Todo lo que no te dije

Capítulo ocho — recetas venenosas

Maximiliano Jones

El sol de la mañana entró con una violencia innecesaria por los enormes ventanales de mi habitación.

Abrí los ojos poco a poco, sintiendo que no estaba apoyado en mi almohada. La cama se sentía extraña, como si estuviera durmiendo directamente en el suelo, y mis ojos pesaban demasiado.

​Busqué mi almohada en la supuesta cama, pero mi mano solo encontró aire. Entonces me di cuenta: no estaba en mi cama. Mi cabeza estaba apoyada en el pecho de... Alexis.

​Él ya tenía los ojos abiertos, mirando fijamente las ventanas de mi habitación con una expresión pensativa.

Estábamos en el suelo, rodeados de frituras vacías y la calidez que había quedado de la noche anterior.

Jaden ya no estaba a nuestro lado; se había pasado a la silla del escritorio y estaba sumergido en un juego de disparos, con los auriculares puestos, ignorando el mundo.

​—¿Esto es un sueño? —susurré, sintiendo el calor del pecho de Alexis bajo mi mejilla.

​Alexis ladeó una sonrisa, pero no respondió a mi pregunta. Se limitó a mirarme.

​De pronto, el pomo de la puerta giró. No hubo tiempo de reaccionar, ni de movernos, ni de fingir.

​—¡Muchachos! El desayuno está... —la voz de mi madre se detuvo en seco.

​Me tensé tanto que creo que dejé de respirar. Me desperté de golpe, parpadeando confundido ante la figura de mi madre parada en el umbral. Ella nos miraba con los ojos entrecerrados, analizando la escena con esa frialdad suya: su hijo, el heredero perfecto, el nieto que heredaría varios millones, durmiendo en el suelo de alfombra junto a él.

​—¿Por qué están durmiendo en el suelo? —preguntó ella, con un tono que mezclaba la sospecha con la desaprobación—. Tienes una cama tamaño King, Maximiliano. Pudieron haber dormido los tres en la misma.

​—Me... me caí —solté con una voz ronca de sueño. Me senté rápido, tratando de despeinarme para parecer más desorientado y justificar el desastre—. Y Alexis se despertó para ver si estaba bien y nos quedamos dormidos aquí. Es... es más cómodo de lo que parece.

​Jaden se quitó los auriculares en ese momento, mirando a mi madre con su habitual cara de "no me importa nada".

​—Yo le dije que la alfombra estaba sucia, pero no me hicieron caso —añadió Jaden, salvándonos extrañamente el pellejo con una mentira tan natural que casi me la creo hasta yo.

​Ella suspiró, cruzándose de brazos. Su mirada recorrió la habitación, deteniéndose un segundo de más en mis ojos.

​—Bájense a desayunar. Mareen llamó hace un rato preguntando por ti, Max. Dice que dejó algo en tu mochila ayer por error y vendrá a buscarlo en un par de horas.

​El nombre de Mareen cayó como una piedra en un estanque congelado. ¿Qué podría haber olvidado cuando justo ayer discutimos tan fuerte? No recordaba exactamente todo lo que pasó en medio de la rabia, pero lo único que tenía grabado a fuego era el "te amo" que le había dicho a Alexis sin motivo alguno.

​—Dile que no estoy —respondí secamente.

​—No seas grosero. Es tu novia —replicó ella antes de dar media vuelta e irse.

​Cuando la puerta se cerró, el silencio fue sepulcral. Me levanté del suelo de un salto y, lleno de frustración, le arrojé una almohada a Jaden.

​—¡¿Por qué no me despertaste?! —le grité.

​—Se veían como una pareja muy enamorada —dijo él, con una sonrisa que no me agradaba en lo absoluto.

​—Psicópata —susurré.

Miré a Jaden de reojo, sintiendo una punzada de irritación. Luego mis ojos se dirigieron a Alexis; tenía la cara completamente roja.

No podía creer que se estuviera tomando el comentario de ese idiota como un cumplido, pero verlo así hacía que mi corazón se ablandara de inmediato.

​—Iré a desayunar —anunció Jaden, levantándose y tirando todo lo que tenía a su alcance como si fuera dueño del lugar—. Tu madre me odia y me encantaría incomodarla un poco más.

​Salió de la habitación como si fastidiar a mi madre fuera su deporte favorito. Cuando la puerta se cerró, cerré los ojos un segundo, tratando de pensar con claridad, pero la presencia de Alexis en el suelo me distraía de cualquier lógica.

​—Buenos días —dije, haciendo un pequeño puchero.

​Él no me contestó; seguía perdido en sus propios pensamientos, probablemente procesando el caos de la mañana.

​—Oye, escucha a tus mayores —murmuré, acercándome lo suficiente para que los vellos de su nuca se erizaran.

—Bu... bu... —balbuceó él, totalmente desarmado.

—Bu —siseé divertido.

​Le di un beso de buenos días, rápido pero cargado de todo lo que no podía decir frente a los demás, y luego me levanté para enfrentar el pelotón de fusilamiento que me esperaba abajo.

​Cuando bajé las escaleras, el aire se volvió pesado. Mi padre.
mi madre...
Mareen.

Estaban todos sentados a la mesa. Me detuve en seco, mirándola. Ella sonreía con una dulzura angelical que me revolvió el estómago. La Mareen que yo conocía no se parecía en nada a la que tenía enfrente ahora; era un demonio disfrazado de cordero.

​Escuché los pasos de Alexis detrás de mí. Él la miró con una expresión extraña, una mezcla de incomodidad y rechazo, como si la sola idea de compartir la mesa con ella fuera un castigo.

​—Dijiste que ella llegaría más tarde —le reclamé a mi madre.

—Pensé que eso te obligaría a verla. Mírala, se vistió bien para ti —respondió ella con esa calma exasperante—. ¿No es un poco egoísta que la trates de esa manera tan cruel, Maximiliano?

—No voy a desayunar.

​Un silencio profundo y cortante atravesó el comedor. Mi madre, sin perder la compostura y con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, miró a quien estaba detrás de mí.

​—Ven, Alexis, siéntate con nosotros.

​Él asintió con una timidez forzada y se sentó junto a Jaden. No tuve más remedio que seguirlos para no empeorar la escena.

Me senté justo al lado de Mareen. Comí en silencio, sin preguntar qué hacía allí, sin cuestionar su regreso y sin dirigirle una sola palabra. Terminé mi plato mucho más rápido que el resto, impulsado por la necesidad urgente de salir de ese comedor.



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En el texto hay: #drama, #romanceadolencente, #silencio

Editado: 06.01.2026

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