Alexis Torres
Desde que Max confesó lo que sentía, mi corazón se convirtió en una ilusión constante. El hecho de haberlo besado y que no me detuviera fue el gesto más hermoso del mundo; me confirmaba que no estaba solo en este laberinto de sentimientos.
Después de aquel día en la enfermería, no podía borrar la sonrisa de mi rostro. Era como si el amor que sentía por él hubiera estado en pausa durante mi ausencia, y de pronto, Max hubiera presionado el botón de "reproducir". Todo volvió con una intensidad doble.
Sin embargo, no todo era color de rosa. Tenía que ser cuidadoso. Estaba conociendo a Yara, quien era una chica maravillosa, y por otro lado estaba la novia de Max... Mareen. Aunque proyectaba una imagen de inocencia absoluta, algo en su mirada me hacía dudar. Había algo en ella que no encajaba.
En nuestros encuentros furtivos, Max solía aferrarse a mi saco como si tuviera miedo de caerse. Sus respiraciones se volvían erráticas contra mis labios.
—Espera... no te vayas —jadeó una tarde, con las mejillas encendidas—. ¿Cómo es que puedes respirar tan bien en medio de un beso?
—¿Quieres que te enseñe? —le respondí con una sonrisa ladina—. Tendrá que ser para la próxima.
Me costaba horrores alejarme de él, especialmente cuando sentía sus manos apretando la tela de mi uniforme. Pero mis sentidos estaban alerta. Escuché pasos acercándose y, tras un beso diminuto y fugaz, salí corriendo. Mi intuición no falló: a los pocos segundos, dos chicas de primer año doblaron la esquina.
Casi todos los días seguían ese patrón de adrenalina y secreto.
Por las noches, le contaba todo a Jaden. Me sentaba en el borde de su cama mientras él intentaba terminar sus tareas, siempre con el cuidado de no despertar a su hermana pequeña. Me emocionaba tanto hablar de Max que a veces olvidaba el volumen de mi voz.
—¡Vas a despertar a Emely! —me siseó Jaden, lanzándome una mirada asesina.
—¿¡Cómo no quieres que me emocione!? —susurré de vuelta, agitando las manos.
Jaden suspiró y dejó el bolígrafo, volviendo el ambiente un poco más sombrío con su honestidad brutal.
—¿Por qué te emocionas tanto por unos besos? Él ni siquiera te ha dicho que está completamente enamorado de ti. Lo he visto con Mareen, Alexis. Se besan y se abrazan frente a todos con total normalidad.
Sus palabras fueron como un balde de agua helada. Jaden tenía razón y eso me dolió. Arruinó mi momento de felicidad en un segundo.
Me acosté en mi cama, mirando al techo con una mezcla de frustración y tristeza. Sintiendo mi cambio de humor, Jaden estiró su brazo y comenzó a acariciar mi cabello con suavidad.
—Deberías idear un plan para que se aleje de Mareen —murmuró mientras mordía el extremo de su bolígrafo—. Vamos, cerebro de Alexis, funciona un poco.
Sus caricias eran tan relajantes que mis párpados empezaron a pesar. Cerré los ojos para intentar pensar en una estrategia, pero el sueño me estaba ganando. Jaden, notando que me estaba quedando "adormitado", me dio un golpe seco en la cabeza. No pude gritar por respeto a la niña, pero le lancé una mirada de reproche.
—¡Te dije que pienses, no que te duermas! —me regañó.
—¿Cuál plan? Seré directo. Le diré cómo me siento y lo que espero de esto. Si el tiempo no nos alcanza, buscaré otra forma.
Me gusta ser frontal, aunque no sabía cómo reaccionaría él. Aun así, prefería no agobiarme por eso esa noche.
—Oye... sigue rascando mi cabeza. Tus manos son suaves —le pedí.
No era por hablar, pero la piel de Jaden siempre me había parecido curiosa. Es tan delicada que se enrojece por cualquier cosa: si está feliz, triste o enojado, su cara se vuelve un tomate. Incluso un pequeño golpe deja una marca escarlata. Pero a pesar de esa fragilidad, sus manos eran increíblemente suaves.
Jaden, actuando como ese hermano gruñón que en el fondo te quiere, continuó acariciando mi cabello mientras leía sus notas. Sabía que su hobby secreto era jugar con el pelo de quien tuviera cerca cuando estaba concentrado.
Mientras me sumergía en el sueño, me pregunté cuándo sería el momento en que Max y yo hablaríamos de verdad.
Casi no nos dirigíamos la palabra en público ahora, así que nadie sospecharía nada raro si nos encontrábamos a solas... el problema era cuánto tiempo más podríamos aguantar viviendo en las sombras.
Al día siguiente, Jaden y yo llegamos a la escuela mucho antes de lo habitual. No había nada que nos retuviera en casa, así que preferimos el aire fresco del campus. Al acercarnos al salón, vimos que Max ya estaba allí, sumergido en sus lecturas matutinas.
—Ve y pon en marcha tu plan —susurró Jaden en cuanto divisó la silueta de Max por la ventana—. Yo me quedo fuera. Te aviso si viene alguien.
Éramos cómplices, un equipo que parecía destinado a durar una eternidad.
Entré al salón con el corazón latiéndome en la garganta y me senté a su lado. No alcancé a decir ni una palabra; Max cerró su libro de golpe y me tomó por sorpresa.
Me sujetó la nuca y me besó con una desesperación que me dejó sin aliento. En mi "plan" estaba hablar, discutir y razonar, pero no este beso... Por eso odio idealizar planes: la realidad siempre tiene una forma más caótica y excitante de suceder.
No me quejé. Dejé que nuestros labios se
reconocieran en el silencio del aula vacía. Cuando se detuvo, me miró con una mezcla de arrepentimiento y pena que no supe descifrar.
—Buenos días —dije en cuanto recuperé el aire.
Aquel había sido el primer beso que él iniciaba por voluntad propia, sin que yo lo provocara, y eso significaba más de lo que quería admitir. Max no dijo nada; su mirada se quedó fija en un punto inexistente, perdida en el vacío.
—¿Estás bien? —pregunté, ladeando la cabeza para buscar sus ojos.
—No lo estoy —confesó con voz ronca—. Llegué temprano solo para esperarte y besarte.