Mi habitación olía a café frío, a medicamentos, a cansancio.
Las cortinas seguían cerradas aunque ya era mediodía.
La luz apenas se colaba por las rendijas, como si incluso el sol dudara en entrar.
Yo estaba sentada en la cama, envuelta en una sudadera que no era mía.
Las manos me temblaban.
El cuerpo me pesaba como si no fuera del todo mío.
La mirada… perdida.
Matteo estaba en la silla frente a mí.
Alessia, en el suelo, abrazándose las piernas.
Thom… de pie junto a la pared.
Sin hablar.
Todos agotados.
Todos rotos.
—No recuerdas todo, ¿verdad? —preguntó Alessia con cuidado.
Negué despacio.
—Solo… partes.
—Eso fue suficiente —susurró.
El silencio se volvió espeso.
Matteo se pasó las manos por el rostro, como si aún llevara la noche encima.
—Pudiste no despertar hoy.
Bajé la mirada.
—Lo siento…
Mi voz salió tan pequeña que casi no existió.
—No —dijo él, firme pero cansado—. No me pidas perdón por estar mal. Pídenos perdón si vuelves a intentar desaparecer sin decir nada.
Eso me rompió.
Lloré sin ruido.
Sin drama.
Lágrimas lentas, una tras otra, como si ya no tuviera fuerzas ni para eso.
—Estamos aquí —dijo Alessia con la voz quebrada—. Aunque nos grites, aunque nos odies, aunque huyas… seguimos aquí.
Apreté la sudadera contra mi pecho.
—No sé por qué…
—Porque te queremos —respondió—. Incluso cuando tú no puedes.
Matteo se inclinó hacia mí.
—Esto ya no es negociable, Tori. No es una amenaza. Es un límite.
Levanté la vista.
—¿Me vas a llevar?
—Voy a acompañarte —corrigió—. A un lugar donde no tengas que sostenerte sola.
Respiré hondo.
No discutí.
Eso pareció asustarlos más que cualquier grito.
Thom no había dicho nada.
Seguía lejos.
Demasiado lejos.
Alessia lo miró.
—Di algo…
Él tardó en moverse.
Se acercó apenas un poco.
Sin tocarme.
—No tengo nada nuevo que decir —dijo al final—. Ya lo dije todo anoche.
Lo miré.
—¿Y qué fue lo que dijiste?
Sostuvo mi mirada.
Firme.
Cansado.
Vacío.
—Que no puedo salvarte.
Eso dolió más que cualquier reproche.
—Pero tampoco puedo dejar que te pierdas.
Y volvió a alejarse.
Como si acercarse más fuera peligroso.
Matteo se levantó.
—Descansa —me dijo—. Hoy no hacemos nada más que respirar.
Asentí.
Alessia llegó a la puerta y antes de salir se volvió hacia mí.
—Aún estás aquí, Tori. No lo olvides.
La puerta se cerró.
Me quedé sola.
Por fin sola.
Me acosté de lado, mirando la pared.
Pensé en la fiesta.
En los gritos.
En la carrera.
En los ojos de Thom cuando dejó de intentar alcanzarme.
Y con una calma que me dio miedo, pensé:
Sobreviví…
pero ya no sé a qué.