Tomé el saco del perchero y salí de la suite a tropezones, ignorando las advertencias del fiscal que se quedaba inmóvil en medio de mi habitación. El pasillo del hotel me pareció infinito, las luces parpadeaban al ritmo de mi pulso acelerado. En mi mente solo se repetía una dirección: Royal Heights.
No me importaba el prestigio, no me importaba mi carrera, ni el compromiso roto en Suiza, ni la mirada de desprecio que me dio esta tarde. Solo me importaba él. El mundo podía seguir girando, pero mi eje se había quedado detenido en Delaware hace ocho años.
Subí al auto del año que me había dado la fiscalía. Mis manos temblaban al encender el motor y el GPS me marcaba el camino hacia lo que, muy probablemente, sería mi destrucción total.
—Ahí voy, Alexis —susurré contra el volante, mientras las lágrimas finalmente empezaban a nublarme la vista—. Ahí voy para que me termines de matar o para que me enseñes a vivir de nuevo.
Cuando llegué a aquel edificio, agradecí que hubiera alguien para parquear los coches. Le entregué las llaves al valet y entré al lobby con el mundo dándome vueltas.
En la recepción había una chica joven. Apoyé mis manos y la botella directamente sobre el mostrador, mirándola con una necesidad desesperada y urgente.
—¿Dónde vive... Evans Harper... Torres Alexis? —susurré, arrastrando las palabras. Había dicho su nombre al revés, pero ya no me importaba.
—No puedo darle esa información, el señor Evans pidió que...
Me reí en su cara. Saqué mi billetera y puse varios billetes sobre la mesa; eran francos suizos, pero el alcohol me había nublado el juicio por completo. La recepcionista miró el dinero y lo tomó, como cualquier persona promedio con necesidades.
—Piso 9, penthouse 1, del lado derecho —soltó sin mirarme.
Tomé la botella y me dirigí al ascensor. Al intentar salir en el piso indicado, mis piernas fallaron y caí de rodillas, pero me levanté como pude y seguí el camino. Por suerte, su puerta estaba cerca.
—¡Alexis! —comencé a gritar mientras golpeaba la madera con fuerza.
No se escuchaba nada dentro. Mientras esperaba, incliné la botella para apurar los últimos tres tragos que quedaban. Sentía la mirada molesta de los vecinos, pero no pensaba moverme de allí hasta verlo.
Diez minutos después, la puerta se abrió de golpe. Alexis apareció envuelto en una toalla, con el cabello húmedo y la mirada encendida en furia. Me tomó de la mano y me arrastró hacia el interior de la casa de un tirón; seguramente el escándalo le estaba provocando una vergüenza insoportable.
—¿Por qué haces este espectáculo? —susurró con una voz que cortaba como el hielo.
—Porque me quiero despedir de ti... —balbuceé, tambaleándome—. Me voy porque tú ya no me quieres...
—No quiero hablar de eso ahora. Vete de mi casa. Adiós —respondió, abriendo de nuevo la puerta para echarme.
Se alejó un poco para evitar que lo tocara, pero logré atrapar sus manos. Sus palmas estaban frías, igual que su mirada.
—Oye... aunque me corras... te amo.
Alexis se tensó. Sus ojos, antes vacíos, se llenaron de un resentimiento que me quemó la piel.
—Maximiliano... me rompiste de las peores maneras posibles —dijo, manteniendo la voz baja pero letal—. ¿Venir borracho a mi puerta es tu gran solución? No tengo tiempo para esto. Ya dijiste lo que tenías que decir, ahora lárgate.
—¡Te amo! —repetí, gritando desde el fondo de mi alma rota.
Alexis me miró por última vez, con una indiferencia que dolía más que un golpe, y sentenció antes de cerrar la puerta:
—Qué mal por ti.
Esas palabras cortantes dejaron una puñalada en mi corazón. Los últimos tres tragos se convirtieron en uno solo; la botella estaba completamente vacía. Podía sentir cómo mi corazón y mi alma se partían en mil pedazos...
Me quedé en silencio, procesando el vacío. Supongo que él se dio cuenta de que había ido demasiado lejos, porque susurró:
—Perdón.
—No quiero tu perdón —respondí con la voz rota—. Vamos, dime todo lo que no me dijiste cuando me fui, cuando te tiré como a un perro. Hazlo. Tal vez así pueda dejar de amarte. Todos los días pensaba en ti; veía los videos que grabamos desde niños. Creí que te vería en las noticias, pero desapareciste después de dos años.
Me sentía tan imbécil. Rogándole a un idiota que no me quería... ¿Así se ven los que recogen migajas?
—No volví porque pensé que me odiarías. No volví porque creí que tu vida era perfecta y que yo solo la arruinaría. Sé que tardé, pero ahora puedo defender lo nuestro porque sé que te amo. Lo sé perfectamente. Te amo, te amo... y no sé si podré amar a alguien como tú en otra vida. Haces que me sienta feliz, amado, escuchado, adorado. Pero está bien. Dime cuánto me odias, cruzaré esa puerta y luego las puertas de un avión.
Tiré la botella al suelo. Estaba a punto de agacharme para recogerla, pero él sostuvo mi cabeza con sus manos, obligándome a mirarlo. Me observaba fríamente. Yo intentaba alcanzar el vidrio, pero ¿de qué servía si ya no tenía nada dentro?
—Me iré si me das otra botella —le reté.
Él se movió hacia la cocina sin decir nada. Buscó en sus estantes una botella de vino, la abrió y me la entregó. Luego, abrió la puerta de su penthouse. Sentí que, de verdad, yo era un estorbo. Salí
lentamente, arrastrando los pies. Volteé para decirle buenas noches, pero me cerró la puerta en la cara antes de que pudiera gesticular una palabra.
De repente, una canción comenzó a retumbar en mi mente:
𝄞 Si tú me quisieras... yo dejaba todo... ♫
En ese momento, mi mundo volvió a la "normalidad". No tenía amor, no tenía motivos para preocuparme por nadie. Esa sensación de amar tenía que acabarse hoy. Le di un trago al vino que me dio; era muy fuerte, pero ¿qué más daba? Él me lo había dado. Seguramente no me mataría.