Todo lo que le escribí a ella...

Carta 16

¿Alguna vez has sentido que el amor es un idioma que nunca aprendiste a hablar? Porque eso era lo que te pasaba a ti. Y no porque no quisieras, sino porque nunca te enseñaron las palabras correctas.

Te vi intentar amar con las manos temblorosas y el alma llena de grietas. Te vi construir muros alrededor de tu corazón con la esperanza de que los derrumbara, pero al mismo tiempo con el miedo de que, si lo hacía, solo encontraría escombros dentro.

Tu padre fue el arquitecto de esos muros, el artesano de tus silencios, el autor de todas esas cicatrices invisibles que llevabas como una armadura. Y yo... yo quería demostrarte en un estúpido intento que no todo el mundo llega para herirte, que no todos los abrazos terminan sofocando, que no todas las palabras se convierten en gritos. Pero nunca lo logré. No fui capaz y solo me convertí en el verdugo de tu sufrimiento.

No era justo que cargaras con un peso que nunca elegiste llevar. No era justo que amar te doliera. No era justo que cada vez que alguien intentara acercarse, sintieras la necesidad de huir.

Y, sin embargo, a pesar de todo, lo intentaste. Trataste de creer en el amor, en la confianza, en los susurros que no escondían amenazas. Trataste de convencerte de que podías ser querida sin tener que pagar un precio. Y eso fue lo más valiente que hiciste.

Te amé en tus intentos, en tus huidas, en tus momentos de duda. Te amé en tus silencios y en tus gritos. Pero ahora me pregunto si amarte así fue suficiente. Si acaso no terminé siendo solo otra voz en el eco de todas las que te hicieron daño.

Con el alma rota, C.B. para Lizzie.




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