No es que tenga fe. La fe implica certeza, y yo solo tengo dudas, solo tengo esta esperanza tambaleante que se aferra a la idea de que tal vez, solo tal vez, no sea demasiado tarde.
Te escribí tantas veces, pero nunca envié nada. Guardé mis palabras como quien guarda cenizas, como si con ellas pudiera reconstruir lo que el fuego consumió. Fui archivando cada carta en el rincón más oculto de mi existencia, esperando un día en el que ya no pesaran, en el que fueran solo historia, solo tinta seca en papel amarillo. Pero ese día nunca llegó.
Hoy, en este instante en el que todo parece escaparse de mis manos, decido soltar lo que siempre tuve miedo de dejar ir. Voy a enviarte cada una de mis cartas, cada pensamiento que una vez temí que leyeras, cada emoción que negué sentir. Porque si aún queda algo, por mínimo que sea, quiero que lo sepas. Quiero que entiendas lo que callé, lo que nunca fui capaz de pronunciar en voz alta.
No espero una respuesta. No espero redención. No espero nada, de verdad. Solo quiero que mis palabras lleguen a ti antes de que el tiempo las entierre, antes de que el destino dicte que ya no hay camino de regreso. Si aún hay un instante, un resquicio, un suspiro en el que podamos existir de nuevo, quiero que mis letras lleguen a ese lugar, a ese punto exacto en el que todo podría cambiar.
Pero si ya no queda nada, si estas cartas solo son ecos en el vacío, entonces que sean testigos de lo que fuimos, de lo que nunca dejamos de ser en mis recuerdos. Que al menos mi verdad llegue a ti, aunque sea tarde, aunque solo sea un murmullo entre todo lo que perdiste.
Con la incertidumbre que aún me habita, C.B. para Lizzie.