Todo Lo Que Fui

NO ME DEJES SOLA

La maleta estaba junto a la puerta.
Eso fue lo primero que vi al abrir los ojos.
Y con eso bastó para entenderlo todo.
Matteo se iba.
Otra vez.

Me levanté de golpe, con el corazón desbocado, y salí al pasillo aún descalza.

—¿Te vas? —pregunté, y mi voz ya venía rota.

Matteo estaba cerrando el cierre de la maleta.
No volteó de inmediato.

—Tengo que volver a la universidad.

—¿Después de todo esto? —sentí cómo se me quebraba la garganta—. ¿Después de lo que dijiste anoche?

Entonces sí me miró.

—Justo por eso tengo que irme.

—No —negué con la cabeza—. No puedes hacer esto ahora.

—No tengo opción.

—¡Siempre tienes opción! —grité—. ¡La tuviste cuando te fuiste la primera vez!

El silencio se tensó entre los dos como un hilo a punto de romperse.

—No uses eso —dijo él, en voz baja.

—¿Y por qué no? —mis ojos ardían—. ¿Sabes lo que es que prometan que se van a quedar… y aun así se vayan?
Apretó los puños.

—Me estoy quedando de otra forma.

—No es lo mismo.

Vi a Thom y a Alessia al fondo del pasillo.
Inquietos.
Culpables.
Asustados.
Matteo se volvió hacia ellos.

—Si algo cambia… si se apaga más… me llaman de inmediato —dijo con una firmeza que me heló—. A cualquier hora.

—Lo prometemos —dijo Alessia, con los ojos rojos.

—No la pierdan de vista —añadió—. Ni siquiera cuando diga que está bien.

Los miré a los tres.
Cercándome.

—¿Ya hicieron un comité para vigilarme también?

Nadie respondió.
Porque sí.
Lo habían hecho.

—¿Entonces ese es tu plan? —escupí—. ¿Irte y dejarles la carga?

—No te estoy abandonando.

—¡Claro que sí! —grité—. Me amenazas con encerrarme y luego te largas como si nada.

—¡Eso no es cierto!

—¡Sí lo es!

—¡Lo hago porque no sé cómo salvarte! —gritó él al fin.

Las palabras quedaron suspendidas.
Crudas.
Desnudas.
Sentí un nudo cerrarme el pecho.

—Nunca quise que me salvaras —susurré—. Solo quería que te quedaras.

Eso fue lo que más le dolió.
Lo vi.
Ahí mismo.
La despedida fue torpe.
Sin abrazos largos.
Sin palabras bonitas.
Solo miradas llenas de todo lo que no supimos decir.

—No te pierdas —me dijo antes de irse.

—No te mientas —respondí.

La puerta se cerró.
Y el silencio quedó gritando.
Ese mismo día, Thom y Alessia empezaron a rodearme más.
Demasiado.

—No vas a volver sola a tu habitación —dijo Alessia.

—¿Desde cuándo tengo guardaespaldas?

—Desde que tu hermano entró en pánico —respondió Thom.

—Desde que ustedes me traicionaron.
Eso dolió.

—Desde que tenemos miedo de perderte —dijo él, duro.

—Pues acostúmbrense.

Las discusiones se volvieron diarias.
Por la comida.
Por las pastillas.
Por las ausencias.
Por los silencios.

—Come.

—No quiero.

—Tienes que hacerlo.

—No soy tu responsabilidad.

—Sí lo eres.

Los gritos reemplazaron a las súplicas.
Y eso… eso nos cansó a todos.
Una noche los escuché sin querer.
Del otro lado de la pared.

—Tenemos que hacer algo ya —decía Alessia, al borde del llanto.

—Lo sé —respondió Thom—. Pero si la presionamos más, se nos va a romper.

—¿Y si no hacemos nada?

—Entonces se nos va a desaparecer.
Silencio.

—Tenemos que rescatarla —susurró ella—. Aunque nos odie.

Yo me dejé caer contra la pared.
Escuché la palabra rescatar
como si hablaran de alguien que ya no estaba.
Sonreí sin ganas.

Y pensé, con una calma que daba miedo:
No entienden…
no es que me esté yendo…
es que ya me fui hace tiempo.




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