Maximiliano Jones
Cuando me paré frente al comedor, el aire se sentía espeso. No tuve el valor de sentarme junto a mi padre, ni siquiera quería estar cerca de ellas. Saludé por pura educación, con una voz que apenas reconocí como la mía, y me senté en el otro extremo de la mesa, lo más lejos posible de la hipocresía que emanaba de mi madre y Mareen.
Ellas reían de cosas triviales, una risa que me incomodaba como el roce del papel de lija. Mi padre compartía algunas palabras, pero sus ojos no se despegaban de mí; me estaba estudiando, analizando cada gesto como si fuera un plano arquitectónico que no terminaba de encajar.
—Hijo —dijo finalmente mi padre, rompiendo el ciclo de risas—, ¿por qué no comes? Los rollos de huevo son tus favoritos.
Miré mi plato. Estaba intacto. Mi madre rodó los ojos con un fastidio evidente, como si mi falta de apetito fuera solo otra de mis "infantilidades".
—Está distanciado de su novia, es todo —soltó ella con desdén.
—¡No la quiero, mamá! —la interrumpí, sintiendo cómo el control se me escapaba de las manos—. ¿Papá, estás de acuerdo con que mi madre me fuerce a estar con alguien?
Mi padre guardó un silencio sepulcral. Yo exploté. Ni siquiera había probado bocado y mi mente ya estaba estallando. Estaba harto de que tomaran decisiones por mí cuando aún tengo la capacidad de hacerlo por mi cuenta.
—Mareen ya no me gusta —Dije firme.
—¿Entonces por qué me besaste hoy? —preguntó ella, clavando su mirada en la mía.
Cerré los ojos, maldiciendo ese error. Me estaba hundiendo en mi propia tumba; ese beso era la munición que mi madre necesitaba para creer que todavía había esperanza.
Comí mecánicamente, sin decir nada más, pero sentía la mirada fija de mi padre. Él sabía que algo más me estaba sucediendo.
—Celess —comenzó mi padre de nuevo, dirigiéndose a mi madre con una calma peligrosa—. Nuestro hijo ha estudiado en escuelas de prestigio, ha recibido cursos de defensa, supervivencia, deportes... es bueno en matemáticas y será el futuro arquitecto de la familia. ¿Por qué no dejas que tome sus propias decisiones?
Bebió un sorbo de vino. Dmitry era un hombre tranquilo, pero me conocía a la perfección.
—Dmitry —mi madre esbozó una sonrisa gélida—, Mareen y él hacen una pareja perfecta.
—Si tu vida es infeliz conmigo, ¿por qué tienes que hacer infeliz a mi hijo? Eres... egoísta.
Me quedé helado. Nunca había escuchado a mi padre hablarle así. Mareen, captando la tensión, se levantó de la mesa y se dirigió a la salida.
Me levanté tras ella; no quería ser testigo del colapso de mis padres ni de los fantasmas de su pasado.
—Tú estabas enamorado de mí. Lo único que hice fue hacerte el favor y darte un hijo, ¿qué más quieres de mí? —fue lo último que escuché de mi madre antes de que la puerta se cerrara tras de mí.
Salí al jardín. El aire fresco de la noche me golpeó la cara. Mareen estaba allí, mirando las estrellas con una sonrisa que no lograba descifrar.
Me puse a su lado, esperando el impacto. Ella giró a verme y la luna hizo que sus ojos verdes brillaran con una intensidad perturbadora.
—Alexis —dijo ella.
Lo soltó sin emoción, pero mi corazón dio un vuelco violento. No pude articular palabra. Ella comenzó a reírse, sin apartar su mirada de la mía.
—Es... la persona por la cual me cambiaste, ¿no? —continuó, disfrutando de mi silencio—. Siempre supe que Alexis te quería, pero no sabía de qué manera hasta hoy.
El nombre de Alexis, pronunciado por ella en el jardín de mi casa, sonaba como una sentencia de muerte. Recordé que él estaba arriba, en mi habitación, probablemente pegado a la ventana o tratando de no hacer ruido, sin saber que su nombre acababa de ser lanzado al aire como una granada.
No dije nada. El silencio entre nosotros se volvió denso, cargado de una verdad que ya no podía ocultar.
—Se atrevió a meterse con lo que es mío —sentenció ella.
Su sonrisa disminuyó lentamente, dejando paso a una expresión de frialdad absoluta.
Sentí un peso de culpa y, por alguna razón, una vergüenza que me quemaba por dentro. Mareen sacó su celular del bolso, desbloqueó la pantalla y la colocó frente a mis ojos con el brillo al máximo.
Era una foto. Nítida.
Alexis y yo besándonos.
Era el día en que Jaden había lanzado el balón.
No recordaba haber visto a nadie en ese momento, pero la realidad me golpeaba desde la pantalla: la foto era real.
—¿No se suponía que estaban en la enfermería? —logré articular, con la vista clavada en la imagen de nuestros labios unidos.
—Hay muchas personas que odian al trío de tercero de finanzas, Max.
Un escalofrío me recorrió la espalda. No era solo ella. Había más personas que sabían lo nuestro... personas que nos observaban desde las sombras de los pasillos del instituto. Me quedé sin palabras, sintiendo cómo el suelo cedía bajo mis pies.
—¿Vas a chantajearme con esa fotografía? —pregunté, y una sonrisa amarga, casi desquiciada, empezó a asomar en mi rostro—. ¿Es el único beso que pudiste captar? Vamos... creo que perdí la cuenta de cuántos besos nos damos al día.
—Pude haber chantajeado a Alexis primero, para que te dejara en paz y dejara de arruinar tu vida —respondió ella, guardando la distancia—. Pero no creo que fuera capaz de alejarse. A él no le importaría, al fin y al cabo... Alexis quiere que su relación sea oficial, que puedan amarse con libertad. Una foto que rumoree lo que él quiere sería una ventaja para él. Pero para ti... para ti sería una vergüenza.
Sus palabras dolían porque eran ciertas. Alexis era fuego y valentía; yo era sombras y secretos. Pero mi mente se negaba a aceptar que él pudiera hacerme daño. Alexis jamás usaría algo así para forzarme... ¿o sí?
—¿Qué quieres? —pregunté, rindiéndome finalmente—. ¿Qué finja que te amo?