Todo lo que no te dije

Capítulo veinte — conocidos

Alguna vez quise entender el verdadero concepto del amor. Hay miles de definiciones, pero todas desembocan en la misma orilla: el deseo desesperado de estar con esa persona.

​Durante años creí que el amor existe, pero que simplemente lo buscamos donde no debemos. Lo buscamos en quienes nos rompen, en quienes alimentan nuestras inseguridades y resaltan nuestros defectos. Y ahí nos quedamos, tratando de hacer lo que podemos con los pedazos.

​Aún no sé qué es amar, solo sé que el amor duele. Quema como el fuego y escuece como el hielo. Es todo lo que puede ser peligroso; somos seres humanos que deciden incinerarse con lo que desean.

​Una vez, mi padre dijo:

​"La amé cuando era imposible y, cuando fue posible, ya no sabía cómo hacerlo".

​Él me contó que estuvo enamorado de mi madre desde la infancia. Me habló de su manera de querer, y yo, que siempre pensé que su frialdad había nacido con el matrimonio, me equivoqué. Su silencio venía de más atrás.

Era un rasgo genético, una herencia de mi abuela Eve Lioré, una mujer que amaba desde los huesos pero en absoluto mutismo, perdida en el carisma arrollador de mi abuelo Evans.

​En las cenas de la mansión Torres Lioré, entre bailes y alcohol, había dos niños sentados en una esquina esperando a que la fiesta terminara. Mi padre, sentado junto a mi madre, no podía evitar que su corazón martilleara con una violencia ensordecedora.

Ella era hermosa: cabello largo, una sonrisa que iluminaba hasta el rincón más aburrido.
​Él quería eso. Quería reflejarse en ella como su madre lo hizo con su padre.

Un matrimonio sano, verdadero, nacido del contraste. Pero algo lo detenía. El silencio fue más fuerte que el latido. Cada vez que ella se acercaba, el rostro de mi padre pasaba por todos los tonos del rojo, desde el durazno hasta el tomate.

​—¡Ja, ja, ja! ¡Pareces un tomate! ¡Eres muy chistoso, Izan!

​Eran palabras que él nunca había escuchado. Sintió vergüenza, se sintió incapaz. Nunca habló. Nunca dijo que sentía mariposas que se convertían en huracanes. Nunca peleó por su amor.

​—Eres muy callado, Izan —decía mi madre, apoyando la cabeza en su hombro.

—Lo siento.

—No lo lamentes. ¡Eres un buen hombre! Dicen que las personas calladas son las mejores que hay.

​Ella le tomaba las manos con una inocencia que no sospechaba el volcán que se acumulaba en él. Pero el silencio tiene un precio, y el suyo fue perderla.

​—¡Izan! ¡Katherine Harper y yo ya somos novios! Gracias por ayudarme.

Esa frase de su amigo Marc fue el final.
Mi padre nunca luchó. Guardó tanto amor que terminó por quebrarse por dentro. El amor se quedó como un recuerdo, como una imposibilidad.

Cuando finalmente se casaron, tenerla cerca fue extraño. Se sentía como una traición al amigo que ya no estaba, a pesar de que ella misma lo había elegido a él como el mejor candidato. Pero el amor acumulado, al no encontrar salida, se pudrió. Se convirtió en resentimiento, en frustración, en odio.

Él la odia porque la amó demasiado.

Ese tipo de amor no se libera: se queda atrapado. Y cuando un sentimiento tan grande no tiene dónde vivir, empieza a devorarte.

Le enseñaron qué era el amor, pero no cómo amar. Practicó mil veces frente al espejo un «Katherine, me gustas mucho». Pero se quedó en la práctica. Nunca llegó al examen.

​A pesar de que puedo llegar a entender que su silencio fue un error, mi padre es la última persona a la que perdonaría. El hecho de que ya no supieras cómo amar no te daba el derecho de quitarnos nuestra libertad. Pienso que ese fue su mayor pecado: cuando tuvo la oportunidad de amar, ya se había olvidado de cómo hacerlo, y en su naufragio, nos arrastró a todos con él.

​Pero entonces, Max llegó a Delaware.

​Apareció con ese traje impecable, limpio, sereno; una seriedad que lo hacía parecer una persona distinta a la que conocí. Y sin embargo, al mirarlo nuevamente después de ocho años, sentí cómo mi corazón se aceleraba. Rápido. Como un motor fuera de control. Sentí mi cuerpo tensarse y vi cómo todo lo que había construido para eliminarlo de mi vida se derrumbaba con el simple hecho de verlo cruzar una puerta.

​Mi corazón palpitó como la primera vez que lo vi en la primaria. Y supe, con un terror profundo, que el sentimiento seguía ahí. No debía. No quería.

Pero a pesar de eso quería saber si al final realmente me amaste o solo fui un pasatiempo el instrumento de felicidad que tanto necesitabas en ese momento.

Pero aun así te amaba.

Porque yo no quería que fueras el amor de mi infancia ni de mi adolescencia.
Yo quería que fueras el amor de mi vida.

​Nuestras peleas se habían convertido en un juego de palabras punzantes, verdades que duelen pero que tenían que ser dichas. Todo lo que callé no era negativo; no era para olvidarte. Quería decirte que, aunque te fueras al otro lado del mundo, yo aún guardaba la esperanza de que regresaras.

Que esta vez podría amarte como se debe.

Quería que olvidaras todo lo que nos rodea para estar juntos, para sentirnos vivos... para sentir cómo nuestras almas finalmente se juntaban.

​Pero soy consciente de que ahora no puedo amarte.

​Ahora entiendo tu posición, Max. Entiendo esas cadenas que atan hasta apretar las muñecas; esas cadenas que, por más lejos que vayas, pesan y te siguen. Yo también las llevo. Esta es la verdadera cárcel de la cual quiero salir. El peligro que corre mi vida todos los días, el no poder hablar de esto con nadie... se siente como un pozo sin final. No sé cuál es mi límite de silencio.

​Y por eso, la única manera de amarte por ahora... es haciendo que me odies.

​—Me estoy muriendo de celos, Max —solté, dejando que la verdad escapara antes de que mi orgullo pudiera detenerla—. Ver a ese imbécil besándote... me hizo querer quemar este lugar. Tal vez tengas razón. Tal vez soy un mentiroso, porque no he dejado de amarte ni un solo maldito segundo.



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En el texto hay: #drama, #romanceadolencente, #silencio

Editado: 11.04.2026

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