Alexis Torres
Si el mundo se deleitase con los errores de los demás, utilizando el "lo siento" como una victoria, entonces no merecemos llamarnos humanos. He vivido experiencias que solo aquellos que habitamos en el vacío podríamos entender. A veces, las personas que amas pueden hacerte daño, sin importar cuánto digan quererte. A pesar de ello, nos aferramos a la idea de que todo está bien. Queremos amar y ser amados, pero en esta casa, ambas cosas al mismo tiempo parecen una imposibilidad física.
La mansión de mi abuelo estaba cimentada sobre secretos, manchas de sangre lavadas con dinero y exigencias brutales para crear hijos perfectos. Mi abuelo quería tres herederos varones, hombres que alcanzaran el éxito por mérito propio antes de tocar la fortuna familiar.
Solo uno de ellos llenó sus expectativas: el niño prodigio, el hombre estratégico que sabía cómo hacer sentir estúpidos a los demás sin usar un solo insulto.
Mi padre, Izan Torres.
Él fue más allá de lo que cualquiera esperaba. Diagnosticado desde pequeño con un trastorno de personalidad antisocial, creció con un vacío que ni el amor de sus padres pudo llenar. Aunque los años calmaron los impulsos, nadie sabía qué tipo de tormenta se gestaba en su cabeza.
Fuera de casa, era el hombre serio y exitoso; dentro, era un terror silencioso. Los primeros años de su matrimonio fueron un infierno de ventanas rotas y odio. Con el tiempo, los golpes a puño cerrado se convirtieron en bofetadas y palabras que cortaban más que el cristal.
Nadie sabía lo que pasaba en casa. Solo nosotros, los que sobrevivíamos entre sus paredes.
Y ahora, estábamos celebrando el cumpleaños de aquel hombre, sentados a la mesa con lo que él, por desgracia, llamaba familia. La cena era espectacular, diseñada para impresionar a los nuevos invitados: Lean Chester y su hija.
Me sentaron estratégicamente junto a la chica Chester, una pieza más en el tablero de ajedrez de mi abuelo. Pero al otro extremo, justo donde el aire se sentía más pesado, estaba Maximiliano Jones. El chico que yo quería en mi vida estaba siendo testigo del teatro de mi existencia.
La mesa se llenó de risas falsas y conversaciones políticas. Para nosotros, aquello era un suplicio, pero el protocolo dictaba que los adolescentes debían callar hasta ser interrogados. Mi teléfono no paraba de vibrar en mi bolsillo. Eran los mensajes de Max, que estaba a solo unos metros, pero a un mundo de distancia.
Max:
《Estoy incómodo, quiero irme a casa.》
Max:
《¿Por qué sentaron a esa chica al lado tuyo?》
Max:
《En serio, no soporto estar aquí... siento un mal presentimiento.》
Miré a Max de reojo. Sus dedos jugueteaban con el tenedor y su mirada gritaba auxilio. Yo también sentía ese peso en el pecho. La presencia de los Chester no era una coincidencia; era el primer movimiento de una guerra que mi padre y mi abuelo habían planeado mucho antes de que bajáramos a cenar.
—Alexis, querido —la voz de mi abuelo rompió mis pensamientos, resonando en el comedor—, ¿no te parece que la señorita Chester ha crecido para ser una mujer encantadora? Lean y yo estábamos comentando lo bien que lucirían nuestros apellidos unidos en un futuro no muy lejano.
Sentí el frío del mármol bajo mis manos. El "lo siento" se me agolpaba en la garganta, pero esta vez no era para pedir perdón, sino por el desastre que estaba a punto de ocurrir.
—¿Qué opinas, Jones? —soltó mi padre, dejando caer el tenedor sobre la porcelana con un sonido seco—. ¿Tú también crees que mi hijo debería casarse con una mujer como la señorita Chester, o tienes una opinión... diferente?
El silencio sepulcral que siguió a la pregunta fue cortante. Max dejó caer su cubierto al suelo, un error que en esta mesa equivalía a un pecado. Me tensé, preguntándome por qué mi padre lo atacaba a él directamente. ¿Acaso sospechaba? ¿O era solo su forma de humillar al invitado?
Pero Max no se quebró. Se enderezó, miró a mi padre a los ojos y sonrió con una firmeza que me dejó sin aliento.
—Es una terrible decisión hablar de matrimonio cuando Alexis apenas tiene diecisiete años —respondió Max, con voz clara—. Los dieciocho son una etapa de rebeldía, de descubrir quiénes somos. Casarse ahora sería un error.
Mi padre miró a mi abuelo con una satisfacción retorcida.
—Jones tiene razón, papá —añadió Izan—. Opino lo mismo.
Aproveché la brecha de cordura.
—No me casaré con la señorita Chester. Siempre he dicho que me casaré una vez en la vida, y será con alguien a quien realmente ame.
Mi abuelo sonrió con malicia. Lean Chester lucía ofendido, como si acabara de ver un cheque romperse frente a sus ojos.
—Si mi nieto quiere casarse por amor... es una pena que el negocio haya salido mal, Lean —sentenció el abuelo Evans, dándome la victoria.
Él era así: un hombre gélido, pero mi único aliado frente a la sombra de mi padre. Sin embargo, la victoria sabía a ceniza cuando miré a Max. Estaba pálido.
—Disculpen, necesito aire fresco —dijo Max, levantándose bruscamente.
—Alexis, acompáñalo al jardín —ordenó mi abuelo.
Salimos al aire de la noche. Max caminó hasta perderse entre las sombras de las luces bajas del jardín. Estaba cruzado de brazos, una silueta rígida contra la oscuridad.
—¿Te incomoda mi familia? —pregunté, acercándome con cautela.
—Me molesta la chica que estaba sentada a tu lado. No paraba de verte —soltó él, sin darme la cara.
Me dio gracia. No sabía que Max podía ser tan celoso, incluso en medio de este caos. Me acerqué y lo abracé por detrás, hundiendo mi rostro en su cuello y dejando un beso allí. Pero su respuesta no fue una risa; fue una confesión dolorosa.
—Tengo miedo, Alexis. Es todo. Eres capaz de darme tu propia sangre para cuidarme, pero... si acepto esto, mis padres me odiarían. Me quedaría sin nada. Tú serías lo único a lo que me aferraría... ¿y si me dejas? ¿Quién me defendería entonces?