Todo lo que le escribí a ella...

Carta 14

Tus pasos eran ligeros, pero cada uno resonaba en mi pecho. Caminabas por el café, ese mismo donde solíamos perdernos en palabras calladas, donde tu risa era música y mis manos temblaban. Pero ya no eras la misma. Tus ojos, antes brillantes como brasas encendidas, ahora eran sombras escondidas.

Entraste con él, con ese andar tranquilo que alguna vez compartiste conmigo, y yo, sentado en la esquina más oscura, me hice pequeño, casi invisible, intentando no ser visto, aunque cada fibra de mi ser deseaba que me encontraras en el reflejo de tus ojos. Quise que me percibieras, pero temía que lo hicieras. Quise volver aquel momento en donde tú y yo éramos más que un fragmento, pero temía que al intentarlo quedara en evidencia que ahora, solo éramos un eco.

Siempre creí que eras invencible, que el mundo podía quebrarse a tu alrededor sin tocarte, pero el dolor que vi en ti en ese momento no era del mundo, era tuyo, profundo, como una herida que nunca dejó de sangrar, aunque nadie lo viera pasar.

Quise correr hacia ti, decirte que todo estaría bien, que aún podías apoyarte en mí, pero mis pies se quedaron quietos y mi voz murió en un suspiro inquieto. Porque supe, en ese instante, que ya no era mi lugar, que tu vida había seguido sin esperar.

Recuerdo cómo jugabas con la espuma del café, cómo tus cabellos, esos hilos de cobre y miel, caían sobre tus hombros como cascadas al papel. Pero ahora, tu mirada se perdía en él, y sus manos, no las mías, rozaban tu vientre con un cuidado que dolía.

Estás embarazada, y ese pequeño universo que crece dentro de ti no me pertenece a mí, pero cada latido suyo resuena en el vacío que dejaste en mí, trayendo a la vida un espacio en donde solo quedó morir.

No es que me duela verte feliz, si es que si lo eres. Es que me rompe no ser parte de ese después. Me duele no haber sido suficiente, no haber sido el refugio en tu presente.

Siempre quise ser tu escudo, tu espada, tu trinchera, pero ¿qué pasa cuando el escudo se agrieta, la espada se oxida y la trinchera se convierte en barrera? No confundas mi silencio con olvido. Mi silencio es un grito escondido.

Ojalá pudieras decirme tus verdades, esas que guardas en lo más profundo de tu ser. Ojalá supiera cómo llegar a ese rincón donde te escondes cuando el mundo te hace doler.

Pero ya es tarde y lo único que me queda es esta tonta habilidad de escribir cosas que quizás nunca leerás, estas palabras que se pierden en el aire, como tu imagen desvaneciéndose entre el aroma del café, donde solíamos ser tú y yo contra el ayer.

Con un amor que no sabe cómo dejar de arder, C.B. para Lizzie.




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