Después de esa discusión, salí de su casa tal como él lo pidió. Yo también estaba furioso y, honestamente, no me arrepentía de lo que había dicho. Se estaba convirtiendo en alguien que antes detestaba, y alguien tenía que decírselo en la cara.
Mientras bajaba en el ascensor, llamé al fiscal Han. Traté de contenerme; no quería desquitar mi enojo con él, a pesar de que los nervios me traicionaban.
—^He estado preocupado por usted toda la noche —respondió Han de inmediato—. Ayer salió del hotel borracho y solo. ¿Está bien? ¿No chocó?^
—Estoy bien —suspiré, tratando de enfocar la vista—. No sé dónde está el auto. Apenas voy bajando al estacionamiento.
—^Lo he estado buscando. Quería decirle que no puede irse ahora. El caso de Evans Torres tendrá un nuevo juicio.^
—Es ridículo. No está en la cárcel, se dictaminó que no es culpable —respondí con tono serio, sintiendo que la cabeza me iba a estallar.
—^Le diré la verdad: Evans trabaja en una empresa muy controversial. Muchos empleados han terminado en los separos bajo la misma suposición y, milagrosamente, siempre salen libres. El juez tiene sospechas fundadas y quiere realizar un último juicio definitivo.^
Suspiré agobiado. Por mala costumbre, me rasqué la ceja mientras procesaba la información.
—Tengo un vuelo, fiscal Han. Usted es capaz de ganar ese juicio solo.
—^Quédese un tiempo —insistió, y su voz denotaba una preocupación genuina—. Necesito que me ayude a ganar este caso. Sin usted, esto podría caerse.^
Cerré los ojos. Tal vez... tal vez era obra del destino que tuviera que quedarme un tiempo más, aunque cada fibra de mi ser quisiera huir de la mirada gélida de Alexis.
—Está bien —dije entre dientes.
La llamada se cortó en cuanto entró una nueva. Contesté sin mirar.
—Licenciado, no hay vuelos a las ocho de la noche a Nueva York. Hay uno a las cuatro de la tarde, ¿quiere que...?
—Cancela el vuelo, Ari —la interrumpí—. Te llamaré cuando necesite los papeles del caso de la mujer que pelea la custodia de sus hijos.
El elevador bajaba rápido, pero mi mente iba a una velocidad mayor. Está bien, me quedo. Llegué ocho años tarde y era obvio que su amor no iba a ser tan fuerte como para perdonarme en una noche. Pero si el destino me quería aquí, le daría a Alexis la defensa que se merecía, aunque él me odiara por ello.
Caminé hacia la salida, pero antes de cruzar el umbral hacia la vida real, la recepcionista me llamó. Me acerqué por pura educación y apoyé los codos en el mostrador, tratando de ocultar el rastro de la discusión que acababa de tener.
—Supe que ayer usted estuvo en el último piso, en los penthouse —dijo ella, observándome con curiosidad.
Supuse que ella no era la misma que me recibió anoche; realmente no tenía idea de cómo había logrado entrar. Asentí en silencio y ella continuó.
—Es muy extraño que el señor Evans reciba visitas de amigos.
—¿Ninguno de sus amigos lo visita? —pregunté, sintiendo un pinchazo de interés.
—El señor pidió estrictamente que no se le diera el número de piso ni del penthouse a nadie. Jamás.
Solté una risa seca, sin rastro de humor.
—¿Y entonces por qué me lo dieron a mí?
La recepcionista dudó. Parecía estar debatiendo internamente si debía contarme lo que sabía. Me miró fijamente antes de soltar la bomba:
—Tuvo que ser Yelim —susurró—. No me gusta hablar mal de mis compañeras, pero todos sabemos que ella se acuesta con ese hombre la mayoría de las noches. Aunque no son muchas, ya que la jornada laboral de él es de cinco de la tarde a seis de la mañana.
Sentí que las piernas me flaqueaban. El aire se volvió pesado en mis pulmones. La recepcionista me dedicó una sonrisa nerviosa, pero yo ya no podía articular palabra. Salí del edificio casi por inercia.
Afuera, el valet me entregó las llaves. Me tomé un segundo para revisar la camioneta; milagrosamente, no tenía ni un raspón. Seguía viva, igual que yo, aunque por dentro me sentía en ruinas.
Encendí el motor y me quedé hipnotizado, procesando las palabras de esa mujer. Ahora entendía por qué Alexis tenía acceso inmediato a las cámaras del lobby; era obvio, y mi desesperación por arreglar las cosas me había impedido verlo.
—Tienes con qué entretenerte... —susurré para mí mismo, apretando el volante con fuerza.
Arranqué hacia el juzgado para encontrarme con el fiscal Han. A pesar de que el trabajo me esperaba, mi mente no podía soltar la idea de que había sido reemplazado. Me dolía, me quemaba el orgullo, pero me recordé a mí mismo que no tenía derecho a reprochar nada. Yo lo abandoné primero.
Durante todo el camino, la imagen de esa mujer, Yelim, no me dejó en paz. La recordaba vagamente del lobby: piel pálida como la mía, cabello liso impecable, ojos grandes y una sonrisa permanente. Un maquillaje limpio, sencillo, perfecto.
¿Ella es mejor que yo? ¿Ella logró que te olvidaras de mí?
Cuando llegué al juzgado, el fiscal Han se mostró extrañamente distante, a pesar de haberme suplicado que me quedara. En fin, supuse que yo también debía acostumbrarme a recuperar mi faceta de hombre serio, el abogado al que no le importa nada más que ganar.
Me senté a revisar los detalles del juicio, esperando a ver qué pedía la parte demandante y cuáles eran sus argumentos. Mientras leía las pruebas, me di cuenta de que, aunque eran válidas, había vacíos legales que me dejaban indefenso. Necesitaba respuestas, pero hablar con Alexis era como intentar sacarle agua a una piedra.
Para mi absoluta sorpresa, el fiscal Han se presentó como el fiscal a cargo de la acusación. Oculté mi asombro tras una máscara de profesionalismo, pero por dentro no entendía qué demonios estaba pasando. Él expuso puntos muy bajos, argumentos débiles que yo pude desmantelar con facilidad. Era obvio que yo ganaría esa primera ronda.