Todo Lo Que Fui

HOSPITAL:LA PALABRA QUE NADIE QUIERE OIR

Las luces del hospital eran demasiado blancas.
Demasiado limpias.
Demasiado reales.

Yo no estaba en la camilla.
No estaba en ninguna parte concreta.
Solo… estaba.

Thom estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared.
Las manos abiertas.
Manchadas de nada.
Y aun así cargadas de todo.
Nunca lo había visto tan pequeño.
Tan vacío.
Como si sostenerme hubiera sido lo último que lo mantenía en pie.

Alessia lloraba.
No como en las películas.
No con gritos.
Lloraba con el cuerpo encogido, como alguien que ya no tiene energía ni para romperse del todo.
Ese llanto me dolió más que cualquier cosa.
Porque yo sabía exactamente cómo sonaba rendirse.

Matteo caminaba de un lado a otro.
Una y otra vez.
Mirando una puerta cerrada como si pudiera obligarla a abrirse solo con fe.
Yo quise decirle que parara.
Que ya no había nada que pudiera arreglar.
Que no era su culpa.
Pero no me escuchaban.
Nadie hablaba.

Porque hablar era ponerle forma a lo que nadie quería aceptar.

Entonces el médico salió.

No recuerdo sus palabras exactas.
No importa.

El rostro fue suficiente.

—Lo siento. Hicimos todo lo posible.

Ahí se rompió el mundo.
Alessia cayó de rodillas.
Su llanto dejó de ser sonido y se volvió espasmo.

Thom cerró los ojos.
Como si el cuerpo, por fin, le cobrara cada noche sin dormir.
Cada vigilancia.
Cada “no te pierdas”.

Matteo tardó un poco más.
—No… —dijo—. No puede ser.
Esa frase.
La conozco.
Es la última puerta que uno intenta cerrar antes de que la realidad entre a golpes.
Pero sí podía ser.
Y lo era.

Yo ya no estaba.
Y mientras ellos se rompían en ese pasillo frío,
entendí algo con una claridad cruel:
No quise morir.
Quise dejar de doler.
Pero el dolor…
solo cambió de cuerpo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.