Ya tenía fecha.
Empezaría a cursar en una semana, así que esta es mi última semana de vacaciones.
Mi abuela Heidi en este tiempo que estuve aquí me habló mucho de mi padre. De su niñez y adolescencia. De cómo prefirió dedicarse a los alimentos dulces y a forjar un camino que lo guiara a esa profesión.
Aunque no me gusta aún la idea de estar en un país ajeno al mío, escuchar sobre él, saber más de esa figura paterna ausente por culpa de una maldita bala perdida, me hace sentir más cerca de él.
Tengo recuerdos de ambos, pero él se perdió prácticamente más de la mitad de mi vida. Mis graduaciones, los paseos, mi desarrollo para convertirme en quien soy. Todo eso le fue arrebatado, al igual que a mi me fue arrebatado ese amor paternal que él me daba.
Duele, pero el duelo no murió, solo quedó de amigo cercano y terminé aceptando que jamás aceptaría a otro hombre al que decirle papá. No podría perdonarme nunca eso. Él era único para mí y lo seguirá siendo mientras viva.
Pero tampoco mi mamá intentó buscar a alguien nuevo. Ella sigue sin dejarlo ir. Aún tiene guardada su ropa y sus cosas. No ha tirado ni regalado nada. Lo que por dentro yo apruebo porque odiaría ver a alguien más usando cosas que le pertenecían a él.
Me perdí tanto en mis pensamientos que no me di cuenta el momento en que mi abuela me estaba empujando hacia la puerta.
-Sal, niña, conoce la ciudad. Eres demasiado joven como para desperdiciar tu tiempo deprimiéndote aquí. Vete y conoce a los vecinos.
Pero antes de que pueda contestar, la puerta fue tocada. Mi abuela fue a revisar y resulta ser nada más ni nada menos que mi tío. Finn Powlerolwer. El hermano gemelo de mi padre. Se decía en la familia que él había estado en negocios turbios del bajo mundo. Yo hacía caso omiso, no era mi problema.
-Finn, qué sorpresa verte. Ven, pasa -dijo amable mi abuela para moverse y así él pueda entrar.
-Hola, mamá. Me da gusto que estés bien... -hizo un pausa y me miró-. Así que ella es Sheirly... estás enorme... no recuerdo cuándo fue que te vi por última vez... eras de más o menos, una bebé.
-Sheirly y Odette se quedarán aquí por unos años, y si les gusta, quizás de por vida. Vinieron porque ese era el sueño de Frédy y ambas lo están cumpliendo.
-Sí... es una lástima que sea sin él... lo siento, pequeña... a veces la vida no es lo que queremos que sea.
-No es necesario. Estoy bien, pero gracias.
Él se inclinó y siguió a mi abuela ya que había dicho que prepararía algo para tomar. Un café o un té.
Por mi parte, decidí tomar el consejo de mi abuela y salir a expandir mis horizontes en la bella Berlín.
Le pedí dinero a mi madre para poder tomar algo. De paso llevé un libro. La rebelión de la granja de George Orwell. Quería comprar un café y leer tranquila. Quizás y con suerte haya alguna otra mujer en el vecindario de la cual me pueda hacer amiga.
Así que tomé mi bolso y salí a caminar. A unas cuadras vi una clase de café. Me gustó cómo se veía por fuera así que entré.
Pedí un café frappé y un Käsekuchen. Y mientras esperaba sentada a que trajeran mis cosas, proseguí a leer. Pero mientas me sumergía en la tranquila lectura, escuché unos murmullos detrás de mí. Al principio los ignoré e intenté concentrarme en la lectura. Al principio decían cosas que apenas se oían, a menos que uno prestara toda su atención. Pero yo no soy de las personas que se meten en dónde no les incumbe.
Pero solté el libro al oír la palabra "Powlerolwer". Abrí mis ojos y me enderecé. Sentí un nudo en el estómago.
-Le dije al imbécil de Koch que lo hiciera en la noche. Cuando él fuera a la casa. Pero el idiota se adelantó y asesinó al equivocado. Y ahora llevamos casi diez años intentando matarlo -espetó el más robusto.
El otro, más delgado suspiró cansado.
-No lo culpes, necesitábamos el dinero. Tanto tú como yo lo necesitábamos. El único error fue que le disparó a su hermano. No es nuestra culpa que el malnacido tuviera un gemelo... bueno, un alma infeliz menos en este mundo de porquería. Pero Finn no se salvará por mucho tiempo.
-Oí que volvió a Berlín. Así que tenemos otra oportunidad.
Dejé de escuchar en cuanto me di cuenta de lo que hablaban. Esto no podía estar pasando. Esto no era real. Mi mente se puso en blanco y mi corazón latía fuertemente. Apenas había comenzado a vivir mi nueva vida en esta ciudad y ya estaba desenterrando secretos.
Esto es demasiado, el impacto es demasiado. Me levanté, guardé el libro. Mi visión se nubló de todas las lágrimas que iban a caer. No pagué, no recibí mi orden, no pensé en eso. Solo salí corriendo de allí con la respiración agitada y mi cabeza procesando todo. Esto no era posible. Quizás solo sea una paranoia, una locura. Pero la inmensidad de la confesión de asesinato de dos extraños en un café era demasiado. También me invadió el temor de saber que ellos buscan a mi tío. Quién sabe si conocen a mi mamá o a mí, a mi abuela.
Corrí por las calles chocando a los transeúntes. No fijé una vía, solo caminaba alterada y mirando con desesperación hacia atrás. No tenía tiempo. Solo quería llegar como sea a mi casa para llorar y decirle a mi mamá. Quizas pedirle una explicación a mi tío. Lo que sea. Pero en un momento dado de mi ataque de pánico y confusión terminé en medio de la calle. Alcé mi vista hacia adelante y vi un auto tocando bocina. Pero luego de ver al conductor, cerré mis ojos y no vi nada.