Todo lo que le escribí a ella...

Carta 17

Nunca pensé que llegaría el día en que escribirte se sintiera más como un adiós que como una súplica, pero aquí estoy, con la pluma y el corazón en la mano, aceptando que hay cosas que, por más que duelan, deben soltarse.

Me aferré a la idea de que, si escribía lo suficiente, si encontraba las palabras exactas, podría cambiar algo. Como si cada carta fuera una ofrenda, un intento desesperado de sostener lo que se desmoronaba entre mis manos, pero la verdad es que las palabras no resucitan lo que ya ha muerto, y lo nuestro, Elizabeth, ha estado enterrado desde hace tiempo. Solo que me tomó demasiado comprenderlo.

No quiero engañarme más. Ni siquiera he mandado la primera carta que te escribí. Estas cartas han sido solo un eco que rebota en el vacío, una conversación que nunca tuvo respuesta. Me quedé hablando solo todo este tiempo, como alguien que se aferra a la sombra de lo que fue, sin aceptar que el sol ya se ha puesto. No mandé si quiera una carta porque en el fondo sabía que lo nuestro ya había muerto.

Desde que te perdí, comencé a pensar que el amor era insistencia, lucha, resistencia. Pero ahora me doy cuenta de que el amor también es saber cuándo soltar. Y aunque cada parte de mí se resista a dejarte ir, sé que debo hacerlo. No porque haya dejado de quererte, sino porque quererte ya no es suficiente para sostenernos.

Así que esta es mi última súplica, no para que vuelvas, sino para dejarte ir. Para que, de alguna manera, encuentre la forma de seguir adelante sin la esperanza absurda de que algún día estas cartas encuentren su camino hacia ti y logren despertarte algo.

Irónico que la que sea la última carta, sea la primera en enviarse.

Con lo que queda de mí, C.B.




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