, a fin de cuentas no pierdo nada con que me asesoren, y podría dar una vuelta por ahí e ir a explorar las otras tiendas mientras tanto —después de que almuerce, claro—.
He visto en una revista de moda esta mañana antes de venir para acá que había ropa en oferta, y me interesa invertir en algunos vestidos florales para mí.
Después de todo, ser profesora de kínder me ha dado ciertas ventajas, como la solvencia económica, y vivir sola, por ejemplo.
También, por supuesto, el poder comprarme algún que otro capricho, —como este piano, por supuesto—.
—Claro, doña. Vendré después del almuerzo entonces —le respondo, retirando las manos del instrumento—. Y perdone que la haya hecho perder como tres horas de su tiempo solo para terminar no eligiendo nada.
¿Tres? ¡Fueron como cuatro!
Al observar mi expresión algo apenada, ella solo sonríe, y niega con la cabeza, con sus mechones rojizos bailando ante mis ojos y pareciendo más brillantes y encendidos debido a la luz natural que entra por los altos ventanales del almacén.
—Ah, no se preocupe, señorita Gladis. No fue ninguna molestia atenderla —me responde, y aparta un mechón de cabello lejos de su rostro—. Al contrario, es bueno ver a una joven que pone tanto cuidado y bastante minuciosidad a la hora de elegir su instrumento, porque muchos muchachos de su edad escogen el primero que ven y luego se quejan de que no les rinden en las clases más avanzadas, o se olvidan de él y lo dejan de lado acumulando polvo.
—Eso es verdad, pero yo no seré de esos casos —le aseguro, y ella amplía su sonrisa, mientras saca su almuerzo de su lonchera
—Me alegro de que esté tan firme, se nota que además de educada usted también es muy disciplinada, y aplicada en todo lo que hace. ¡No cualquiera se queda cuatro horas y media examinando los instrumentos para ver cuál elige!
Me sonrojo por su comentario, y ella suelta una risita suave.
—Gra… gracias por el halago —tartamudeo, sintiendo el calor de mis mejillas, y ella, mientras desempaca un sándwich de atún y una ensalada de papa con zanahoria de unos envases de plástico recubiertos con papel aluminio, —ver toda esa comida tan deliciosa me está dando un hambre voraz—, solo asiente en mi dirección, regalándome otra sonrisa de las suyas.
Esta vendedora es muy risueña…
—Ya sé, y me agrada, algunos vendedores son demasiado antipáticos.
¿Como cierto personaje?
—Ni lo menciones…
Y, como si mi conciencia hubiese hecho magia con solo referirse a él, aunque no lo haya hecho utilizando ningún nombre en específico, luego de despedirme de la amable señora soy totalmente ignorante de lo que está a punto de suceder.
Mientras voy hacia la salida disponiéndome a buscar algún sitio donde almorzar en el centro comercial para matar el rato hasta que sean las dos para venir de nuevo, me choco de frente con alguien que, al parecer, venía en mi misma dirección…
Y lo que es peor.
Como llevo tacones de aguja, —solo a mí se me ocurre salir con ellos hoy y encima estando en un piso tan resbaladizo—, termino cayendo encima de la persona con la que acabo de estrellarme —la cual, me he dado cuenta, es un hombre—, y ambos terminamos casi en el suelo, bueno, él, porque yo he aterrizado sobre su pecho y aquel desconocido instintivamente me abraza por la cintura, algo que me hace estremecer, y reaccionar de golpe.
Inhalando y exhalando varias veces para recuperar el aire tras la casi estrellada del siglo, me aparto de aquel personaje bruscamente, y al ver sus ojos oscuros —que son muy similares a los míos, aunque demasiado inexpresivos para mi gusto—, me doy cuenta de que esa cara me resulta fastidiosamente conocida.
—Deberías tener más cuidado, niña —su voz de barítono, combinada con su expresión seria, y algo fría, me permiten constatar con quién me he topado.
—No puede ser… accidentalmente lo invoqué.
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Como cuando te chocas con alguien a quien no esperas ver... jajajajaj
Espero les haya gustado, es hecho con todo el cariño.
Un abrazo grande...
Mafe Magri.
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Editado: 18.08.2026