El cielo estaba gris.
No dramático.
No furioso.
Solo cansado.
Como yo.
Desde aquí lo vi todo.
No desde un lugar físico, sino desde ese borde extraño donde ya no duele el cuerpo, pero duele todo lo demás.
Mi ataúd era blanco.
Demasiado blanco para alguien que pasó tanto tiempo oscureciéndose por dentro.
Demasiado limpio para una historia tan llena de grietas.
Alessia no se separó ni un segundo.
Sus manos temblaban sobre la madera, como si todavía pudiera sentirme.
Como si tocar el ataúd fuera una forma desesperada de decir no te vayas.
Yo quise decirle que no se culpara.
Que no fue ella.
Que nunca fue ella.
Thom permaneció de pie.
Recto.
Callado.
Sin llorar.
Ese silencio suyo gritaba más que cualquier sollozo.
Era el mismo silencio con el que intentó sostenerme cuando ya no sabía cómo hacerlo.
Matteo estaba al frente.
Mi hermano.
El que siempre creyó que llegar tarde era lo mismo que no amar suficiente.
Cuando habló, su voz apenas se sostuvo.
—Mi hermana aprendió a ser fuerte antes de aprender a ser niña…
y eso fue lo que la cansó.
Ahí sentí algo quebrarse.
No en mí.
En ellos.
—Si alguien cree que el silencio no mata…
hoy pueden ver que sí.
Nadie respiró.
Las flores cubrieron lo que ya no volvía.
Y yo entendí, con una claridad dolorosa, que el mundo sigue incluso cuando alguien se detiene para siempre.
Después vino el día siguiente.
Ese día extraño en el que todo continúa, pero nada tiene sentido.
El aire pesaba distinto.
Como si respirar fuera una falta de respeto.
Como si vivir fuera una traición involuntaria.
Y entonces empezaron las culpas.
Primero, cómo me miraron.
—“Se veía tan feliz…”
—“Siempre sonreía…”
—“Siempre estaba en fiestas…”
Yo también fui esa versión.
Yo también me convencí de que eso era vivir.
Ahora entiendo que confundieron mi auxilio con brillo.
Que me estaba apagando frente a ellos
y lo llamaron luz.
Me vistieron de fortaleza
cuando apenas estaba sobreviviendo.
Luego, Matteo.
No miró a nadie.
Me miró a mí.
O a lo que quedaba de mí.
—Yo debía protegerla.
Yo era el hermano mayor.
Yo debía llegar antes.
Se culpó por haberse ido.
Por haber confiado.
Por haber pensado que el amor a distancia también contaba como presencia.
—La dejé sola.
Yo quise gritarle que no.
Que incluso cuando se fue, seguía viviendo en mí.
Pero hay verdades que los vivos no pueden escuchar todavía.
Después, Alessia.
No habló en voz alta.
Se rompió en silencio.
Con los puños apretados hasta lastimarse.
Con la culpa creciendo como una herida que no cicla.
—Te obligué a comer…
pero no te supe obligar a quedarte.
Eso me atravesó.
Porque nadie debería cargar con esa responsabilidad.
Porque hay culpas que no hacen ruido,
pero matan lento.
Y al final… Thom.
Fue el último.
Cuando casi todos ya se habían ido.
Cuando ya no había público.
Cuando ya no quedaba nada que fingir.
Se paró frente al ataúd
como si yo aún pudiera oírlo.
—Yo sí la amé.
Nadie se movió.
—Y me cerré por cobarde.
Me cerré porque ya había perdido antes.
Porque el amor me destruyó una vez
y juré no volver a sentir así.
Su voz no temblaba.
Eso fue lo más devastador.
—Y justo cuando me atreví a sentir…
ella ya se estaba yendo.
Entonces lloró.
No como un hombre fuerte.
No como el que siempre cuidaba.
Lloró como un niño que llega tarde.
Y ahí entendí algo que me dolió más que morir:
No fue falta de amor.
Fue exceso de silencios.
Fue miedo.
Fue no saber cómo quedarse sin romperse.
Cuando todos se fueron,
ellos tres se quedaron.
No porque esperaran que yo volviera.
Sino porque no sabían a dónde ir sin mí.
Y yo, desde este lugar sin tiempo,
solo espero que mi ausencia
les enseñe a escuchar mejor
a quienes todavía respiran.
Porque yo ya no puedo volver.
Pero otros…
otros todavía pueden ser salvados.