Maximiliano Jones
Desde que Alexis puso un pie nuevamente en la escuela, el aire pareció cambiar de densidad. Todo, absolutamente todo, parecía girar en torno a él. Al principio, sentí una descarga de adrenalina; una emoción extraña que me impulsaba a correr hacia él y ser el primero en hablarle. Necesitaba desesperadamente arreglar lo que había sucedido entre nosotros.
El recuerdo de mis palabras hirientes, de la manera tan cruel en la que lo traté antes de que desapareciera por un mes, me estaba carcomiendo el alma como un ácido lento y constante.
Me armé de valor y caminé dos pasos en su dirección, pero me detuve en seco. Una figura se interpuso entre nosotros: Yara. Vi cómo Alexis le sonreía, cómo sus ojos brillaban de una forma que yo nunca había logrado provocar.
Ella lo "salvaba"
De la multitud con una naturalidad que me dio náuseas.
Se veían felices.
Demasiado felices.
Aun así, una voz en mi interior me decía que debía insistir. No era solo el orgullo; era el miedo. Por mi culpa, por mis desplantes, él se había ausentado tanto que podría reprobar alguna materia. Sentía que le debía el mundo después de haberle arrojado tanta basura verbal.
Pero justo cuando iba a dar el tercer paso, una mano delgada y familiar se cerró sobre mi antebrazo. Era el agarre de Mareen.
Me jaló hacia atrás con una fuerza que desentonaba con su apariencia delicada.
—Tenemos que hablar —sentenció ella. Sus ojos reflejaban un enfado contenido que no presagiaba nada bueno.
No tuve fuerza para resistirme. La seguí hasta su salón, arrastrando los pies como un condenado. Me senté en su silla, rodeado por el aroma de su perfume que de pronto me resultaba asfixiante, esperando el inicio de sus reclamos diarios.
—¿Qué necesitas? —pregunté, con la mirada puesta en la puerta, deseando estar en cualquier otro lugar.
—¿Por qué me pediste ser tu novia si no vas a tratarme como una? —soltó ella de golpe.
Suspiré, cerrando los ojos. Conocía esta discusión de memoria; era un guion que repetíamos una y otra vez. Y lo peor de todo era saber que, en el fondo, yo tenía la culpa.
—Mareen, sabes cómo es esto —traté de razonar con voz plana—. Estamos estudiando. Si estamos juntos es porque nos entendemos. A veces tú necesitas que te escuche, a veces yo te escucho a ti... estamos igual, ¿bien? Si no te doy un beso cada cinco minutos es porque estoy ocupado, tengo la cabeza en otra parte.
—Bueno, bésame ahora —me retó, cruzándose de brazos—. Estabas dormido en el pasto hace un momento, así que no me digas que tienes algo mejor que hacer en estas dos horas libres.
—¡Mareen! —exclamé, entre la frustración y el cansancio.
Ella se acercó más, invadiendo mi espacio personal, obligándome a mirarla a los ojos. No tenía energía para pelear por algo que me parecía tan absurdo en comparación con el caos que sentía por dentro.
—No puedo hacerlo ahora —confesé, bajando el tono—. Me sentiría obligado, y eso es peor.
Entonces, Mareen me abrazó. Me rodeó con una fuerza casi desesperada. Yo simplemente levanté la cabeza, mirando al techo, tratando de resistirme a ese contacto.
No sabía si lo que sentía era la manipulación de alguien que sabe cómo doblegarme, o si realmente me amaba tanto que mi indiferencia la estaba destruyendo.
Al final, para terminar con el suplicio, la besé. No fue un beso de amor, fue un trámite; una moneda de cambio para comprar un poco de silencio.
—No quiero ser mala contigo, Max —susurró ella, separándose apenas unos centímetros—. Pero tú me hiciste tu novia y ni siquiera puedes besarme sin que parezca un sacrificio.
Me sentí miserable. Ella me besó la mejilla con ternura triste y se fue lentamente. Por primera vez, sentí que sus palabras eran reales, que sus ojos estaban verdaderamente empañados. Me sentí como mi madre: alguien que solo sabe dar órdenes, que hace las cosas de mala gana y que termina lastimando a quienes intentan quererlo.
Llegó la hora de la clase y el salón, que hasta hace un momento era un refugio vacío, se llenó de gente como si fuera dinero sacado de una lotería. Rápido y ruidoso. Quería arreglar las cosas con Mareen, quería sentirme "normal", pero la lección había empezado y no podía permitirme fallar más.
Observé cómo todos tomaban sus asientos. Supe, con una punzada de amargura, que Alexis no se sentaría a mi lado. Se instaló junto a Jaden. Desde mi sitio, podía verlo: se veía más feliz, más fuerte, más "él" que nunca. Me sentí increíblemente solo.
El asiento vacío a mi derecha era un recordatorio constante de mi error. Realmente, los únicos que aceptaría a mi lado eran ellos dos, pero ambos me habían dejado atrás.
Durante el receso, me convertí en un espectador de mi propia vida. Me quedé mirando, envidiando la forma en que los demás se divertían. Veía a Alexis jugar en el campo, moviéndose con una gracia nueva, y me obligaba a no acercarme. No quería incomodarlo. No tenía derecho a manchar su felicidad con mi presencia.
Agaché la cabeza, hundido en la autocompasión, hasta que Mareen llegó de nuevo. Se sentó junto a mí en la grada y posó su cabeza en mi hombro, como si nada hubiera pasado.
—¿Aún te sientes mal por lo que dije? Es absurdo, olvídalo —me dijo con dulzura.
Hice un ruido de asentimiento, pero era mentira. No estaba pensando en lo que ella dijo. No estaba pensando en sus reclamos de novia. Estaba pensando en él. En cómo su risa llegaba hasta mí desde la distancia. En cómo me dolía que ya no me necesitara.
En ese momento, mientras el sol de la tarde nos cubría a todos, entendí que mis discusiones con Mareen eran irrelevantes, aunque ella tuviera toda la razón del mundo.
Lo único que importaba era la verdad que ya no podía ocultar: me estaba muriendo por dentro porque el chico al que humillé para protegerme del "qué dirán", era la única persona que realmente amaba.