Todo lo que no te dije

Capítulo catorce— Náusea de la incertidumbre

Max Jones

Supe hace mucho lo que era ese presentimiento. Esa extrañeza de que el abuelo de Alexis reaccionara de manera tan pasiva al enterarse de lo nuestro, aceptándolo como si fuera lo más normal del mundo. Ese malestar que me carcomía las entrañas por fin tenía un nombre.

​Todo volvió a esa noche, tras la celebración del cumpleaños del señor Izan Torres. Mis padres habían ido por mí y, al llegar a casa, me encerré en mi habitación. Estaba acostado, lidiando con ese nudo en el estómago pero, a la vez, feliz. No me había sentido tan vivo como cuando estaba al lado de Alexis. Solo esperaba que amaneciera para volver a verlo.

​Hasta que todo se volvió una basura.

​Mi madre entró en la habitación. Me miró con esa frialdad habitual y me senté en la esquina de la cama, esperando el golpe verbal.

​—Te irás a la casa de tu abuela en dos días —sentenció, firme, cruzando los brazos con superioridad.

​Me quedé helado. ¿Volver a Canadá? ¿Por qué una decisión tan repentina justo ahora?

—¿Qué? —fue lo único que pude articular—. No, mamá. Ya casi termino mis estudios para ir a la universidad. No voy a repetir el año.

​—Hablé con tus profesores —respondió ella sin inmutarse—. Tuvimos una junta; puedes tomar las clases virtuales. Solo falta un mes para terminar.
​—No me iré. Quiero estar aquí, además, soy mayor de edad.

​El impacto de su mano contra mi mejilla me dejó sordo por un segundo. Me quedé quieto, callado. Su agresividad ya no me sorprendía, pero el fuego en mi interior empezaba a arder. Me levanté y caminé hacia la ventana, buscando aire, buscando no perder el control.

​—¿Quieres quedarte por tus estudios... o por el nieto de Evans Torres?

​El mundo se derrumbó. Sentí cómo las paredes de la habitación se cerraban sobre mí.

—Mamá... —susurré, con el corazón martilleando en mis oídos.

​Ella se sentó en mi silla, tomó mis manos con una falsa ternura que me dio náuseas.

—¿Qué hice mal, Maximiliano? Te he criado con amor... y tú me sales con esta bajeza asquerosa y repugnante con el nieto de Torres.

​—¿Quién te lo dijo? —pregunté, aunque ya lo sabía.

​—Mareen. Ella me lo dijo todo. Y tuve la decencia de creerle.

​Sonreí con amargura. Aquel mensaje de texto extraño de Mareen cobraba sentido. Ella no se iba a quedar de brazos cruzados. Pero el presentimiento me decía que había algo más grande. Mareen no tenía tanto poder sola.

​—Mareen no fue la única, ¿verdad? Dime quién más te ayudó a confirmarlo.

​Mi madre guardó silencio, protegiendo a su cómplice.

—¡Mamá! —le grité.

​Suspiró y sacó su celular. Me mostró dos fotos: la que Mareen usaba para chantajearme y otra... una captura nítida de las cámaras de seguridad del jardín de la Mansión Torres.

​—¡Evans Torres me ayudó! —exclamó ella con odio—. Él no quiere que su nieto esté con un hombre, ¡y yo tampoco voy a permitir que mi hijo lo esté!

​Sentí una náusea física. Estaban conspirando. El abuelo de Alexis fingió aceptarnos solo para vigilarnos y darnos el golpe final. La rabia sustituyó al miedo. El peso de las cadenas que me ataban a las expectativas de mi madre se sintió más ligero porque, por fin, ya no había secretos que guardar.

​—Mamá... me gusta Alexis. Y estoy decidido a quedarme con él cueste lo que cueste porque lo amo. Pídeme lo que quieras, pero no me pidas que me vaya y lo deje atrás.

​Mi madre se levantó, con los ojos inyectados en llanto y furia. Se veía como una bomba a punto de estallar. Yo me mantuve firme, respirando el aire de una libertad que sabía que me costaría caro.

​—Primero me mato —dejó claro que esto no era una discusión, sino una guerra a muerte.

​Lo dijo con una seguridad que me cortó la respiración. Sus palabras tenían un filo tan real que sentí el frío del metal en mi cuello.

Aunque mi madre fuera insoportable, era mi madre. La quería con un instinto ciego que ahora ella estaba usando para apuñalarme. Su decisión era lo último que esperaba; no quería ese cargo de conciencia en mi vida, no quería cargar con su muerte solo por buscar mi felicidad.

​—No te creo —le grité, con la voz rota—. Me mientes todo el tiempo y dices que es "por mi bien", pero solo es por tu imagen. ¡Me estás chantajeando! ¡No me digas eso, mamá!

​—Tú decides, Maximiliano: Evans Alexis Torres Harper o... tu madre.

​Me quedé paralizado. Por primera vez, las riendas estaban en mis manos, pero se sentían como alambre de espino. Mi madre salió de la habitación para evitarme, pero la seguí, bajando las escaleras en una persecución desesperada hasta la sala, donde mi padre nos esperaba como un juez de piedra.

​—Dile a tu hijo... que acabe la relación con Alexis Torres ahora mismo —le ordenó ella a él, sin siquiera mirarme.

​En mi propia casa sentí la humillación más profunda. Vergüenza, asco y una soledad absoluta. Mis manos temblaban tanto que tuve que esconderlas, sintiendo que mis pies se hundían en el frío suelo de cuarzo mientras el mundo se desmoronaba bajo mis zapatos.

​—¡No te quiero cerca de él a menos que sea para romper lazos con esa familia! —exclamó mi madre.

​—No... no puedo —susurré, mientras las lágrimas quemaban—. Lo amo.

​—¿Cómo puedes decir eso? Termina esto en una semana. Te quedarás con tu abuela en Canadá, de donde nunca debiste salir.

​Desde ese momento, el silencio fue mi única arma y mi propia cárcel. Por eso bloqueé a Alexis. Por eso lo ignoré hasta volverlo loco. Aquellos besos que le di en el pasillo eran mi único medicamento, la anestesia para no gritarle la verdad: que lo amo, que no quiero separarme de él, pero que mi vida es ahora una odisea de terror.

​Aquella maleta en el auto no era mia. Era de mi madre. En sus amenazas, ella había atentado contra su propia vida y yo, consumido por la culpa, había decidido protegerla a ella antes que a mi propio corazón.



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En el texto hay: #drama, #romanceadolencente, #silencio

Editado: 01.03.2026

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