Maximiliano Jones
Había tomado una decisión: obedecer la petición de Alexis.
<Pero si quieres que nuestra relación permanezca... debes decirle a tu padre que tú y yo nos amamos.>
Sabía que se refería a él por ser el único rastro de normalidad y cariño que me quedaba. No quería arrepentirme.
Caminé por toda mi habitación hasta desgastar la alfombra; no había dormido y las ojeras marcaban mi piel pálida como cicatrices de guerra. Mi cabello blanco lucía descuidado y mi cerebro era un campo de batalla en ruinas.
Abrí la puerta de su despacho. Mi padre detuvo su trabajo y me miró con una sonrisa, como si hubiera estado esperando este momento durante años.
—¿Qué pasa, hijo? —preguntó tranquilo, dejando su taza de café a un lado.
Cerré la puerta tras de mí, sellando nuestra privacidad, y me senté frente a él. Estaba listo. El sol comenzaba a morir tras el ventanal y el sueño me pesaba, pero la urgencia de Alexis en mi pecho me mantenía despierto.
—Mi madre me obliga a estar con Mareen —solté de repente.
El tecleo cesó. La decepción nubló su mirada; no hacia mí, sino hacia ella. Era inevitable no sentirse así cuando se hablaba de la mujer que intentaba movernos como piezas de ajedrez.
—Estoy enamorado de otra persona —añadí, con el corazón golpeando mis costillas.
Mi padre guardó silencio. Comencé a hablar, a derramar los sentimientos que me asfixiaban, pero omití el nombre de Alexis.
Le describí la necesidad, el deseo, la agonía de ser infeliz en una farsa. Él me escuchó sin los juicios ni los gritos que mi madre solía usar como látigos.
—Hablaré con tu madre —dijo finalmente—. Entiéndela, es la primera vez que traes a alguien a casa y está emocionada. Hablaré con ella si eso es lo que quieres.
No respondí. El nudo en mi garganta se apretaba.
—Quiero saber quién es la chica que te gusta, Maximiliano.
"Una chica".
El término golpeó la habitación como un bloque de hielo.
No lo es.
Sé que esperas el nombre de una mujer, una que encaje en los folletos de universidad y en las fotos de los periódicos.
Me quedé helado. Acababa de retroceder mil pasos hacia la oscuridad. Aun así, las palabras sobre él fluyeron por mi boca, imparables.
—Es una persona maravillosa —susurré, y sentí que la piel se me erizaba solo con el recuerdo—. Es la mejor sensación que ha probado mi piel. Cuando se acerca... es fascinante. Sus besos me dejan sin oxígeno; son adrenalina, tensión pura. Me siento profundamente amado y creo que, en algún momento, dejaría todo atrás por esa persona. Cada minuto a su lado vale la pena. Fue ahí donde...
Me di cuenta de que estaba ardiendo en el infierno. Lo raro es que se sentía bien.
El calor de ese pecado era más acogedor que el frío de esta mansión.
Mi padre sonreía mientras yo describía los detalles, ignorando que cada palabra era un tributo a un hombre, no a una mujer. Sonreía ante mi pasión, sin saber que el nombre que no me atrevía a pronunciar era el que destruiría su alegría.
La decisión que había tomado para hoy se quedó a mitad de camino, suspendida en el aire como una promesa rota.
Mi padre salió del despacho decidido a hablar con mi madre. En ese instante, saqué mi celular desbordando una alegría que no recordaba haber sentido.
Sentía que, aunque el paso no fuera gigante, era mi esfuerzo genuino por nosotros. Intenté llamar a Alexis varias veces, pero ninguna fue respondida.
Imaginé que estaba ocupado con su padre; no me importó.
La ansiedad que sentía era dulce, eléctrica. Por primera vez, veía un futuro: estudiando arquitectura, dirigiendo la compañía junto a mi padre y despertando cada mañana junto a la persona que más amo.
Pero la realidad de esta casa siempre termina por filtrarse bajo las puertas. Me acerqué al pasillo y escuché sus voces.
—No quiero volver a ver a esa chica, Mareen, en mi casa —la voz de mi padre era firme—. Max no la ama y no voy a permitir que sigamos arruinando la vida de nuestro hijo.
—Seguro lo dijo porque no sabe lo que quiere —respondió mi madre con esa frialdad que congela la sangre—. Mareen me dijo que lo ama, y eso es lo único que importa.
—Fue tu culpa que a sus diecinueve años siga en preparatoria —atacó mi madre—. Por tus viajes y tu trabajo terminamos aquí. Pudimos vivir en Canadá, tener una vida mejor, y tú solo me culpas por sus romances. Maximiliano es indeciso porque tú omites mis reglas.
—Celess... —susurró mi padre, intentando frenar el golpe.
Pero mi madre no tiene piedad. Su mejor estrategia siempre ha sido reducir a mi padre a nada; un hombre lleno de sentimientos intentando dialogar con una roca.
—Nuestro hijo se quedará con Mareen, le guste o no —sentenció ella—. ¿Crees que se vive de amor, Dmitry? ¿Por qué tienes un corazón tan bello? Eres el mejor esposo solo cuando obedeces y te quedas en silencio.
El silencio que siguió fue el sonido de la llave rompiéndose dentro de la cerradura. Mi padre no la encontró.
Sentí un punzón en el centro del pecho. Regresé al despacho y me desplomé en el sofá, mirando las motas de polvo flotar bajo la luz de las lámparas. Suspiré y marqué por última vez.
Cuando Alexis respondió, las palabras salieron de mí como una sentencia de muerte, sin darme otra oportunidad, rindiéndome a mi propia naturaleza absurda.
—No podemos estar juntos —dije, sintiendo el vacío—. Intenté decirle a mi padre, pero es imposible. No hay forma de que esto funcione.
Me acosté en el suelo frío, con el teléfono pegado a la oreja, esperando un reproche que no llegó. En su lugar, escuché la voz de Yara de fondo:
“¿Quién es? Se ve que no te cayó nada bien la noticia”.
Colgué de inmediato.
El mundo seguía girando para ellos; Yara caminaba en una carrera en la que yo ni siquiera podía competir.