Todo lo que fuimos sin darnos cuenta

Donde el silencio se vuelve ruido - Joe

Estas semanas han sido una completa locura. He tenido que correr con tareas pendientes, presentar exámenes, ensayar las canciones que ya debemos grabar… y, a todo eso, sumarle que me distraigo constantemente con Eveling. Lo cual me parece raro, porque en mis catorce años esto jamás me había pasado. Sí, he visto chicas atractivas o con las que me gustaría conversar, pero nunca había sentido esta especie de intimidación con solo que me miren.

El primer día que la vi me quedé paralizado, y eso generó un ambiente incómodo, porque parecía que no quería hablarle, cuando en realidad estaba nervioso. Siento que me hizo algo desde la primera vez que la vi, y no entiendo por qué. Aun así, es un sentimiento que no pienso seguir alimentando, porque tengo la filosofía de no involucrarme en una relación o, al menos, de evitar enamorarme. Tengo mis razones y no quiero que nadie salga lastimado. Además, solo tengo catorce años, y me parece una locura estar pensando en estas cosas.

Mi madre siempre me deja en el estudio después de mi agotadora agenda. Se me complica tomar un respiro, así que, antes de bajarme del auto, le comento:

—Estoy exhausto, ¿sabes? No será posible que…

Antes de terminar la frase, ella responde:

—No. No vas a descuidar las clases solo porque tienes un trabajo; ese fue el trato. Busca otras opciones, pero descansar de la escuela ya sabes que no se puede.

—Está bien, mamá, veré qué puedo hacer.

Me bajo molesto del auto, porque sé que existen otras opciones, pero para mamá todo debe ser como ella dice. No tengo ánimos de discutirlo, así que solo me voy y comienzo con la grabación del día. Ya estoy muy cansado. Espero con ansias el descanso; necesito al menos diez minutos, pero debo esperar a que Eveling termine para salir.

Escucho su parte de la canción y, sin duda, ha mejorado bastante. Tiene una voz bonita, pero siento que le teme a soltar su rango natural y por eso se queda en la nota anterior, lo que hace que se escuche insegura. Así que le digo:

—Debes controlar mejor la respiración; esa es la clave para llegar a la nota que deseas. No temas equivocarte. Estoy seguro de que es mejor desafinar una vez que simplemente no llegar.

—Me aterra, ¿sabes? He practicado desde que soy pequeña, pero siempre tengo problemas con las notas altas. No me siento confiada de poder lograrlas.

—Créeme, no siempre las vas a lograr, pero debes convencerte de que sí puedes alcanzarlas. Cuando vayas a subir, no pienses en “forzar” la nota; piensa en dejarla salir. Respira profundo, relaja el cuello y los hombros, y siente cómo el aire sube, no como un empuje, sino como si tu voz flotara sobre él. No grites, no empujes; solo apóyate en el aire y confía en tu cuerpo. La primera vez puede temblar todo, y está bien. No busques que salga perfecta; busca sentir que te atreviste. Con el tiempo, esa sensación de miedo se transforma en poder, y ese poder es lo que hace que la nota brille, no solo que se escuche.

Ríe sutilmente.

—Está bien, voy a intentarlo. Si no, estaremos todo el día aquí hasta que logre esa nota.

—Tu voz tiene la capacidad. Con solo escucharte, se nota. Ellos lo saben; no tengas miedo.

Eveling me sonríe con una expresión entre “te voy a matar” y ternura. Está sumamente asustada, pero lo que dije fue real. Por otro lado, necesito descansar, aunque la escucho intentarlo nuevamente. Y, tal como lo predije, tiene el rango de voz; solo le da miedo. Lo ha hecho bastante bien para ser de sus primeras veces.

Finalmente, nos dan diez minutos de descanso. Le hago una seña de “bien” y voy a buscar dónde pueda dormir un poco. Una silla no es lo más cómodo, pero resulta ser lo más práctico que encontré, así que cierro los ojos durante esos diez minutos. Sin embargo, no dejo de pensar en ella.

Eveling, deja de apoderarte de mis pensamientos.

Justo cuando logró vaciar la mente, aparece.

—Oye, te has ido casi corriendo. No te había podido encontrar.

—Sí, es que estoy sumamente cansado.

—Pero no es tan pesado lo que hacemos. Hasta creería que, para ser vacaciones…

—Bueno, dijiste algo clave: no tengo vacaciones. La política de mis padres es clara: puedo expandirme en el mundo de la música, pero no puedo descuidar la escuela. Y recibir todo de golpe es una locura.

—Me parece, entonces, que puedo devolverte el favor inmediatamente —sonríe—. Oye, muchas gracias. Realmente, en ninguna clase me habían hecho arriesgar así, y me gustó mucho cómo quedó.

—Te lo dije, eso no se aprende en clase.

—Qué chistoso que lo digas, porque tienes un gran talento. Tu voz es casi perfecta en cuanto a afinación; se escucha muy bien.

—No te creas, aún tengo mucho por aprender, pero de eso se trata: de perfeccionarla cada día. Pero dime, ¿cómo vas a devolver el favor?

—Sencillo: con tus clases. Soy la mejor académicamente, así que ahí sí me puedo defender. Y, honestamente, no quiero que nos despidan porque no duermes.

—Oye, no es que no duerma, solo necesito cerrar los ojos unos minutos.

—Déjame ayudarte, pero no sé si aquí sea posible, ya que debemos avanzar bastante. Estas semanas ya comenzaron con la grabación. ¿Te parece bien si voy a tu casa, o vienes a la mía, o nos vemos en alguna cafetería?



#6351 en Novela romántica

En el texto hay: musica, amor, amigos y amor

Editado: 22.04.2026

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