"Por primera vez, mi "lo siento" No fue un escudo para evitar un golpe, sino una armadura para proteger el único latido que me hacía sentir vivo."
Alexis Torres
Desde que era niño, crecí con la idea de que mis padres no me querían por el simple hecho de haber nacido. La ausencia de mi padre no era una coincidencia, era un castigo que yo aceptaba como propio. Cada vez que lo veía, que eran pocas, sentía la necesidad de arrastrarme y pedir perdón por existir, por ocupar un espacio que él parecía despreciar.
Crecí con la certeza absoluta de que mis padres no me querían; yo no era un hijo, era el subproducto de un error que ellos tenían que cargar.
El no poder convivir con mi padre fue la primera cicatriz. Me convencí de que su ausencia era un castigo que yo merecía. Las pocas veces que aparecía, la casa se transformaba en un matadero de ilusiones.
Aquel día, mientras mi madre intentaba limpiar el sabor a hierro del rojo carmesí que manchaba la alfombra blanca.
Los gritos perforaban las paredes y el llanto de mi madre se convertía en la banda sonora de mis pesadillas.
—¡Alexis no tiene la culpa! —Decía ella entre lágrimas, mientras el sonido de un golpe seco contra la carne me obligaba a salir de mi escondite.
Mentira. Una mentira piadosa que yo no aceptaba. Me acercaba a la escena con las piernas temblando, viendo a mi madre desparramada en el suelo como una muñeca rota.
Mi padre se giraba hacia mí. Sus ojos no tenían luz, eran pozos de una furia tenebrosa que me paralizaba la sangre. Sentía que sus venas palpitaban con el deseo de borrarme de la faz de la tierra solo por haberme atrevido a mirar.
mi instinto de supervivencia tomó el control.
—¡Es mi culpa, papá! —me arrodillé ante aquel monstruo. Tenía cuatro años y temblaba de pies a cabeza, esperando el golpe sordo—. Lo siento. Ya no le pegues a mamá.
“Es mi culpa”.
“Lo siento”.
Eran palabras que escupía con desesperación, sin entender qué significaban, solo sabiendo que eran el único escudo que tenía. Me arrodillaba y bajaba la cabeza, esperando que el impacto terminara con el miedo, deseando que mi pequeño cuerpo fuera suficiente para saciar su odio.
Eran palabras que decía sin razón, sin comprender el concepto de la culpa, sin haber cometido un solo error.
—Ven aquí —rugió él.
Me sujetó de la muñeca con una fuerza que hizo crujir mis huesos y me arrastró, como si fuera un bulto de basura, hacia la habitación vacía. Aquella celda gris y húmeda donde el frío no venía del clima, sino de la falta de amor.
Me lanzó contra las baldosas. El golpe me robó el aire, pero el sonido de la puerta cerrándose con llave me robó el alma.
El vacío me rodeó. No había muebles, no había ventanas, solo paredes agrietadas que parecían cerrarse sobre mí. El suelo brillante reflejaba mi propia figura pequeña y rota, un recordatorio de mi soledad absoluta. Me sentía enterrado vivo.
—¡PERDÓNAME, PAPÁ! ¡VOY A SER BUENO! ¡SÁCAME DE AQUÍ! —mi voz se desgarraba en el eco de las paredes grises.
Golpeaba la madera de la puerta hasta que mis nudillos sangraron, pero mis manos eran demasiado cortas para alcanzar la libertad del pomo. Allí, en la oscuridad de esa habitación, nació mi kenofobia.
Aprendí a odiar los espacios vacíos porque el vacío era el lugar donde mi padre me abandonaba para que me pudriera con mi culpa.
"Lo siento"
"Es mi culpa:
Aprendí que "lo siento" era la palabra mágica que detenía los golpes.
Aprendí que culparse de todo era la única forma de mantener a la gente cerca.
"Lo siento"
"Es mi culpa"
Durante años, justifiqué esas palabras. Las dije millones de veces para calmar las aguas, para evitar incendios ajenos. Por eso, cuando Max me gritó en el hospital preguntándome de qué me culpaba, no supe qué responder. Para mí, la culpa es el único idioma que sé hablar para que la gente no se vaya.
—¿De qué te culpas, idiota? Soy yo el que no puede gritar que te ama.
Él no lo entiende. No entiende que prefiero ser el culpable de su dolor a ser el vacío de su ausencia. No entiende que cuando exijo un "lo siento", en realidad estoy pidiendo una prueba de que todavía existo para alguien.
Sé que tuve la culpa. Fui un egoísta. Te empujé al abismo de tu familia solo porque no soportaba sentirme solo en mi propia oscuridad.
<Si quieres que nuestra relación permanezca... debes decirle a tu padre que tú y yo nos amamos.>
No era una petición de amor. Era una sentencia de muerte que te dicté por puro terror al vacío.
No sé quién tiene la culpa, pero me quema por dentro que Max se esfuerce tanto en convencerme de que no es la mía.
Es raro.
Absurdo.
En mi mundo, las personas no regalan el perdón; lo venden caro o lo usan para humillarte. Que él no señale mi error me hace sentir desnudo, como si me faltara la armadura de la culpabilidad a la que me acostumbré desde los cuatro años.
Cúlpame a mí de todo, Max. Es más fácil. Yo sé cómo cargar con eso.
—Te amo, Alexis.
Sus palabras fueron lo único que logró acallar el ruido de las baldosas frías de mi memoria. Me pregunté, con un miedo punzante, en qué momento de la vida él se cansaría de mí.
¿Cuándo se daría cuenta de que solo soy un desastre que pide perdón por respirar?
Aun aquí, en la cama del hospital, no encontraba la forma de decirle que mi culpa es mi única identidad. Me mataba verlo intentar salvarme de mí mismo. Me mataba que no fuera él la persona a la que yo pudiera culpar de todo, porque entonces sería más fácil dejarlo ir. Pero no puedo.
La habitación estaba bañada por esa luz blanca y gélida, pero mientras estuviéramos juntos, podíamos fingir que era nuestro sol. Era un mundo maravilloso, un microclima de paz... pero incluso en nuestro refugio, yo no podía dejar de pensar en Mareen. En el veneno que nos inyectó. En el daño que seguía goteando sobre nosotros.