Viernes, 24 de marzo de 1989
No sé qué es peor, si el peso de todas las cartas que he escrito o el vacío que queda ahora que ya no las tengo conmigo.
Hoy finalmente envié las cartas. No estoy seguro de si fue la decisión correcta, pero ya está hecho. Pasé la mañana revisándolas una por una, intentando encontrar la manera perfecta de ordenarlas. No había una forma perfecta, así que simplemente las dispuse en un orden que pareciera tener sentido, aunque ahora que lo pienso, tal vez ningún orden habría sido el correcto. Supongo que es lo mismo. Supongo que, de algún modo, yo también me he enviado con ellas.
Nunca había sentido este tipo de ansiedad. No es la que inmoviliza ni la que paraliza el pensamiento. Es la que envenena cada segundo con la incertidumbre, la que convierte cada acción en un dilema. Hasta el último momento, hasta el instante final en que dejé las cartas en el mostrador de la oficina de correos, me pregunté si debía hacerlo. Y lo hice. No porque estuviera seguro, sino porque temí lo que significaría no hacerlo.
No fui capaz de entregarlas en persona. No podía. Si hubiera estado Lizzie al otro lado de la puerta, si hubiera visto siquiera una sombra moverse detrás de la ventana, sé que habría huido antes de tocar el timbre. Por eso elegí el correo, porque el acto de dejar las cartas en manos de un desconocido se sintió como cederle el destino de todo lo que he escrito a algo que está fuera de mí. ¿Acaso no es lo que siempre he hecho con ella? Darle todo lo que soy y esperar, con miedo y esperanza al mismo tiempo, a ver qué decide hacer con ello.
El camino hasta la oficina de correos fue más largo de lo que recordaba, o quizá solo se sintió así. No quise llevarlas en una bolsa o en un sobre cerrado hasta el último momento; prefería sentir el peso del papel entre mis manos, como si al tocarlo pudiera asegurarme de que todo esto es real. Caminé despacio, no porque quisiera retrasarlo, sino porque cada paso lo sentí como si estuviera caminando sobre mis propias dudas, sobre todas las veces que pensé que no habría un final para esto. Y ahora lo hay. O al menos, lo habrá en cuanto lea mis palabras. Si es que decide leerlas. Porque existe esa posibilidad, ¿verdad? Que el sobre quede intacto, olvidado en algún rincón de la casa, sin que jamás se atreva a abrirlo. O que lo abra y no le importe. O peor, que lo lea y no sienta nada.
Me atormenta imaginarlo, pero ya no es mi decisión. Todo lo que estaba en mis manos ya ha sido enviado. Ahora solo queda esperar. Y esperar es lo que peor sé hacer.
Cuando llegué a la oficina de correos, tardé más de lo necesario en llenar los datos. Mi letra se sintió extraña al escribir su nombre y su dirección. No había pensado en cuánto tiempo había pasado desde la última vez que le escribí. Al entregarlas, mis manos temblaban apenas perceptiblemente. El empleado del correo no pareció notarlo, o simplemente no le importó. Con un gesto mecánico, selló el sobre y lo colocó en la pila con los demás envíos. Tan simple, tan frío. Un instante y todo estaba fuera de mis manos.
Regresé por un camino distinto, como si con eso pudiera evitar la sensación de haber dejado algo atrás. No funcionó. Ahora sólo queda esperar.