El sol caía con una fuerza casi cruel sobre el asfalto caliente y por un instante el mundo entero parecía derretirse a mi alrededor, excepto por el recuerdo de ti, intacto y agudo. Aún puedo verte caminando con esa mezcla de firmeza y fragilidad que siempre te acompañó, como si el viento mismo supiera que no podía derribarte, pero tampoco dejar de rozarte.
Hoy no quiero hablarte solo de nosotros, hoy quiero hablarte de esas cicatrices que llevas escondidas, esas que yo, en mi ceguera egoísta, nunca quise ver.
Recuerdo una tarde en la que llegaste al café con una mueca que pretendía ser sonrisa, pero tus ojos contaban otra historia. Te pregunté qué te pasaba y tu respondiste que solo era cansancio, y yo asentí, no sé si fue por cobardía o por algo más. ¡Qué estúpido fui! Porque ahora sé que no era el cansancio. Era él. Tu padre. Ese hombre cuya sombra era más grande que cualquier luz que intentaras encender.
Hace poco, me encontré con Clara. Hablamos de ti. Al principio solo eran recuerdos sueltos, pero luego en un susurro que casi se pierde en el ruido del café me dijo algo que me heló la sangre, algo que nunca le dijiste a nadie abiertamente, pero que todos tus amigos, esos amigos que tanto he criticado sabían que pasaba. En ese instante, todas las piezas encajaron, tu silencio, tus ojos, esas excusas que ahora suenan huecas en mi memoria.
¿Recuerdas cuando te pregunté por ese moretón en tu brazo y tú sin vacilar dijiste que habías tropezado con la puerta? Te creí. No porque la excusa fuera creíble, sino tal vez, porque era más fácil que enfrentar la verdad, porque enfrentarla significaba admitir que yo no sabía cómo salvarte.
Y ahora, verte con él, con ese nuevo capítulo creciendo dentro de ti, me hace pensar si por fin encontraste el refugio que yo nunca supe darte. Pero también me pregunto, ¿te sientes libre ahora? ¿O las sombras de tu infancia aún te siguen en cada paso?
Te escribo esto no porque espere respuestas, sino porque me persiguen las que nunca tuve el valor de decirte cara a cara. ¿Alguna vez pensaste en decirme la verdad? No para que te rescatara, sino para que simplemente te escuchara sin juzgarte, sin intentar arreglar lo que es imposible para mí.
Ojalá él vea todo de ti. No solo la sonrisa que muestras al mundo, sino también las grietas que te hacen humana. Ojalá entienda que la fuerza que llevas dentro no es un escudo, sino una herida que has aprendido a cargar con dignidad.
A veces me pregunto si hubiera sido diferente si yo hubiera sido más valiente, si hubiera sabido leer entre líneas y no solo las palabras que decías, pero el tiempo no es un libro que podamos reescribir, ¿verdad?
Con un amor y arrepentimiento que nunca sabré separar, C.B. para Lizzie.