Todo lo que no te dije

Capítulo Diecisiete — Alexisexual

Ocho años después

Regresé al país donde viví toda mi vida y al estado del que hui como un cobarde. Delaware: aquel lugar hermoso, de clima relajante, que alguna vez fue mi hogar. Me encontraba en el mismo aeropuerto donde esperé a alguien durante mucho tiempo; alguien que nunca se presentó, ni siquiera para decirme que no se iría conmigo.

​Sin embargo, estos ocho años me sirvieron para prepararme. Me enfoqué en mis estudios, especialmente en la abogacía. En cuanto crucé la puerta de salida, dos hombres se pusieron a mi disposición de inmediato.

​—Toma mi maleta —le ordené a uno de ellos.

​El hombre la tomó sin rechistar mientras yo caminaba hacia la salida. Allí esperaba un viejo amigo, un fiscal que había conocido durante mi estadía fuera de Estados Unidos. Miraba a mi alrededor, notando lo diferente y lindo que se veía todo después de tanto tiempo.

​—¡Licenciado Jones! —gritó el fiscal, levantando la mano para llamar mi atención—. Aquí estoy. Tengo un caso para usted, es urgente.

​Me quité los lentes de sol y lo miré con fijeza.
​—Apenas pongo un pie en el estado de Delaware y ya me esta dando trabajo —solté con un gesto de fastidio—. Solo vine porque me aseguro que sería de muy buena paga.

​Me acerqué a su auto y uno de los guardaespaldas me abrió la puerta; era un gesto al que ya me había acostumbrado hace mucho tiempo. Me senté, cerré la puerta y guardé mis lentes en el bolsillo del saco.

​—Hace unos meses que no lo veo, Licenciado, y usted... tiene mucho más carácter —comentó el fiscal.

​—Este trabajo me obligó a ser más duro con las personas —respondí cortante, manteniendo la distancia.

​Miré por la ventana con una calma aparente, pero de repente recordé que era mi primer día aquí y ya me recibían con obligaciones. Pateé el asiento de enfrente, un poco irritado.

​—Dime, ¿por qué no lo saca usted de allí? —pregunté de manera hostil.

​—Le pagarán muy bien, licenciado. Además, un dinero extra en su bolsillo nunca viene mal.

​"Supongo que sí", pensé.

​—¿Quién es? —pregunté, apoyando la cabeza en la puerta—. Estoy cansado.

​—Está en los separos. Se niega a llamar a su abogado de cabecera y la empresa me pidió a alguien externo, alguien de peso. Lo recordé a usted. Sería su primer caso aquí en el país.

​—No me importa. Digame quién es y de qué lo acusan. ¡Hable ya! No quiero sus estúpidos elogios.

​—Bien...

​Al fiscal le temblaron las manos mientras sacaba un sobre amarillo de su maletín. Se tardaba tanto en abrirlo que se lo arrebaté de un tirón. Pero, apenas vi la foto... me quedé helado. El aire se detuvo en mis pulmones.

​—Es el nieto del dueño de la financiera... del Banco Wuili —dijo el fiscal—. Evans Alexis Torres Harper.

​Ese nombre comenzó a retumbar en mi mente como una ráfaga de artillería. Mis ojos se abrieron desmesuradamente y sentí cómo mi corazón latía con una fuerza violenta; podía escuchar el sonido del "pum, pum" retumbando en mi pecho.

​Escuchar ese nombre después de ocho años me provocó un sismo interno. Se me erizó la piel.
​Alexis...

​—Está detenido hace una semana por el supuesto asesinato de Fer Quinlan, cerca de una zona restringida por el muelle —continuó el fiscal—. No ha pronunciado ni una palabra, y la policía se está aprovechando de su silencio para retenerlo todo el tiempo posible.

​Me entregó el resto del expediente. Toda la evidencia tomada era de una naturaleza violenta; las imágenes eran crudas, terribles, cargadas de una agresividad que me revolvió el estómago. Todo el material declaraba una sola sentencia:

Culpable.

​Su imagen aparecía clara, con su cuerpo junto al cadáver y un arma registrada a su nombre. Había demasiados cabos sueltos que lo señalaban directamente a él.

​—Tenemos que ir a los separos para que pueda conocer al cliente —dijo el fiscal.

​Asentí, pero por dentro los nervios me estaban consumiendo. No sabía cómo reaccionar ni qué decir; no tenía idea de qué haría cuando lo tuviera frente a mí. Porque, aunque pusiera mil excusas profesionales, la realidad era una sola: si vine, fue por él.

​No pude cumplir ninguna de las promesas que me hice hace ocho años. No cumplí los sueños que juré alcanzar. Todo lo que dije que haría lo hice mal, o al revés, porque mi mente nunca logró borrar su presencia, su sonrisa ni su carisma. Sin duda alguna, no sabía cómo había sido capaz de tardar tanto tiempo en regresar.

​—¿Está nervioso, Licenciado Jones? —preguntó el fiscal, observándome de reojo.

​—N-no —balbuceé, tratando de recuperar mi postura—. Es solo que volver a Delaware es... fascinante. Es lindo estar de vuelta.

​—Por suerte, sus papeles para ejercer aquí ya están listos. Solo falta que usted defienda el caso.

​—Sí, claro.

​El problema no era ejercer en este país; el problema era que iba a defenderlo a él de un cargo de homicidio. Me aterraba la posibilidad de que realmente fuera culpable.

​—Fiscal Han Favre... ¿Está seguro de que el señor Evans es culpable?

​—No lo sé. Mi jefe solo me ordenó que lo sacara de ahí. Las pruebas más contundentes de su culpabilidad aún no las tiene la policía; lo único que poseen por ahora es su presencia en la escena. Lo han retenido tanto tiempo porque, por alguna extraña razón, a él no parece molestarle quedarse encerrado.

​¿Cómo no iba a molestarle? Es un lugar terrible. ¿Qué tanto había cambiado Alexis en estos ocho años para que una celda le resultara más cómoda que el mundo exterior?

Llegamos a los separos. Caminé nervioso; después de ocho años lo volvería a ver. No sé en qué términos exactamente nos fuimos, pero me ponía tenso saber cómo estaría. ¿Estaría más alto? O tal vez más guapo... no sabía qué podría pasar cuando abriera esa puerta.



#1065 en Otros
#169 en Relatos cortos

En el texto hay: #drama, #romanceadolencente, #silencio

Editado: 21.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.