Maximiliano Jones
Me hubiese gustado decir tantas cosas, pero todo me lo impide. Estoy en una relación y debo respetarla. Aun así, aquella noche quedará marcada como la más inolvidable.
—¡Max! ¿Por qué llegaste tarde? —preguntó Mareen, acercándose a darme un beso—. Creí que no vendrías.
Su cabello negro caía como un río oscuro sobre sus hombros, y sus ojos verdes brillaban bajo la luz del salón. El flequillo le daba un aire juvenil que siempre me había parecido encantador. Aunque lo niegue, me gustó desde que entré a la secundaria, pero nunca tuve el valor de decírselo… hasta ahora. Jamás imaginé que me correspondería.
Ella aceptó ser mi novia, pero con una condición: conocernos mejor.
—Perdón... —dije, dándole un breve abrazo.
Mientras la abrazaba, mis ojos recorrieron las sillas llenas. Ninguna ocupada por Jaden o Alexis. Extraño. Ellos nunca faltan; lo tienen prohibido.
—¿Has visto a mis amigos? —pregunté, alejándome un poco.
—Mmn… no. No estudio finanzas, ¿sabes? Estoy aquí porque quería ser la primera persona que vieras. Lamento no ser uno de tus amigos.
Me regaló una sonrisa cálida, pero enseguida añadió algo que me heló:
—Aunque reconocí un cabello rojo junto a mi compañera Sarah, la de ojos azules. Alexis no lo he visto… creo que oí que no vendría.
¿No vendrá?
¿No es muy infantil de su parte?
No podía protestar. Lo rechacé, lo ofendí, lo insulté sin querer. A veces no puedo con mis propios impulsos.
—Iré a buscar a Jaden. Te veo luego en el receso.
Ella asintió y me cedió el paso. Jaden era predecible: si no estaba en el salón, estaba en la cafetería con Sarah. La primera clase se canceló porque la maestra se enfermó, y eso me dio un respiro.
Aproveché para buscar también a Alexis. Las hojas secas caían pesadas en la temporada calurosa. Caminé por los pasillos, pero no encontré a ninguno de los dos.
Regresé al salón, convertido en un caos alegre: todos celebraban la ausencia de la maestra. Me senté cerca de la ventana, pensando que, si me dejaba llevar, podría lanzarme al vacío de mis pensamientos.
El silencio cayó cuando Jaden entró. Él y Alexis, junto a su grupo, eran los matones de la escuela. Jaden en especial: su última víctima terminó casi ahogada en los baños por llamarlo “huérfano”.
Se acercó a mí con una sonrisa.
—¿Me puedo sentar a tu lado? —preguntó—. Alexis no vendrá esta semana y me voy a aburrir en clases con la licenciada Milagros y sus sermones.
¿En serio, Alexis?
¿Por qué eres tan infantil por estas cosas?
—¿Y qué pasó? ¿Su padre lo castigó? —intenté convencerme de esa idea.
—No lo sé. No me habla desde ayer. Es difícil vivir arrimado y que te ignore la única persona que te escucha. No puedo hablar de todo lo que hago aquí con mi hermana.
Arqueé una ceja y crucé los brazos.
—Sí… es difícil que alguien quiera escucharte —susurré.
—Desde ayer lo veo desanimado. No sé cómo hacerlo reír, yo no soy chistoso.
A veces quiero entender a Jaden, pero es complicado. ¿Desde cuándo le importa Alexis? Siempre lo llama llorón, pero ahora busca una razón para hacerlo sonreír.
No puedo creer que rechazarlo sea un tema que lo preocupe. No quiero ser el culpable de su tristeza. Ese beso… ese estúpido beso… regresa a mí como si hubiera ocurrido esta mañana.
Pasé toda la jornada pensando en él, aunque estaba con Mareen. Nos tomamos fotos, compartimos comida. ¿Por qué no disfruto esto? Rechazar a alguien nunca se siente bien.
Al salir, Jaden se despidió y se fue a casa. Tenía que explicarle los temas nuevos a Alexis, y para él eso era una tortura.
Yo esperé a mi chófer. Saqué el celular: ningún mensaje suyo. Alexis siempre me llamaba primero.
—Esto… esto es estúpido.
Apagué el celular justo cuando el chófer llegó.
En casa me recibieron con un vaso de agua y mi ropa lista. La vida plena que cualquiera desearía, pero para mí no significaba nada.
Me senté a la mesa con mis padres. La servidumbre colocó mi plato.
—Hola, hijo. ¿Cómo te fue? —preguntó mi padre alegre.
—Qué pregunta más tonta, Dmitry —interrumpió mi madre—. A nuestro hijo siempre le va bien. Es el futuro de Jones Construcción.
Mi padre es dueño de la constructora más famosa del país. Mi madre, más estricta, vive pendiente de la prensa y cree tener potestad sobre mi vida.
—Adrian —dijo, alzando la copa—. Hoy conocí a la hija del grupo OP. ¡Es una chica adorable!
—Cariño… —susurró mi padre.
Mi madre siempre encontraba pretendientes, incluso cuando yo ya tenía a alguien. Quizá era hora de decirlo.
—De hecho, mamá… tengo novia.
Las palabras salieron firmes, pero dentro de mí sonaban como una derrota. Porque mientras mi madre sonreía satisfecha, yo solo pensaba en Alexis.
Me dolió decir frente a mi familia que ella era a quien amaba. Las palabras salieron de mi boca como cuchillas, y cada una me dejó una herida invisible. No sé por qué me avergüenza, no sé por qué no me sentí orgulloso de decir que tenía a una chica increíble como novia. Quizá porque en lo más profundo sé que estoy mintiendo.
En medio de la comida, la ansiedad me obligó a revisar el celular. Un mensaje de Mareen: fotos de sus gatos. Sonreí, pero fue una sonrisa hueca.
Debajo estaba él. El último mensaje que me había enviado:
> Te quiero mucho (>^<)
El corazón me golpeó el pecho como si quisiera escapar. Ese mensaje era un arma cargada. ¡Debo borrarlo de inmediato!
—Max, sabes que no me gusta que uses el celular en la mesa —dijo mi madre con su tono frío.
La pantalla se apagó, pero el mensaje seguía ahí, escondido como una bomba a punto de estallar.
Ella se levantó para atender una llamada. Me ofendí. Mi padre la miró, buscando un gesto de autoridad, pero al final no dijo nada. Él siempre se conforma con las migajas que ella le da. Aunque su matrimonio fue arreglado, mi padre la ama con devoción. Ella, en cambio, ama con control.