Mi teléfono estuvo apagado tres días.
Tres días en los que el mundo siguió hablando sin mí.
Tres días en los que nadie se atrevió a tocar lo que todavía parecía mío.
Hasta que Alessia lo encendió.
Yo estaba ahí.
No al lado.
No dentro.
Pero presente de una forma extraña, como si los recuerdos me sostuvieran en vez del cuerpo.
La pantalla se iluminó.
Y entonces… comenzaron a llegar.
Uno tras otro.
Como una lluvia que empieza cuando ya no hay a quién mojar.
“Tori, ¿estás bien? No contestas.”
Ese era de alguien que nunca me preguntó cómo estaba cuando sí contestaba.
“Perdón si fui insistente… solo avísame.”
Insistente no.
Tarde.
“Soñé contigo, escríbeme cuando despiertes.”
No desperté.
Alessia apretó el teléfono contra su pecho.
Como si cada vibración fuera una bofetada.
Después llegaron los otros.
Los que dolían más.
“No sabía que estabas tan mal.”
Yo sí.
“Si hubiera sabido, habría estado ahí.”
Pero no sabías escuchar.
“Eras tan fuerte…”
No lo era.
Solo estaba cansada.
Matteo tomó el teléfono después.
Lo sostuvo como si quemara.
Había un mensaje suyo.
Enviado la noche anterior.
Nunca leído.
“Tori, no me odies. Dame tiempo. Te prometo que voy a quedarme.”
Ese fue el único que me rompió de verdad.
Porque si lo hubiera leído…
tal vez habría esperado.
Tal vez.
Thom no quiso tocar el teléfono.
Lo miró de lejos.
Como si supiera que ahí también había algo suyo que no estaba listo para enfrentar.
Alessia siguió leyendo.
Mensajes de fiestas.
De planes.
De risas que ya no existían.
“Oye, mañana salimos, ¿no?”
No.
“No seas dramática, todo pasa.”
No todo.
“Avísame cuando llegues.”
Nunca llegué.
Cada mensaje era una mano extendida
que apareció cuando ya no había a quién sostener.
Y entonces entendí algo con una claridad que quema:
No es que nadie me quisiera.
Es que todos llegaron cuando ya estaba demasiado lejos.
Mi teléfono vibraba.
Vibraba.
Vibraba.
Pero yo ya no podía responder.
Y ojalá alguien hubiera entendido antes
que a veces el silencio no es calma,
es despedida.