La fiesta era demasiado brillante.
Luces blancas estallando en las paredes.
Copas chocando.
Risas altas.
Música que hacía vibrar el suelo.
Blackmoor celebraba algo que ya no me importaba.
Había prometido no beber.
Había prometido quedarme cerca de Alessia.
Había prometido mirar a Thom a los ojos.
No cumplí ninguna.
Primero fue una copa.
Para no pensar.
Para no sentir.
Luego otra.
Y otra más.
Después, cosas que no pregunté qué eran.
Solo acepté.
Porque esa noche no quería estar presente en mi propio cuerpo.
Thom me vio desde el otro lado del salón.
Lo supe antes de que llegara a mí.
Algo en su mirada se tensó.
Mi risa era demasiado alta.
Mi equilibrio, demasiado frágil.
Mi cabeza… en otro lugar.
Cruzó la multitud y me tomó del brazo.
—Vittoria. Ya basta.
Me solté de golpe.
—No me toques así.
—No estás bien.
—Nunca estoy bien, Thom —reí—. ¿No te has dado cuenta?
—Estás pasando un límite.
—¿Y a ti qué? —dije—. ¿Ahora eres mi dueño?
Lo vi romperse un poco.
—Solo intento cuidarte.
—No. Intentas controlarme.
Alessia apareció entre nosotros.
—Tori, vámonos —me pidió—. Por favor.
—No —negué—. Déjenme en paz.
—Estás muy mal —insistió—. Mírate.
La miré fijo.
—¿Sabes qué es estar mal de verdad? —mi voz tembló—. Estar viva todos los días sin quererlo.
El silencio cayó como una bomba.
Thom apretó la mandíbula.
—Si no te vas ahora, llamo a Matteo.
Lo miré como si me hubiera atravesado el pecho.
—Hazlo.
Y me giré.
Me mezclé entre la gente.
Entre cuerpos ajenos.
Entre música que ya no sentía.
Desaparecí.
El mensaje salió solo, después supe:
“Tiene que venir ahora.”
Cuando Matteo llegó, la fiesta ya estaba rota.
Gritos.
Susurros.
Un círculo de gente mirando.
Y yo, en medio.
Sentada en el suelo.
Riéndome y llorando al mismo tiempo.
—Tori —dijo, arrodillándose frente a mí—. Vámonos.
Lo miré confundida.
—Tú no deberías estar aquí.
—Sí —respondió—. Siempre debí estar.
Me sostuvo el rostro con cuidado.
—Vamos con los especialistas. Ahora.
Negué.
—No me lleves.
—Es para ayudarte.
—Es para encerrarme.
—Es para salvarte.
—¡Yo no quiero que me salven!
Lo grité.
Con todo el aire que me quedaba.
Todos escucharon.
Thom estaba pálido.
Alessia lloraba.
Matteo temblaba de rabia y miedo.
—Te estás matando —dijo él—. ¡Te estás yendo delante de mí otra vez!
Lo miré con una tristeza que ni yo entendía.
—Yo ya me fui cuando tú te fuiste.
Vi cómo se le quebraba algo por dentro.
Intentó levantarme.
—No —grité—. No me toques.
—Tori…
—No tienes derecho.
Me solté.
Tropecé.
Caí.
Me levanté riendo.
—¿Ven? —dije, extendiendo los brazos—. Así soy yo. Esto soy.
Alessia se acercó, llorando.
—No te vayas así… por favor…
La miré con culpa.
—Tú hiciste todo bien… yo soy lo que está mal.
Matteo volvió a intentar sujetarme.
—No voy a perderte otra vez.
Lo miré, agotada.
—Entonces suéltame —susurré—. Porque mientras más me aprietas… más ganas tengo de desaparecer.
Y corrí.
Corrí entre la gente.
Corrí hacia la salida.
Corrí sin ver nada.
Escuché a Thom gritar mi nombre.
Una vez.
Dos.
Más.
Pero el ruido se lo tragó todo.
Cuando salieron detrás de mí…
yo ya no estaba.
La música seguía sonando dentro.
Como si nada hubiera pasado.
Pero para ellos…
y para mí, aunque aún no lo sabían…
esa noche, nadie llegó a tiempo.