Todo Lo Que Fui

EL FRÍO TAMBIÉN QUEMA

EL FRÍO QUE TAMBIÉN QUEMA
Thom cambió sin que nadie pudiera decir exactamente cuándo.
No fue de golpe.
No fue una explosión.
Fue una suma lenta de silencios.
Miradas que duraban más.
Palabras que duraban menos.
Antes era una presencia tranquila.
Una luz discreta.
Ahora era vigilancia.
No se separaba de mí.
Me esperaba para comer.
Me acompañaba a clases.
Me llevaba de regreso a la habitación.
Siempre dos pasos detrás.
Siempre atento.
Siempre tenso.
—No necesito escolta —le dije un día, cansada.
—No es una escolta —respondió—. Es un seguro.
Esa palabra me recorrió la piel como hielo.
Thom ya no sonreía igual.
Ya no hacía bromas.
Ya no dejaba pasar nada.
—No comiste anoche.
—Sí lo hice.
—No es cierto.
—¿Me estabas contando los bocados?
—Sí.
Bajé la mirada.
—Esto ya no es cuidarme… es controlarme.
—Prefiero que me odies a que te vayas.
Otra vez esa frase.
Otra vez ese dilema imposible.
Un día, en la cafetería, empujé el plato apenas un poco.
Thom apoyó la mano sobre la mesa.
—Termina.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No hoy.
Se inclinó hacia mí, bajando la voz:
—Si no comes, llamo a Matteo.
El mundo se me vino encima.
—No… —susurré—. No hagas eso.
—Entonces come.
Tragué.
Sin hambre.
Sin ganas.
Con culpa.
Ya no discutía.
Obedecía.
Por miedo.
Por cansancio.
Por no perder lo poco que aún sentía mío.
Pero cada orden,
cada amenaza disfrazada de cuidado,
cada decisión que ya no tomaba yo…
me deshacía un poco más por dentro.
Alessia lo notó.
—Estás siendo muy duro —le dijo una noche.
—Estoy siendo lo único que la mantiene aquí.
—No puedes salvar a alguien rompiéndolo.
—¿Y tú qué propones? —su voz temblaba—. ¿Mirarla apagarse sin hacer nada?
Alessia no respondió.
Porque tenía el mismo miedo.
Yo empecé a sentirme culpable de todo.
De la dureza de Thom.
De las lágrimas de Alessia.
De la preocupación de Matteo a kilómetros de distancia.
De existir.
Caminaba por los pasillos de Blackmoor sintiendo que mi sola presencia pesaba demasiado.
Sonreía en las fiestas.
Brillaba para todos.
Y me odiaba por no sentirme agradecida de seguir viva.
Una noche, Thom me acompañó hasta mi habitación en completo silencio.
Antes de que entrara, dijo:
—No te pierdas.
Lo miré.
—No me aprietes tanto —susurré—… porque no me estás sosteniendo.
No respondió.
Porque no sabía cómo soltarme sin perderme.
Cerré la puerta.
Me dejé caer contra ella.
Me tapé la boca para no llorar.
Y con una culpa espesa, dolorosa, pensé:
Todos me están reteniendo…
y aun así siento que ya estoy en camino a irme.




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